El carlismo en el origen del catalanismo (2018)

Javier Barraycoa

Un marco de discusión (I)

Con demasiada -y preocupante- frecuencia los medios de comunicación han pretendido crear una relación sin solución de discontinuidad entre el tradicionalismo político español, léase el carlismo, y los nacionalismos regionales. El auge del nacionalismo catalán ha provocado el renacimiento de estas viejas tesis -normalmente urdidas desde el liberalismo político centralista- para desprestigiar al carlismo y a los movimientos nacionalista de paso, o viceversa. El fundamento de esta argumentación apenas tiene armazón pues se fundamenta en una coincidencia, no siempre real, entre los lugares de raigambre carlista y la concentración de voto nacionalista actual, que tampoco tiene la coincidencia perfecta que aparenta[1]. Este artículo es una síntesis de un marco previo de discusión para acotar lo que a nuestro entender es una tesis errónea. Establecido el marco, se perfilará una línea de investigación para entender que el catalanismo no es la continuidad del carlismo, sino más bien lo contrario. Se avisa al lector de que estas reflexiones que ahora esbozamos, son la previa de una monografía en la que se está trabajando para dejar zanjada la cuestión, al menos en el ámbito catalán.

La confluencia de las actitudes psicológicas y los posicionamientos políticos

El profesor Jordi Canal, nos ha dado a entender la dificultad por capturar y entender los acontecimientos históricos. A propósito del tema que nos ocupa, la transfiguración del catalanismo de un movimiento cultural tradicional con fuertes concomitancias religiosas, en una ideología política, advierte que: “Las explicaciones demasiado sencillas tendrían que inducirnos siempre a la desconfianza. Los fenómenos históricos se caracterizan precisamente sobre la complejidad. Y el trabajo del historiador es intentar desenredar y comunicar esta complejidad. Lo cual no comportan, antes al contrario, escribir textos incomprensibles[2].La tentación de la navaja de Ockham en estos asuntos no vale. Precisamente la aparente afinidad entre el carlismo catalán y el catalanismo en su origen, nos llevan a conclusiones rápidas cuando en realidad nos tendría que despertar ciertos recelos y abrirnos incógnitas para desvelar un problema historiográfico e ideológico complejo.

Más en concreto, Jordi Canal, en el artículo citado, trata sobre las idas y venidas ideológicas de Mariano (Marià) Vayreda desde el carlismo catalán al catalanismo y vuelta. Vayreda, reconocido escritor[3], provenía de la Cataluña más profunda y carlista, más en concreto de la población de Olot, donde había nacido en 1853 en el seno de una familia rural importante y de militancia legitimista. Además, tuvo varios hermanos que se hicieron igualmente famosos por sus habilidades: Joaquín Vayreda, el gran pintor, y Estanislao Vayreda, botánico. Mariano formó parte del estado mayor de Francesc Savalls durante la Tercera Guerra Carlista. Tras la guerra y un breve exilio, volvió a Olot y fundó la revista literaria El Olotense, a la dos años más tarde catalanizaría su nombre (L’Olotí). En 1890 se integró en el catalanismo conservador de su época, aunque mantuvo su militancia política en el carlismo hasta 1896. Sin embargo, la travesía catalanista le retornó ya en sus últimos años al carlismo. Este no es un caso aislado. Jordi Canal advierte -y no es el único- que se produjo en la Cataluña de finales del XIX un importante trasvase de militantes carlistas al catalanismo. Pero también avisa de que ello no implica que haya que caer en la tentación fácil de dar por bueno un sencillo paradigma explicativo: el catalanismo es una evolución lógica del carlismo ante el fracaso de la “darrera carlinada” (la última carlistada).

