El ojo ‘feminista’ de la carlista Lola (2019)

Retrato de Dolores Baleztena Ascárate, nacida en Leiza (Navarra) en 1895.

El Mundo

03/02/2019

Leyre Iglesias

La historia desconocida de la única reportera de guerra española que retrató a enfermeras, repartidoras de periódico y a sus correligionarias ‘margaritas’

Se llamaba Dolores Baleztena. Era aguerrida, feminista de derechas… y la primera chófer navarra. Y llamaba “anticuados” a quienes la criticaban

“En éste como en otros muchos casos, es más agradable conducir que ser conducido. La propia voluntad impera y los cambios están en tus manos”

Una de las aventuras de Dolores Baleztena la llevó, ya avanzada la Guerra Civil, por la Cataluña que acababa de caer en manos de las tropas de Franco. Como era habitual en ella, encima llevaba, además de la fe católica y la militancia carlista, una máquina de clichés de celuloide de 9×6, con un fuelle que se abría y del que salía el objetivo. O “el pajarico”, como lo llamaba Lola.

La escena que cuenta en sus memorias sucedió camino a Tremp, en los Pirineos de Lérida. El automóvil se detuvo y ella, navarra de 44 años, descendió.

“Divisamos a unos pocos pasos un campo de prisioneros, separado del camino por una tapia. Me acerqué a ella con la máquina de retratar en la mano, y al verme aquellos chicos me gritaron:

-¡Señora!, sáquenos usted una foto.

Muy gustosa me presté a ello y, al verme dispuesta, hicieron lo que todos hacen, tanto libres como prisioneros: ponerse en un grupo apretado; los primeros, en el suelo; los segundos, una rodilla en la tierra y los terceros, de pie; y, por supuesto, preguntando: ¿Se me ve a mí? (…).

-¡Muy bien! -aprobé-. A ver si os ponéis guapos, y estad quietos, que va a salir el pajarico.

Estas advertencias les produjeron grandes risas y alborozo, pero obedecieron quedándose quietos. Por fin, pude sacar la foto, y los pobres me dieron las gracias por ello, y me daba pena pensar que aquella foto no llegaría al poder de sus familias, aunque bien a gusto habría querido mandarlas”.

La estampa de aquel grupo de prisioneros republicanos fue una de las 300 que Lola Baleztena Ascárate (Leiza, Navarra, 1895) tomó en los años de la guerra. Porque entre las muchas cosas que fue Lola -una de las más importantes margaritas, las militantes carlistas; aguerrida propagandista, mitinera entusiasta, ferviente tradicionalista; vascoparlante; feminista y sindicalista de derechas…-, también estuvo la de reportera gráfica en una contienda en la que, tras la cámara, no se conocían hasta ahora nombres españoles de mujer.

Su figura la acaba de rescatar del olvido el libro La cámara en el macuto. Fotógrafos y combatientes en la Guerra Civil española, que, con prólogo del historiador americano Stanley G. Payne, reúne más de 900 imágenes, en su mayoría inéditas, realizadas por siete voluntarios carlistas en su doble condición de fotógrafos aficionados y combatientes. Entre esas fotos, que han permanecido durante 80 años en archivos familiares y que los investigadores Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga han sacado a la luz, destacan las de una única mujer: la margarita Baleztena. Un caso único.

“El mayor valor de sus imágenes de guerra reside en la excepcionalidad histórica de los acontecimientos que recogió de primera mano”, explica Pablo Larraz, “y en haber colocado a la mujer y su papel en la contienda en el centro de su objetivo”. Porque Lola retrató a muchas enfermeras mezcladas con soldados, a niños haciendo cola para el reparto de alimentos, a repartidoras de periódicos entre requetés armados…

Una de sus fotos más llamativas es una en la que aparecen dos chiquillos y cuatro niñas de su pueblo natal, Leiza. Ellos, haciendo el saludo militar, y en el centro, una lápida con la inscripción “Viva Cristo Rey”, en el lugar donde murió el requeté Joaquín Muruzábal en Urto, entre Navarra y Guipúzcoa.

La margarita era limitada en lo técnico. Sus retratos a menudo contienen errores y su cámara era cara para la época -ella, miembro de una conocida familia carlista, podía permitírselo- pero no profesional. Sin embargo, su fotografía era “espontánea y honesta, a veces hasta ingenua, cargada de expresividad y un indudable valor testimonial y etnográfico”, indica Larraz.

