Crisis del Tradicionalismo. Omisiones y desvaríos de Mella. La salud de la Causa (1919)

Fuente: Crisis del Tradicionalismo. Omisiones y desvaríos de Mella. La salud de la Causa, Luis Hernando de Larramendi, Imprenta y Estereotipia de “El Correo Español”, 1919.

Antecedente

Ni el concepto de tradición es otra cosa que actividad y vida, ni los tiempos permiten, en conciencia, la quietud y el marasmo. Como tradicionalista sincero, lo he entendido así siempre.

Por eso, cuando me convencí de que la Comunión Tradicionalista padecía un quietismo letal, irremediable para la modestia de mis fuerzas y circunstancias, lo primero que se me ocurrió fue escribir un libro; pero, no obstante haberle compuesto, no lo publiqué por repugnancia al escándalo de las nobilísimas masas.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”, dice el adagio. Procuré no mirar al Partido de mis amores para no seguir sintiendo sus desdichas, sin ocasión ni medios de remediarlas, ni aun de intentarlo, sin exponerme al daño mayor de no obtener éxito y desencantar y desmoralizar a las muchedumbres.

En un sacrificado silencio, procuré hacer lo que particularmente podía: contribuir a toda obra práctica que tuviera naturaleza tradicionalista.

Pero, lo que tenía que suceder, ha sucedido, si bien con caracteres de despreocupación, en ciertas personas a mejor proceder obligadas, que producen asombro.

Debemos a Don Jaime el acierto, y no es ésta la primera vez que ha intentado eludir los obstáculos para la acción. Todo se aclarará en su día.

El tumor que aquejaba, paralizándola, a nuestra Comunión, ha reventado; y el pus, si no total, en cantidad muy importante ha salido; y conste que no llamo pus a las personas, sino a un espíritu, a ciertos prejuicios, a muchos malos hábitos, y a fundamentales vicios políticos.

Sin temor ya al escándalo de las masas –antes bien, reparando el que, por movimientos injustificados de pasión, se les ha producido–, puedo hablar, y hablo; y lo que pueda hacer, haré.

Todo lo que se debe decir no va en este folleto, trazado al correr de la pluma y a tenor de las circunstancias del instante. Pero lo necesario, por ahora, eso sí va aquí dicho.

Ni me creo necio, ni me creo sabio; me parece que soy hombre de corazón entero y bien inclinado. Sólo, por consiguiente, espero una eficacia de estas brevísimas páginas: que los corazones semejantes, superiores al mío, me den la razón, y no nos separemos jamás. Juntos todos, somos la esperanza de la Patria; separados por la pasión en grupos, no serviremos sino para contribuir a la disolución revolucionaria.

Así como la sangre de los carlistas corrió hermanada y fundida en los campos de batalla, fundida y hermanada volverá a derramarse en las calles para la defensa del orden y el derecho, y se cuajará en una obra magna de trabajo: la reconstrucción civil de la España tradicional.

I.– Carácter esencial de la Comunión Tradicionalista

Todos los partidos políticos españoles han nacido del principio fundamental revolucionario, según el cual la razón individual es soberana; su expresión, inviolable; el sufragio universal inorgánico, su instrumento; la mayoría de opiniones, fuente de la ley; y estas leyes –sin necesarias raíces en la historia, ni en la naturaleza, ni en la Religión–, frutos de ideologismos, en todo momento revocables, y sustituibles aun por las más contradictorias.

Sólo la Comunión Tradicionalista, impropiamente llamada Partido carlista o jaimista, es ajena a ese falso principio, fundamentándose en la Fe y la Moral, y, por consiguiente, la Filosofía católica; en la naturaleza inmutable de las cosas; y en la experiencia, la obra, las necesidades sucesivas, las vocaciones colectivas, y la acción permanente de los españoles, a través del tiempo. Es, pues, la católica España antigua; la España genuina de hoy; y el germen de la de mañana, si la hora final de la Patria, por ventura, no ha sonado. Es la antítesis al espíritu de revocación, de sustitución y de revolución. Es la permanencia en el orden; y en él, el camino de perfección y de verdadero progreso.

II.– La famosa ola revolucionaria

Los que esperan la famosa ola revolucionaria (que avanza –hace ya tiempo–, según los oradores de escaso numen), tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen.

Esa ola avanzó desde el siglo XVI hasta romper estrepitosamente en el XVIII: todo el siglo XIX es espuma suya.

Espuma son todas sus ideologías; todos los innumerables crímenes cometidos en nombre de la Libertad; las grandes guerras democráticas modernas de pueblos, no de pequeños ejércitos como antiguamente; las luchas de clases; el combate civil de los partidos políticos permanentes; el malestar y los rencores universales; las constantes revoluciones.

Porque, estatuida de derecho la soberanía de la razón individual, no hay límite de razón superior contra la inquietud del error, de la deficiencia y de la malicia humanas; y todos los trastornos, escándalos y desvaríos, en vez de ser accidentes pasajeros, son manifestaciones que, en más o en menos, reciben algún género de justificación y aliento de derecho, y derecho esencial.

III.– Las guerras carlistas

Contra las palabras altisonantes y las innovaciones vacías de sentido (espuma de la ola revolucionaria, que también llegó a España, arrasándola), la Patria antigua se defendió. Eso son las guerras carlistas: la España genuina luchando contra la Revolución. Los tres esfuerzos supremos de España, idénticos en su espíritu y en su grandeza, son: la Reconquista; el Descubrimiento y Colonización de América; y la Guerras Carlistas –acto segundo y espiritualismo de la lucha por la Independencia–: la construcción; la reproducción; y la perpetuación de la Patria española.