Y he aquí la primera dificultad de la que debemos advertir. En el surgimiento del catalanismo, primero cultural y luego político, cuentan tanto los hechos externos, como las actitudes psicológicas que muchas veces se escapan al historiador. Sin atender a ciertos procesos psicológicos, no podríamos entender cómo Víctor Balaguer –protagonista indiscutible de los primeros Juegos Florales reivindicados por la historiografía nacionalista- pasó de ser un enérgico anticastellano, a un madrileño españolista de adopción; o Joaquín Salvatella, un republicano catalán, acabó como convencido monárquico liberal, y así podríamos configurar una lista inmensa de trasvases ideológicos en cientos de personajes que marcaron la historia de Cataluña desde el XIX hasta la actualidad.

Si estas “conversiones” fueran casos aislados, no tendríamos ningún problema explicativo. La cuestión es que el fenómeno de las transformaciones políticas de este tipo fueron un fenómeno generalizado que no sólo afectó al carlismo sino a muchos otros movimientos y personas particulares. Estos procesos de “iluminación “o rechazo hacia nuevas o antiguas doctrinas, toman todos los caminos posibles sin seguir aparentemente un patrón. Carlistas que se hacen republicanos, republicanos que se vuelven monárquicos, españolistas que se convierten al catalanismo, catalanistas que vuelven al españolismo … y esto no sólo a nivel personal, sino que se complica si lo analizamos en los cambios generacionales de una misma familia.

Aplicado al catalanismo, los ejemplos son tantos que empezamos una lista que inevitablemente deberemos acortar. Podemos mencionar a personajes de calado como Eugeni d´Ors, entusiasta de “su” catalanismo noucentista, hasta que Prat de la Riba lo apartó de la primera línea de emergente movimiento catalanista. Ello provoco que “Xenius” pasara a ser Eugenio d´Ors apologeta del hispanismo y soporte ideológico del franquismo. Igualmente, el sacerdote Antoni Mª Alcover, entusiasta catalanista y lexicógrafo, perdió la fe catalanista en el preciso instante que le apartaron del Centro d´Estudis Catalans, en cuanto que responsable de la sección filológica, para que la reforma lingüística del catalán fuera dirigida por Pompeu Fabra. Y qué decir de un militar español llamado Francisco Macià, o de un federalista unitario y anticatalanista llamado Lluís Companys. De momento constatamos que bajo las formalidades políticas muchas veces están potentes resortes psicológicos que explican los cambios de adhesiones políticas. De ahí que una posible línea de investigación podría ser si el traspaso de militancia carlista al catalanismo fue fruto de un desencanto o de un convencimiento. Y el matiz no es baladí.

La teoría del surgimiento de catalanismo como desencanto colectivo como consecuencia -en el caso de Cataluña- de tres derrotas bélicas, está latente en muchas teorías explicativas del origen del catalanismo. El catalanismo -según esta tesis- representaría la oportunidad de acogerse a la lucha política como más eficaz que la militar. Lo cual supondría que, en cierta medida, los protagonistas, no distinguieran mucho doctrinalmente el carlismo del catalanismo. Algunos aceptan que, a lo mejor, esta causa no sería la primera y fundamental de este traspaso de militancia, pero sí un desencadenante que explicaría por qué un importante número de hijos de carlistas no siguieran los pasos de sus ancestros. Esta teoría cobra cierta fuerza si consideramos que los principales dirigentes de la primera organización política catalanista, la Lliga Regionalista (excluimos el republicanismo federal a propósito por razones metodológicas), estuvieron vinculados familiarmente y vitalmente, en mayor o menor grado, con el carlismo.

NOTAS

[1] Este argumento sólo serviría para Cataluña y Vascongadas, pues regiones o zonas plenamente carlistas como Valencia o el Maestrazgo carecen de movimientos nacionalistas propios. En cuanto al paralelismo electoral sería discutible y exigiría un estudio minucioso que no entra en las expectativas de este artículo.

[2] Jordi Canal, “Marian Vayreda, entre el carlisme i el catalanisme”, en Revista de Girona,  núm. 225, Juliol. 2004, p 41.