“Nunca se consideró fotógrafa”, cuenta a Crónica su sobrino Javier Baleztenadesde Pamplona. “Nosotros le tomábamos el pelo porque siempre medía la distancia en pasos y sacaba las fotos con ese sistema”, recuerda animado. Eso en las celebraciones familiares. Pero Lola también estuvo cerca de la batalla y retrató escenas de gran fuerza, aunque ella misma no se tomara su faceta fotográfica demasiado en serio.

Tras la sublevación de Francisco Franco contra la República, en julio de 1936, Lola Baleztena, que apoyaba la guerra, asumió un papel muy activo en apoyo de los combatientes carlistas destacados en los frentes: actuó como enlace, trasladó heridos… y con su automóvil se desplazó en muchas ocasiones a los frentes de batalla y a poblaciones que habían cambiado de bando sólo unas horas antes, según se cuenta en el libro. A partir de 1937, llegó a dirigir numerosas misiones de la Delegación Navarra de Frentes y Hospitales, la organización carlista que hacía llegar ropa, comida y paquetes a las tropas, brindaba asistencia humanitaria a la población civil y surtía de enfermeras a los hospitales situados en primera línea. Asistió también a presos republicanos; no sólo a sus correligionarios. Y los retrató. Porque a sus expediciones por poblaciones próximas a la línea de fuego en los frentes de Vizcaya, Asturias, Aragón, Cataluña, Valencia o Madrid, Lola se llevó su cámara.

“No quiero regatear el sacrificio y valor de muchísimas mujeres que trabajaron en hospitales, talleres, en la penosa y peligrosa tarea que la artillería precisaba; en fin, que la mujer navarra, a ejemplo de sus héroes, no desertó del puesto que el deber le imponía”, escribió ella en sus Memorias de una margarita.

En 1930, más o menos el momento en el que se aficionó a la “máquina de retratar”, fue cuando Dolores Baleztena se convirtió también en la primera mujer de Navarra en sacarse el carné de conducir. En otro texto inédito que legó a sus parientes, Veinticinco años al volante. Memorias de una chófer, relató así su paso adelante:

“Los hermanos lo manejan [el automóvil], y yo, animada por las hermanas (creo que el feminismo siempre imperó en casa), hago la resolución de tomar contacto con el volante y hacerme chófer de verdad. (…) El día 10 de enero tomo la primera lección y pronto me convenzo de que en éste como en otros muchos casos de la vida, es más agradable conducir que ser conducido, ya que la propia voluntad impera y los cambios están en tus manos. (…). Un hombre que se mete en la acera o aparca mal, nadie se mete con él, ni se para a constatarlo ni a criticarlo, pero si lo hace una mujer, casi se interrumpe la circulación y en los ojos de los espectadores pueden leerse comentarios de burla, desprecio, conmiseración”.

“Correr por las carreteras”

Y a los hombres que le decían:

-¿Quién les manda a las mujeres meterse en esas andanzas impropias de su sexo? Más les valiera estar en su casa arreglándola, barriéndola y dedicarse a zurcir calcetines.

Lola les replicaba:

-¡Ay, señores míos! No sean ustedes anticuados. ¿No saben que ya no es necesario zurcir esas prendas que cubren las extremidades masculinas? Con el naylon a la moda, poco contacto tienen los calcetines con el huevico de madera o materia plástica. Por lo tanto, anulada esta obligación impuesta a la mujer, le queda a ésta más tiempo para dedicarse a correr por las carreteras y abollar aletas si se presenta el caso.

“También hay la creencia de que la mujer es un estorbo en las carreteras, pues si se le pincha una rueda, deben los caballeros, aunque vayan motorizados, pararse para prestarle ayuda”, continuaba Baleztena.

“Pero yo puedo decir que si la galantería huyó de los salones, no se ha refugiado en los caminos. Salvo rarísimas excepciones, una misma se muda la rueda, tanto bajo un sol abrasador como bajo una lluvia torrencial. No quiero con esto criticar a los caballeros al volante. Si queremos hacer lo que ellos hacen corriendo, justo es también que lo hagamos estando paradas. A un Quijote le estaba bien apearse de Rocinante para socorrer a las damas desvalidas, pero como ya las damas no son desvalidas, no tendría por qué descender de un Pegaso”.

La primera mujer reportera de guerra fue una catalana afincada en Málaga, Sabina Muchart Collboni, que retrató la Segunda Guerra de Marruecos. No se conocía, sin embargo, el nombre de ninguna española que cubriera la Guerra Civil. Baleztena lo hizo, a su manera, como aficionada. Situando a la mujer en el centro de su mirada. Falleció en Pamplona en 1989. Su sobrina Silvita Baleztena continúa viva y sigue su ejemplo militante: es la anciana menuda que en San Fermín sale al balcón de la casa familiar en la Plaza del Castillo agitando la bandera de España.

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