Por lánguida que pueda ser la vida del tradicionalismo español, sólo en él reconocerían a sus hijos nuestros mayores si levantaran la cabeza; y, aunque pudiera desaparecer, sólo en él bendecirá la España futura al eslabón magnánimo que ha conseguido la supervivencia de la Patria, y al fundamento de sus posibles prosperidades.

IV.– Un ejército de ciudadanos

Cuando España se defendió contra la invasión revolucionaria, la propaganda correspondía a los innovadores ideologistas: por innovadores, y por ideologistas.

A España –que tenía suficiente experiencia y conocimiento de lo que le pertenecía y le robaban– correspondía –para defenderse– combatir a los usurpadores y restablecer su patrimonio. Luego hubieran venido las reformas sanas y los perfeccionamientos en sazón.

Por eso, la España genuina, la que se defendió valerosamente, fue un ejército, una comunión militar de ciudadanos. De ciudadanos conscientes, como ahora se dice; tanto, que voluntariamente dieron vidas y haciendas.

Como la Fe, la Patria y la Civilidad (o autoridad o mon-archía, que todo es lo mismo), no son ideologías revocables y sustituibles, el fracaso de sus gloriosas campañas no podía poner fin a la protesta de aquellos ejércitos de ciudadanos.

Y, en medio de los grupos, de los rebaños o de los partidos permanentes en que, a consecuencia del régimen racionalista llamado liberal, estaba dividido el país, el haz magnánimo de la España genuina –no obstante las diferencias de su prosapia– aparecía como si fuera otro partido más después de las guerras.

V.– La obra del tiempo

Desde que al Hombre, que era Dios, le crucificaron con afrentas, es sentencia inapelable que se puede tener razón y ser bueno, a pesar de padecer y de no triunfar… por de pronto.

¡Hasta, quizá, debe ocurrir así siempre!…

Verdadero mártir, el Tradicionalismo español no triunfó por entonces. A lo menos con el triunfo ostensible y total que esperaba.

Pero, gracias a él –hasta cuando se intentaba operar contra él–, después de la última guerra se inició –imperceptible, indeliberada, inconsciente, secreta, esporádica– una corriente de reacción en los espíritus, cada vez más poderosa.

La política triunfante a la sazón no era cristiana, no era española, no era de cepa; era liberal, y, naturalmente, absurdísima; pero comenzaba a haber en ella menos fervor liberal que velocidad adquirida; que fatalismo y torpeza; que transigencia y oportunismo. A ratos, si se hubiera podido, y sabido, de buen grado se entrara en las lindes del espíritu tradicional.

Los partidos de una vela a San Miguel y otra al Diablo, son una notable manifestación psicológica en la época.

Se iba abriendo paso a las Comunidades religiosas.

Iniciábanse tendencias regionalistas.

Se traslucían intentos sociales.

Aparecían pensadores, como Costa [1], que podrán calarse un día el gorro frigio y que pasarán como liberales, pero que son tradicionalistas.

Mil cosas más, hasta llegar al maurismo, ese partido que formó “don Maura, sí”, no don Antonio Maura [2]; movimiento de gentes que sienten cierto ruido de campanas tradicionalistas, sin que las pobres sepan dónde [3].

Si todo eso no ha dado más frutos, se debe a dos causas.

Una: que el alboroto, los gritos, los tumultos, las injurias, los ladridos de la beocia anticlerical –mucha más velocidad adquirida, también, que nueces–, no han dejado de hacer su efecto perturbador.

Otra, la más grave: que el Partido carlista –desgraciadamente tenía ya bastante de partido, a lo liberal– seguía pensando exclusivamente en la guerra: guerreando hasta en los periódicos, vitoreando a Dios, Patria y Rey… pero sin darse cuenta del tiempo transcurrido; de que la innovación de ayer era lo único conocido hoy; de que las instituciones nacionales y castizas apenas había quien las conociera, y exigían muchas de ellas reparación, a veces complicada, y los cuerpos legales estaban retrasados para las necesidades del día…

Se propugnaba la Tradición como si fuera un ideologismo, olvidando que es actividad continua, permanente…

VI.– Un momento peligroso: 1898

Nadie ignora hoy que, si hubiera tenido la Comunión Tradicionalista alguna preparación para algo, a raíz de los desastres ultramarinos, Don Carlos VII (q. g. h.) habría ocupado el Trono de España. No es del momento referir la historia [4].

Pues bien: ahora que se debate con intenciones prácticas el problema anticentralista, puede verse el estado de preparación en que nos hallamos, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces.

Cabría preguntar en qué forma se hubieran restablecido los antiguos gremios.

Otro tanto ocurre acerca del cuadro general de las demás instituciones políticas, sociales, administrativas, judiciales, militares, etc.

Y queda el problema de cuántos y cuáles miembros de la Comunión hubieran tenido idea, y, consiguientemente, aptitudes, para regir todos esos organismos.

¡Qué desolación! Los tradicionalistas, como si se tratase de una taifa liberalesca y revolucionaria, habrían necesitado recurrir a alguna camarilla provisional para improvisar, en nombre de la Tradición, organizaciones, divisiones territoriales, letra nueva para los fueros, y todo lo demás.

Y hasta se habría recurrido a los vencidos y desacreditados gobernadores, funcionarios, diputados y alcaldes, en muchos casos, como los más preparados o los únicos.

Sólo entrarían en ejercicio, desde el primer día, la previa censura y las medidas restrictivas, sanas y útiles; pero con el peor ambiente posible en aquellos días, y de odiosa apariencia.

Hubiera sido milagroso que no se alzaran hasta las piedras antes de que el tradicionalismo tomara algún estado.

Y el fracaso se imputaría a los principios, cuando era exclusivamente de los hombres; mejor dicho, de la inactividad de algunos hombres, virtualmente antitradicionalistas en aquella ocasión.

VII.– La pereza y el opio

¿Culpas?… Hasta entonces, realmente, no las hubo graves.