[3] En 1898 publicó Records de la darrera carlinada, basada en sus recuerdos autobiográficos de su participación en la tercera guerra carlista, mezclado con una fina ironía en la que se denota esa decepción por la derrota. En 1900 publicó la novela Sang nova (1900), que respira por todos lados una apología del catalanismo conservador. Aunque su mejor novela es La punyalada (1904).

La teoría del desencanto ante las derrotas militares en las familias de la Lliga (II)

Josep Pla en su obra Vint-i-cinc anys de política catalanista (L’obra d’en Cambó)[1], recoge un relato de uno de los patriarcas de la Lliga, Narcís Verdaguer i Callís[2], en sus Memorias. Proveniente de una familia carlista de la plana de Vich, presenció de pequeño la toma de la capital del Osonés. Relata cómo le impresionó sobremanera ver cuando un soldado carlista disparaba contra otro liberal mientras que se rendía presentando el fusil. Junto con otras experiencias crueles de la guerra, reconoce: “me alejaron para siempre de los sentimientos carlistas que tenían mis padres”. Callís se inició en el catalanismo, como otros tantos, colaborando en La Veu de Catalunya, dirigida por el imponente canónigo Mosén Jaume Collell ya venido a menos y que pronto le pasaría la dirección a Verdaguer Callís, y posteriormente este a Prat de la Riba. Prat de la Riba, el padre del catalanismo político conservador, convertiría el periódico de orígenes religiosos[3] en el órgano oficial de la Lliga Regionalista. El caso que hemos expuesto de Callís, que va del desengaño de los ideales familiares, pasando por un catalanismo cultural aún apolítico, hasta ser uno de los fundadores del primer partido catalanista, nos confirma la complejidad psicológica de estos procesos.

A modo de ejemplo, hemos de considerar que una de las espoletas que hizo eclosionar el catalanismo fue la reforma del derecho del código civil, impulsada por el gobierno de Silvela y llevada a cabo en 1889. Este hecho produjo gran consternación en muchos catalanes conservadores y tradicionalistas. Esto explicaría el acercamiento de muchos carlistas al catalanismo, pues: “Los hombres de la Lliga de Cataluña supieron monopolizar el éxito de la campaña contra el código civil (1889) y, poco a poco, el catalanismo se fue extendiendo por todo el país”[4]. Esta reflexión liga perfectamente con lo que relata Pabón, por ejemplo, en su Cambó, cuando reconoce que Verdaguer i Callís defendía el Derecho Civil catalán porque para él (y para muchos otros como Torras i Bages) era un reflejo viviente de la organización jurídica de una sociedad cristiana. En este sentido, el sentimiento de Callís estaba más penetrado por el contenido cristiano que aún emanaba de un código civil, que no la mera reivindicación de un abstracto derecho a auto-detrerminarse.

Por eso, como enseguida propondremos, Pabón intenta explicar que en los orígenes de la Lliga el “tradicionalismo” tuvo un factor determinante, aunque no fue el único. Curiosamente al autor de la biografía de Cambó, le cuesta horrores utilizar el término carlismo y casi siempre alude a un genérico  tradicionalismo. El medido uso de este tipo de términos en muchos historiadores o protagonistas de los acontecimientos, nos adentra en ese mundo de matices no explicitados del que ya hemos advertido. Por ejemplo, para Pabón al hablar del tradicionalismo como uno de los elementos constitutivos del catalanismo, no se refiere tanto a hombres y organizaciones, sino de “directrices ideológicas que influyen sin ser proclamadas a veces, y a veces sin ser reconocidas”[5]. Así, insiste: “En las familias carlistas, acabada la contienda civil, los hijos continúan, a veces rigurosamente fieles a las ideas y a la disciplina de sus padres. Otras veces y frecuentemente, dejan el carlismo. En la crisis política general y en la particular catalana, determinadas ideas y diversos acontecimientos, les hacen desplazarse al catalanismo creciente. Llevan consigo, como razón del nuevo encuadramiento, una parte de la ideología heredada”[6].

En Cambó, otro de los hombres sin los que no se entendería la existencia de la Lliga, también reconoce Pabón su ascendencia de una vieja familia carlista. El matiz diferenciador psicológico, respecto a Verdaguer i Callís, es importante y empieza a desplegar la complejidad para entender un fenómeno como la Lliga en particular y el catalanismo en general. En Cambó, a diferencia de Narcís Verdaguer, su padre ya no era carlista sino el típico conservador, un canovista de pro. Se encargó de educarle en el conservadurismo (del que ya no pudo desprenderse nunca) y alejarle de los ideales del viejo linaje familiar que consideraba obsoletos e impracticables. Sin embargo, no fue un razonamiento ideológico lo que llevó a Cambó descartar definitivamente el carlismo de sus antepasados, sino algo mucho más psicológico y tremendamente afectivo. Lo que le repugnó psicológicamente del carlismo, fue contemplar las agrias disputas políticas que se sucedían por la causa legitimista entre su abuelo y su tío abuelo.

Como tantos otros catalanes, Cambó vivió en su propia familia la ruptura familiar que había causado el conflicto dinástico que llevaba abierto prácticamente un siglo. La Restauración de la monarquía liberal (tras un enemigo considerado mayor: la Primera república), en muchas de estas familias, era aceptada como un mal menor donde mantener un vago “tradicionalismo” que en el fondo ya era ya meramente “conservadurismo”. Cambó, por temperamento, actitud y ambiente familiar, era un hombre que tenía la auto-obligación de sentirse que marchaba con el signo de los nuevos tiempos. De ahí que el catalanismo cada vez se fuera asociando más a europeísmo y la “modernidad”. Ello no excluía la construcción de un discurso ideológico -en consonancia con el autorrelato de la “Renaixença”- en el que las actitudes modernizadoras del catalanismo se avalaban en una hipotética reivindicación histórica.

Proponemos un tercer personaje indispensable para entender la el sustrato de la Lliga Regionalista. Aunque es bastante desconocido para el gran público, quizá sea uno de los hombres más fascinantes de aquella época: Joan Estelrich[7]. De él podemos decir que fue el gran ideólogo y alma intelectual de la formación catalanista[8]. Provenía de una familia carlista mallorquina. A diferencia de Verdaguer i Callís y Cambó, él sí tuvo una experiencia juvenil de intensa militancia carlista. Colaboró de joven en la revista carlista menorquina Cruz y Espada; o más adelante en El Correo español. Su evolución al catalanismo se realizó a través del grupo menorquín Nostra terra, de Ciudadela, desde el que se posicionó a favor del regionalismo. Todavía no es momento de afinar, pero sólo afirmaremos que este nuevo regionalismo ya representaba algunas variantes respecto al regionalismo defendido desde siempre por el carlismo y explicitado terminológicamente por Vázquez de Mella.

Estelrich fue la mano derecha de Cambó, y sin lugar a dudas es uno de los personajes que mejor representa el prototipo de carlista que se transforma en catalanista de forma consciente. No obstante, en todas sus obras, a veces de forma críptica, se pueden notar las violencias internas de un alma que sigue empapada de principios tradicionales, como el rechazo más absoluto a la revolución francesa (que expresa en muchas de sus obras), intentando combinarlo con ideas políticas modernas. Igualmente, late en el fondo de su espíritu la pugna por decidir qué pesa más si su catalanidad o su españolidad[9]. Por otro lado, al igual que Cambó (y a diferencia de Verdaguer i Callís) siendo catalanistas conservadores, siempre llevaron una vida dispersa en lo amoroso y sentimental que no se correspondía al canon del político de orden “com cal” (como debe ser)[10].

Eso nos llevará a una cuestión que en algún momento también deberá ser tratada para entender el catalanismo. