Archivo de la categoría: Francisco Javier Caspistegui Gorasurreta

“Montejurra” y “Sucesos de Montejurra” (Auñamendi Eusko Entziklopedia)

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Francisco Javier Capistegui (2011).

MONTEJURRA

La montaña estellesa supone un hito geográfico, pero también histórico, sobre todo al amparo de las guerras del siglo XIX. Éstas la convirtieron en una referencia para el carlismo, aunque desde otras posiciones, tanto el ejército como distintas sensibilidades políticas, buscaron apropiarse de su significación.

Ya desde la antigüedad Montejurra y sus aledaños resaltan como zona humanizada, y así lo testimonian los restos procedentes de la época del bronce y la villa romana de las Musas de Arellano, estable en el carasol de la montaña entre los siglos I y V d.C. Sigue leyendo

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El naufragio de las ortodoxias. El carlismo, 1962-1977

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Descripción de la propia editorial:

¿Qué lleva al carlismo del protagonismo en la Guerra Civil a la marginación durante la Transición? ¿Cómo se explica que el carlismo tradicionalista se fraccione en ortodoxias múltiples condenadas al fracaso? ¿Cómo puede explicarse el paso de un carlismo tradicionalista de origen contrarrevolucionario a un carlismo socialista? ¿Qué papel jugó en este proceso la dinastía aspirante al trono de España? Sigue leyendo

Montejurra, la construcción de un símbolo

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Trabajo de Francisco Javier Capistegui (2013).

A diferencia de sus rivales, que hablaban del final del carlismo como la superación de un problema nacional, éstos no utilizaron el pasado durante la segunda mitad de la Restauración como un elemento que había de superarse, sino como una referencia en la que encontrarse. Sigue leyendo

Historia oral, inmaterial e intrahistoira en la recuperación de la memoria colectiva de la Navara rural

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Trabajo de Francisco Javier Capistegui (2008).

Como queda dicho, un elemento central en esa forma de percibir la realidad es la genérica importancia dada a lo rural y, dentro de ello, la relevancia del campo como refugio, la montaña como elemento de preservación. Además de la voluntad de mantener la cosmovisión en su sentido más abstracto, se construía la imagen de unos territorios montaraces, refugio de quienes mantenían una forma de comprender el mundo apoyada en el aislamiento físico. Tal vez la mejor metáfora de ello sea la novela de Jaime del Burgo, El valle perdido (1942), donde el aislamiento de la pureza tradicionalista del primer tercio del siglo XIX sólo se descubre ya iniciada la guerra civil de 1936, como imagen de lo que habrían de ser los ideales del momento, una recuperación de los ancestros en los que se consideraba apoyado el carlismo. El espacio físico del carlismo aparecía ya como el de refugio, el de reserva, incluso el de isla, protegida por las condiciones naturales, por el bosque, por el clima y, claro está, por la orografía: «Navarra está muy lejos del mar. Encerrada entre montañas imponentes, recuerda los primitivos refugios cavernarios de la edad de piedra», decía Félix Urabayen en Centauros del Pirineo (1928).