Las guerras imprimieron, como era natural, demasiado carácter militar a la Comunión. Las consecuencias del fracaso –con ruinas, expatriaciones, persecuciones y odiosidades– crearon una situación difícil, de postración, nada propicia para comenzar la propaganda de ideas y organizar la acción civil restauradora.

Por otra parte, el prestigio de las glorias bélicas; el culto consiguiente al heroísmo; y aun el merecido y legítimo ascendiente de los personajes militares –número inmenso, secundados con ejemplar disciplina por cuantos habían sido soldados o envidiaban noblemente a éstos, es decir, la Comunión en masa–, ejercían su acción fascinadora sobre la orientación de los procedimientos para el triunfo de la Causa.

Añádase que es vicio liberal eso que ahora se llama el mesianismo político; esa opinión de que no se precisa trabajar, sino conspirar, dar un volquetazo al régimen estatuido, para implantar los nuevos ideales, y que todos los milagros de la bienandanza surjan inmediatamente.

Existían, pues, un motivo lamentable, pero inocente de culpa, dentro de la propia Comunión, para desorientarla u orientarla incompletamente respecto a los procedimientos; y un motivo externo, espectáculo vivo y constante, que contribuía a la desorientación.

La culpa comenzó a nacer cuando se iniciaron las hegemonías caracterizadamente civiles; y la responsabilidad se determinó cuando hubo hombres civiles en la cumbre, precisamente a título de pensadores, árbitros de la Causa.

El culpable principal es Mella, que, sin hacer ni dejar hacer, ha envenenado al tradicionalismo con el opio embriagador de sus discursos, mientras él se envenenaba con el opio enervador de las lisonjas.

VIII.– Vox pópuli

La democracia política es tan absurda como es fecunda la democracia social.

El pueblo es tan inútil para el sentido político como es político para el sentimiento de la utilidad.

“No nos conocen”. “Propaganda, propaganda”. “Organización”. “Juventudes”. “¡Hay que hacer algo!” –esos han sido los clamores constantes, inextinguibles, del pueblo tradicionalista–.

Por eso se entusiasmó con los discursos de Mella, que eran un torrente de propagación; y, pueblo generoso, por eso se excedió en aplaudir al hombre que, con sus enormes méritos, al fin y al cabo no es nada más que un hombre.

“No alabes al hombre mientras viva”, dicen las Escrituras. La alabanza fecunda del mérito corresponde a la posteridad…

Y nacieron las Juventudes carlistas; ejércitos que, sin dejar de ser de soldados, pudieron ser de útiles obreros de la ciudadanía. De la ciudadanía con enjundia, no de esa ciudadanía sin substancia de que ahora tanto se habla.

El mitin de Zumárraga –más de treinta mil hombres, algunos con tres días de camino a pie– pudo, debió ser, el comienzo de la restauración de España. De porqué no lo ha sido, yo no quiero hablar… [5].

¡Miserias!… ¡Miserias!…

IX.– La Tradición se defiende andando

Los comités, los círculos y otras pamplinas, serán toda la organización posible de los partidos liberales, individualistas e inorganicistas.

Los partidos organicistas necesitan y llevan en sí el germen de otra clase de organizaciones mejor trabadas y constituidas; ejemplo: el partido socialista alemán.

La Comunión Tradicionalista española tenía un cuadro general de organización formidable e insustituible: la propia organización tradicional de España.

Ya sé yo que es difícil y laboriosa; pero si lo es constituirla dentro del carácter privado de una asociación como el partido –con tiempo sobrante; sin responsabilidades trascendentales para los tanteos, ensayos o equivocaciones–, ¿cuánto más no lo será constituirla apremiantemente para gobernar la nación en el día del triunfo?

¿De veras se aspira a triunfar? Pues entonces precisaba acometer desde luego la organización.

El primer éxito de ella hubiera sido profundizar el conocimiento –y, por consiguiente, el amor– hasta las raíces y las entrañas de la Patria.

El segundo, nutrir de alimento substancial y fecundo al entusiasmo de las gentes, empleándolas como obreros que ven su obra; interesándolas en la reconstrucción del país. ¡Cuánta menos indisciplina y murmuración! ¡Cuántos menos chismes y desengaños!

El tercero, no perder el recuerdo de las instituciones.

El cuarto, formar hombres para regirlas.

El quinto, perfeccionar, viviéndolas al día, instituciones y organismos tradicionales.

El sexto, estudiar todos los problemas que la mudanza de los tiempos va produciendo, y a cada cual en su propio laboratorio.

El séptimo, disponer de un programa incomparable y de una fuerza irresistible.

El octavo, ser en la Prensa, en la tribuna y en la acción los primeros y los más fuertes.

El noveno, inspirar consideración; después respeto; más tarde atracción; luego amor; y absorber, finalmente, a todos los intereses legítimos y a todas las personas honradas.

El décimo, triunfar por ley de gravedad o de impenetrabilidad, de sazón vigorosa o de lógica fatal; y, con un simple decreto, trascendiendo a la esfera pública las instituciones, organismos y nombramientos de la asociación privada, dejar en pocas horas restaurada y en marcha normal la Tradición española.

Ésa ha debido ser la organización de la Comunión Tradicionalista. Lo demás –incluso requetés, centros de estudio, laboratorios de historia, ateneos literarios, oficinas de preparación polémica, prensa, etc.–, aunque indispensable, tiene una gradación accesoria.

Los comités, las juntas, las jefaturas, los diputados charlamentarios –y aun, a veces, tácitos–, y los círculos con tresillo, son inútiles. Sólo, en este concepto, merece aplauso la mayor parte de las designaciones de personal que para ellos se han hecho.

¿Son los que se van con Mella?… Pues, por más triste que sea ésa, como todas las despedidas, es deber nuestro desearles feliz viaje…

La Tradición se defiende viviéndola; impidiendo que se pierda y hasta que se olvide.

X.– Ayes y lamentos

Los Obispos.– Decía Pascal que creía en el testimonio de aquellos hombres, como los Mártires, que sellaban con su sangre la fe de sus palabras.

Me parece que el Episcopado español contemporáneo vacilaría antes de suscribir ese dictamen –a salvo las reverencias debidas–.

Porque el Episcopado español conoce a unos mártires, honradísimos y sinceros de su Fe, que le han dado muchos disgustos. El partido católico por excelencia se ha pasado gran parte de su vida discutiendo a los Obispos.

No se puede negar que el rigor doctrinal, muchas veces, estaba donde menos indispensable era.

Pero se yerra al desconocer que la Iglesia no puede, si ha de cumplir su misión, vincularse a un grupo político que no ha tenido fortuna en sus hazañas más insignes, políticas y generosas, y que después, sin culpas o con culpas, pierde el tiempo en la desorganización, la inercia y el charlatanismo.

Si la Comunión Tradicionalista hubiese fecundado el venero de sus principios, organizándose en la fórmula peculiar suya, al hacer más Patria hubiese constituido una mayor fuerza religiosa en la que los Pastores se hubieran podido apoyar para mejor defender a la Iglesia, sosteniéndola con menos diplomacias.

La Historia universal enseña que los Obispos españoles de todos los tiempos, contemporáneos inclusive, a pesar de los pesares, son incomparables.

Los separatistas.– Si la Comunión Tradicionalista hubiese desarrollado su organización peculiar en el país vasco y en Cataluña, ¿existiría separatismo? ¿Dónde se habrían recogido los esfuerzos de los nacionalistas? Aun organizándose tarde, ¿no habría el nacionalismo contenido su rumbo, templado las destemplanzas, y mejorado de colaboradores?

La acción social.– ¿Absorbería el socialismo las muchedumbres obreras de las urbes?

¿Estaría en manos de conservadores-liberales-individualistas-sociales-católicos y de mestizos más o menos desorientados, la acción social católica?

Bolcheviquismo.– ¿Se habrían metido en la cama, de rabia y de susto, la mayor parte de las personas que tienen algo que perder cuando, al terminar la guerra europea, se creyó que la revolución bolchevique iba a estallar en España? [6]. ¿Hubiera sido posible que llegase un día, como ése a que me refiero, en que, si salen a la calle cuatro desalmados, se hacen amos de Madrid y de España? La Comunión Tradicionalista organizada sería más fuerte que un ejército; aun sin organizar, ha sido tantas veces el coco y la guardia civil…

XI.– Arte y Letras

No ha habido modernamente un pensador, un literato, un artista de vuelos, en España, que no haya sido de substancia tradicionalista; lo que he indicado de Costa, ¡se puede repetir de tantos!…

Y es natural; nada más comunicativo de las vocaciones de la raza que Arte y Letras. Comunicativo del pasado por las obras antiguas; comunicativo del genio nacional –no obstante todas las desorientadoras influencias extrañas– por las obras modernas.

Entre lo generalmente conocido: yo no sé que pueda haber tradicionalismo más natural y espontáneo que el de Menéndez y Pelayo, Costa, Rubén Darío, Zuloaga o Granados…

Si se dice que Costa fue republicano, contestaré que no pudo serlo aun queriendo.

Si se arguye que Rubén era un hijo de América, concluiré el verso suyo diciendo que era un nieto de España

Si se inculpa a Zuloaga de pintar lacras españolas, recordaré los enanos y pícaros de Velázquez; y la brujas, las terceras y mendigos de Goya.

En esta tierra donde se lee poco, el monumento bibliográfico de Menéndez y Pelayo se lee.

Hosco, profuso e independiente hasta el aislamiento, Costa despierta en toda España afecto y deseo de conocer sus libros.

La huella de Ganivet es profundísima.

Yo no sé de un poeta a quien se estime como cosa más nuestra que a Rubén el americano.

¿Hemos visto un cuadro de Zuloaga? No. Vive expatriado y nos desprecia. Pues, no obstante, conocemos su obra y le tenemos urdida la corona de laureles españoles.

Cuando Alemania se precipitó a pagar la indemnización cuantiosa a los herederos de Granados, no fue por la Entente, ni por los aliadófilos, ni siquiera por la justicia o equidad a palo seco; procedió sutilmente, entendiendo que hacía vibrar una emoción muy delicada en todos los corazones compatriotas del malogrado.

¡Qué filón para explotarlo!

Pues ni uno solo de esos hombres ilustres ha merecido la especial atención del Partido. El inventario de esos y otros valores semejantes está por hacer en el campo tradicionalista.

No se ha procurado atraer a nadie; relacionarse siquiera con el mundo de las letras; explotar ese manantial, que ha sido, es –a pesar de todo–, y debía ser, la voz de cristal del alma española.

Dos cosas dan miedo: oírle hablar a Mella de literatura algunas veces, y leer El Correo Español de los últimos años.

XII.– Desaliento

Que la inmensa guerra reciente… o presente, abra una era nueva, ¿quién podrá decirlo?… Porque, decir que los historiadores la utilizarán como término para marcar una división en el método expositivo, es harto poca cosa.

Lo que puede decirse es que el mundo está inquieto; que, para bien, o para continuar tan mal como antes, corre y corre vertiginosamente.

Y España también; sin que sea España, por cierto, lo que va peor en el mundo.

Al contrario: en ella apuntan, florecen o sazonan, por todas partes, orientaciones tradicionalistas salvadoras.

La España genuina siente, con más intensidad que nunca, sus amores a la tradición. Pero, ¿constituye un instrumento político apto y útil actualmente?…

Tal como venía estando, y aún permanece, no. Al contrario: su espectáculo de inercia, de incapacidad y de desorganización constituía un obstáculo para muchos empeños, y, desde luego, un mal ejemplo y un desencanto engañoso para los ánimos superficiales.

Y como todo lo tiene por hacer, ante la avalancha precipitada de los sucesos y de los problemas se experimentaba la impresión de que iba a ser tardío cualquier apresto de organización y de apercibimiento.

Había, además, un obstáculo que remover, inmenso por el peso de sus méritos; por la indelicadeza de atentar a su reputación y eminencia; por la absorbencia de su voluntad; y por la losa de su abulia.

No puedo yo atreverme a decir si decreto de altura, ni tampoco si el diablillo del amor propio por sus subterráneos, han hecho el milagro.

Pero el milagro se ha hecho.

XIII.– Nunca faltan espinas

Sí, quedan espinas. No hay que engañarse ni ser cortesanos.

Los tradicionalistas españoles, como han dado sus vidas y haciendas ayer, darán hoy sus haciendas y la vida entera de esfuerzo y trabajo hasta organizarse. Su organización es de tal índole que, tantos pasos como en ella den, tantas aportaciones de obra útil irán logrando para la restauración de la Patria. Acendrarán la tradición; sostendrán la salud política de las nobilísimas masas; y formarán una juventud, plantel de ciudadanos, de soldados, de artistas, de sabios y hasta de santos.

No son capaces de discutir la indiscutible autoridad de Don Jaime de Borbón, consubstancializado, por la tradición monárquica, a la Tradición y la Patria españolas; de otro modo, no serían monárquicos ni tradicionalistas.

Hasta con sus defectos –que, en cuanto hombre, los tendrá, y el que esté limpio que tire la primera piedra– le obedecen, le aman y le reverencian, en la seguridad de que es su único y mejor Caudillo; de otra manera, la Monarquía no sería el régimen más universal, más español, más sabio y más científico.

Pero el Rey es padre de las libertades públicas; a él pueden llegar todos los clamores honrados; nada hay que suene mejor en el corazón de un Rey como la voz tan franca cuanto respetuosa de sus súbditos.

Así, en todas sus necesidades, y aun en sus dudas, acudirá confiado el pueblo tradicionalista a su Jefe Augusto; y en las amarguras actuales le dirá:

– ¡Señor! No os confiéis a personas que nos inspiran inquietudes, y, aunque sea por circunstancias pasajeras, cuya presencia a vuestro lado contribuya a discusiones entre nosotros.

– ¡Señor! Necesitamos una organización inmediata, esencialmente cohesiva, tan sencilla como total, tan trabada como flexible y mecánica, que nos disponga para responder como un solo hombre a vuestra voz; una organización de naturaleza militar, y forma y resortes nada ostensibles, que recoja útilmente toda nuestra fuerza para cuanto sea necesaria, y, desde luego, para contribuir a la defensa de la sociedad, amenazada por turbonadas societarias [7] y anárquicas actualmente.

– ¡Señor! Necesitamos, con perentoriedad, organismos de trabajo de alguna índole técnica, incubadores de la acción, ordenadores de la propaganda, obreros acendrados de nuestros ideales, que establezcan y administren una hacienda de la Causa, que preparen y dirijan la gran obra.

– ¡Señor! Necesitamos esa gran obra, que es la organización tradicionalista del Partido –base del triunfo, eficacia del triunfo–, para, en aquel día glorioso tantos años esperado, darla –como una ofrenda de humana abnegación y de fecundo trabajo en comunión– a la madre Patria, restaurando, vivientes, las sacrosantas tradiciones, y reanudando el curso normal de la cristiana civilización española.

– ¡Señor! Veríamos con júbilo inmenso la permanencia de Vuestra Persona Augusta en país más neutral que Francia, mientras la Conferencia de la Paz o las circunstancias no hayan puesto término a la discusión de intereses internacionales [8]. Admiramos el ardiente y heroico patriotismo francés; pero, por su mismo patriotismo, Francia está siendo celosísima de su interés, que no siempre coincide con el nuestro, cifrado en Vuestra Persona.

– ¡Señor! Recogemos con vítores la libertad de acción en política internacional que, por el momento, nos concedéis. La mayor parte de nosotros hemos sido germanófilos, aunque muchos vimos con desagrado las palabras poco cautas de algunas campañas. Creemos que nuestra propia germanofilia fue útil para sostener la neutralidad, contrapesando los apasionamientos del intervencionismo aliadófilo; no teníamos ni sombra de organización para poder imponerla de un modo más político y estricto. Aquello pasó. Aunque continuemos siendo germanófilos, el estado actual de Alemania nos obligaría, en buena prudencia, a serlo de modo distinto. Aunque continúen fieles a sus simpatías –interesados hasta el dolor por los caídos–, objetivamente, los tradicionalistas españoles, en su inmensa mayor parte, no tienen una política internacional definida para las nuevas circunstancias. Somos anti-ingleses; nos parece que Francia se liga demasiado a Inglaterra; Alemania se encuentra deprimida y revolucionada [9]; se dibuja una actitud, aunque no bastante segura para un porvenir próximo, en Norte América –verdugo nuestro de ayer, que hoy nos festeja, y hasta nos invita a estrechar vínculos con la América española…–. No tenemos política definida y la precisamos, porque la vida internacional imprime hoy influencia extraordinaria a todos los problemas del día y del futuro. Tened en cuenta nuestros intereses y nuestros afectos; oíd en Consejo a personas autorizadas que nos representen, y hablad e instruidnos. Lo que así decidáis será lo mejor para la Comunión, y para los inmutables designios de España en la Península, en África y en el Continente americano.

– ¡Señor! Una vez más os representa vuestro pueblo el unánime deseo de que contraigáis matrimonio. Pero esta vez os suplica, además, que, para en tanto, os dignéis también oír Consejo y deis fórmula ordenada, patriótica y definitiva, previniendo las eventualidades del problema dinástico.

XIV.– Las flechas del Partho

Quiere decirse que estoy hablando de los alegatos de Mella [10].

Siento discutirle por dos motivos: porque pudiera disgustarle a él, y porque a mí mismo me disgusta. Creo que nada ha habido nunca en mi vida que merezca su aprecio. Algunas veces he intentado ganar –ya que en mí no estaba el merecer– su amistad, sin conseguirlo. Y es lástima, porque yo hubiera recibido sabias enseñanzas –de que tanto necesito–, y él hubiera tenido una amistad algo cruda, pero profundamente leal y sincera, que, aun no haciéndole falta, no es cosa que sobra en el mundo.

La obra de política internacional de Mella es admirable. Con más o menos exaltación y estridencias, o moderación y templanza, le hemos seguido en ella casi todos los católicos españoles. Es lo mejor de su vida pública. Pero es materia que no entraña relación de principios doctrinales del Tradicionalismo.

Admitamos, con cuanta extensión se quiera, que debía defenderse, en nombre de ella –y tanto más por su buen nombre–, de inculpaciones contenidas en los Manifiestos de Don Jaime [11]. Aun así, ¿es procedimiento legítimo, político ni saludable, salir huyendo; pretender encarnar en sí la Tradición española; desmoralizar al pueblo; y prorrumpir en injurias?

Yo aseguro que, por mucho que lo celebre, ya le pesa. Y ningún adulador, con sus aplausos, le hace el honor y la justicia que yo con este supuesto.

De hombres es el errar; y son hombres aun los reyes y los filósofos.

Pero, menguado monarquismo el que, por un error –supuesto o cierto–, troncha una Monarquía en el momento de arrebato de un súbdito.

Y lamentable tradicionalismo el de un español que, por sentimiento de una supuesta o real ofensa, se cree con títulos para decretar, ipso facto, el cambio de rumbo de la España genuina.

A Mella no se le puede seguir en su actitud actual por tres consideraciones fundamentales: por sentimientos y respetos monárquicos; por amor y guarda de la salud pública; y por sensatez práctica.

Es decir: por la personalidad de Don Jaime de Borbón; por las masas tradicionalistas, que son la mayor virtud cívica de España; y por temor al propio Mella.

XV.– La tradición monárquica

Los legitimistas serían criminales si hubieran sostenido los derechos de una rama borbónica por mera simpatía a las personas; por apreciaciones acerca del carácter; por peso y medida de los defectos; o por satisfacciones de bienquistanza.

Serían unos criminales si hubieran empapado en sangre los campos y las calles, sin títulos sacratísimos para ello ante la ciencia, el derecho y el honor.

Si las cualidades personales y la opinión pública fuesen el político sostén de los monarcas, hubieran defendido la República presidencial, que es la Monarquía electiva usual en nuestro tiempo.

Si les hubiera faltado uno solo de los eternos principios fecundísimos en que la legitimidad y la Monarquía se asientan, como un solo hombre habrían reconocido la rama reinante y evitado gran parte de la sangre derramada. No lo han hecho, y, sin embargo, cuán probable es que Don Alfonso XIII experimente mayor simpatía natural hacia el ejemplo de disciplina, de lealtad y de monarquismo integérrimo de las masas jaimistas –nobles adversarias–, que respecto a la conducta revolucionaria del señor Mella y sus amigos…

Si la Monarquía no es autoridad, no es nada.

Su autoridad –que ampara, une y multiplica los beneficios de la soberanía social del pueblo– se determina por la herencia, como garantía del orden sucesorio; por la permanencia inalterable, fruto de ese orden a través del tiempo, que es patrocinio de la indiscutibilidad; por la diferenciación suprema del rango indiscutible, que viene a soldar el supremo interés general en el propio interés particular y perseverante de una línea dinástica, y el celo del honor nacional en el celo de su propio honor de una familia; y por la transmisión hereditaria, la permanencia y el rango aparte, en el interés sostenido, de un mismo ambiente de trabajo, que produce cultura especializada y competente para el ejercicio del gobierno. Por el derecho, en fin, que no es prácticamente otra cosa, en la economía de la sociedad, sino la regulación más venturosa y fecunda de su vida.

¿Ha dudado alguna vez Mella de los títulos de derecho sucesorio de Don Jaime? Pues, ¿por qué destroza y revoluciona los postulados del derecho?… ¿Porque se considera ofendido personalmente? ¿Porque no le agrada el carácter del Jefe Augusto? Entonces resulta que se ha promulgado un despotismo personal de derecho –seguramente divino, natural– a Mella, aunque sin otra divinidad que la que él mismo se atribuye, considerándose por encima de las monarquías y de los derechos. A ese déspota, que le sigan como súbditos quienes tengan vocaciones de cero.

No cabe duda que, cuantos más le sigan, le darán más valor, sin dejar por eso de ser un hombre solo.

XVI.– Papeles son papeles; cartas son cartas

Aun supuesta la rectificación de política internacional; la repulsa unánime del pueblo para esa rectificación; y la procedencia de sostener la anterior política [12], ésa sería cuestión a tratar en la forma y con los respetos debidos. No parece sino que sería la primera vez que en la vida de los pueblos ocurre algo parecido, y que se ha llegado a un feliz acuerdo.

El procedimiento de publicar las cartas –o, mejor dicho, los fragmentos de las cartas– de Don Jaime, no es correcto; ni es político; ni es de muy profunda doctrina monárquica; ni es probatorio [13].

El señor Mella dijo en cierta ocasión que, por amor a la justicia, no ejercía la profesión de abogado. Es cierto que en la administración y defensa de la justicia se cometen muchas injusticias. Yo soy más osado en mis pensamientos: llego a creer que, probablemente, donde se cometen más sacrilegios, es en las iglesias. Está en la naturaleza; dice un proverbio español que, todo el que acarrea, vuelca. Y hay un cuento proverbial, de cierto aldeano que no quiso recibir a su servicio un carretero que en cincuenta años de profesión no había volcado: precisamente por eso, porque estaba seguro de que tenía que volcar.

Al señor Mella se le nota la falta de ejercicio en la profesión. Se echa de ver en su alegato, que no cuida de este detalle: los trozos de unas cartas aducidos por una parte, sin asistencia de la contraria, no son toda la correspondencia; ni siquiera son las cartas; no son documentos fehacientes.

No esperará Mella que descienda Don Jaime a discutir en público sus cartas… Por eso Mella, sin piedad, acusa a Don Jaime, y excusa a Melgar. ¡Melgar es de cuidado! [14].

¿Que los trozos están claros? Aunque estuvieran claros los trozos, con ellos solos no estarían claras las cuestiones. Ni aun del Sol puede hacerse caso cuando parece que da vueltas alrededor de la Tierra: es la Tierra la que da vueltas alrededor del Sol…

Ni patentizarían jamás la veracidad que se pretende. El mismo alegato, sus confesiones y hechos públicos notorios, acreditan lo contrario. Hace seis o siete años examiné personalmente, por mandato de Don Jaime, toda la documentación oficial relativa a El Correo Español; conozco el pleito, sus orígenes y sus impulsos iniciales. Ya en aquella fecha vi en el Gobierno Civil una instancia escrita a máquina, y hasta la minuta entregada al propio tiempo en mano del Gobernador para que con ella se resolviese la instancia. Ni entonces, ni ahora, dudaron los Gobernadores, ni nadie, de que es una lamentable equivocación del señor Mella sospechar que haya sido jamás propietario de El Correo Español [15].

Esa pretensión demuestra falta de veracidad; denota falta de ejercicio en la abogacía; y prueba que no es por amor a la justicia por lo que el señor Mella no ha querido trabajar en la profesión.

En El Correo Español sólo ha sido director, cacique y también ídolo [16].

XVII.– Las honradas masas

Carece el señor Mella de derecho divino para adoptar su actitud contra el Augusto Desterrado.

Pero carece igualmente del imperio cesáreo para proceder contras las masas.

Concedámosle toda la razón; pues aun entonces, sus méritos personales no pueden excluir el respeto a las masas y la cortesía a las personas.

Todos, aunque no hayan alcanzado su amistad, tienen algún derecho a que se traten con prudencia sus constantes sacrificios y la abnegación desinteresada de sus vidas en el servicio de una causa; a intervenir, antes de que se decida lo que va a hacerse con sus convicciones y sus amores.

El señor Mella no ha necesitado –ni por cortesía– de pareceres y escrúpulos ajenos, para sentenciar, por prejuicio, el pleito; declarar la guerra; y soltar un diluvio de sarcasmos, de reticencias y de injurias, abrogándose la personalidad del Partido y abusando de su reputación.

¡Pobres masas, y pobre España!…

Las muchedumbres tradicionalistas no son demócratas; pero, ante la obligación ineludible de intervenir en la vida pública de nuestra época individualista, tienen una opinión actuante, que es un tesoro; que es la única opinión valedera y posible en las rudas masas populares cuando son juiciosas, disciplinadas y honradas: su virtud, su fe, su confianza, su decidida obediencia.

En esa corriente inmaculada ha metido Mella el arrebato de sus pasiones, dividiéndola y enturbiándola.

Tendrá la pretensión de que es para hacer maravillas… ¡Pura presunción!

Lo único cierto es que divide y corrompe la fuerza política más sana del pueblo español.

¡Y en qué oportunidad!…

Bien seguro que, ni la Iglesia, ni los espíritus conservadores [17], le agradecerán tamaña hombrada.

¡Ni aun la propia dinastía imperante! Se necesita estar ciego para no comprenderlo. A esa dinastía le hubiera interesado el Partido en masa; compacto; con su propio programa; con su monarquismo integérrimo; y por vía de transacción respecto a las personas superiores, o alguna fórmula de derecho. Así, el Partido era una adquisición imponderable. Más aún; para la Comunión misma, en la absurda hipótesis de hacerse dinástica [18], si de algún modo pudiera subsistir su Causa y seguir siendo la esperanza de la Patria, sería con esa integridad y pureza, conservándose en su espíritu contrarrevolucionario, y con un gran sentido político, y aptitudes sutiles y orgánicas, en sus directores. Pero, ¡romper la unidad poderosa y sana, dividiéndola en grupos amotinados regidos por políticos que pasan de la inercia solemnísima al atolondramiento y la calentura!… Eso lo lamenta tanto una dinastía como la otra. ¿Quién puede querer eso?

Cierto que el señor Mella no va a la dinastía reinante; las circulares de su propaganda invitan a formar en el nuevo partido “católico, legitimista, sede vacante (¡¡¡…!!!…) [19].

No sé si, buscando con linterna, podrá toparse algún príncipe chino o alemán, hermano de la prima del cuñado de algún sobrino, que surja trocado de pronto en legítimo, popular, español, católico y compenetrado con el Testamento Político de Carlos VII…

Lo que para entonces pueda ocurrir es obvio.

Con tres dinastías ya…, codillo a la fe monárquica para siempre.

Sólo faltaba que los integristas se decidiesen a hacer el cuarto. Aunque no debe temerse, porque son más discretos y patriotas que todo eso [20].

XVIII.– Mella pensador, sí; Mella político, no

Con intenciones políticas, loables desde su punto de vista, ha dicho el ABC, refiriéndose a Don Jaime y Mella, que habría podido éste comprender el valor de la Monarquía absoluta por lo ocurrido [21].

Sobre que, en lo ocurrido, el único absolutista es Mella, debe replicarse al periódico que no está informado suficientemente.

La proscripción siempre altera la normalidad de las circunstancias monárquicas. ¡Grande arma es la proscripción en las antítesis dinásticas! Sin embargo de los muchos años en proscripción de su linaje, y de llegar por entonces Don Jaime a la suprema dirección de la Causa, después de una breve convivencia de Mella en Frohsdorf, conoció a su prohombre como en muchos años el pueblo carlista en masa no le había conocido. Es una demostración de capacidad política de la Monarquía, y de la incompetencia democrática.

La conversación admirable e inagotable de Mella, junto a su gestión al paso por la Augusta Secretaría, convencieron a Don Jaime de que Mella es tan sapientísimo orador como político inerte. Y se lo dijo.

De ahí arrancan muchas cosas [22].

Y, no obstante, nada hay que inspire extrañeza; porque la actividad mental –que es la mayor y más absorbente– complica y, consiguientemente, embaraza, y hasta impide, las otras más menudas actividades.

Pero siempre la humanidad ha presumido de aquello que cabalmente le ha faltado. Por eso, cuando Mella inculpa de inactividad a Don Jaime, es que trata de exculparse él, y habrá hecho reír a sus más íntimos y propincuos comilitones.

Es de tener en cuenta también que a un Monarca no corresponde toda la obra, sino el ejercicio regulador de la autoridad; la auscultación de pareceres y consejos; la aprobación y amparo de iniciativas; y la misma iniciativa, claro está, pero no entendiéndola como sobrenatural deber de iniciarlo todo, ni siquiera la mayor parte de lo que pueda hacerse.

A un Monarca desterrado, proscripto, ya que no por el derecho, por dictados del buen sentido, tiene que limitársele el radio de las prudentes iniciativas, y procederá con preferencia por confiada entrega a las personas dirigentes de su Partido.

En cambio, ¿qué iniciativas le han estado vedadas a un orador llamado el Verbo del tradicionalismo, conductor en la realidad práctica de las huestes, que han estado a su disposición hasta el punto de llegar a pensar que, marchándose él, se las llevaba a ciegas?

La inacción casi –y aun sin casi– no tiene más que un responsable: Mella.

Tampoco es político su temperamento. Tiene un exceso de pasión y de fantasía; y su pasión y su fantasía son lo peor que hay en él, porque son lo más vulgar.

Sus últimos actos lo han demostrado. Quien no sabe padecer la contradicción, y aun la adversidad, y hasta el agravio, y la misma calumnia de la envidia, y todas las persecuciones solapadas y crueles de la miseria humana, sin descomponerse ni indignificarse, no es un político cristiano.

De esa pasión y de esa fantasía proceden sus yerros políticos, como la profecía sobre las actuales Cortes [23]; la infecundidad de su propaganda, de que da ejemplo la historia del problema anticentralista [24]; y las constantes atracciones que sobre él han ejercido siempre los adversarios, y la falta de atracción, que es una de sus más propias caracterizaciones.

¿Se quiere alguna aclaración de este aserto último? Basta citar unos pocos hombres: Nocedal, Pidal, Romanones, Maura, Dato; Aznar [25], Minguijón [26], Valle-Inclán, Navarro Lamarca [27]… Los primeros han sido un hechizo; los segundos, no han podido ser correligionarios o colaboradores.

He pasado como sobre ascuas, y no quiero insistir en la prueba de que no tiene temperamento político, porque es materia naturalmente enojosa para Mella, y, aunque le discuto, no le lastimo.

No es político, no; es todo lo muy impolítico que cabe esperar de una genialidad tan fuerte como indisciplinada. Adonde vaya será una montaña de méritos, en la que crecerán salvajes los obstáculos para la acción, y que, en la hora menos pensada, aparecerá hecho un volcán devastador de todas las consideraciones.

En este concepto, siendo dolorosa la separación, la Comunión Tradicionalista resulta beneficiada con su ausencia.

Porque sus discursos pasados la pertenecen, y, en el porvenir, o hará poco; o, lunar más o menos, será aprovechable su obra; o quizás haga lo que, de otro modo, jamás hubiera hecho: terminar sus libros, y, acaso, componer su discurso de ingreso en la Real Academia Española, ¡qué ya lleva años, desde que le eligió, esperándolo!… [28]

XIX.– La salud de la Causa

La actitud de Mella es un desvarío. Dejadle, que solo, el pensador incomparable que hay en él, remontará el vuelo caudal y será más útil que nunca a la Patria y al mundo.

Siguiéndole, acabaréis de inutilizarle; os inutilizaréis vosotros mismos; y desmoralizaréis al pueblo, sin llevárosle, porque jamás irá contra el derecho.

Los que de buena fe le sigáis, erráis gravemente; los que azucéis sus pasiones fuertes de hombre genial, sois felones por él y por el pueblo. ¡Maldito el que extravía al ciego del camino!

Juntos, estrechamente unidos, somos la única esperanza de la Patria.

¡Unión, unión, unión!

La magna obra nos espera; aunque perdamos el verbo, ganemos la acción, que las obras valen más que las palabras.

¡Acción, acción, acción!

Ésa es la salud de la Causa, que es la salvación de España.

Y no hay términos ni situaciones intermedias en el deber.

O se cumple, o se traiciona.

Juntos siempre y trabajando, somos la única fuerza intrínsecamente conservadora con que cuenta España, y, por más dificultades que encontremos, nunca faltará fórmula justa y ordenada para vencerlas.

Cien años de gloriosos y de callados sacrificios, ni pueden ni deben acabar en un arrebato imprudente, pariendo el ratón de un partido ridículo, legitimista, contra la legitimidad en las personas y en los procedimientos; o sede vacante; o con la prima del hermano del sobrino…

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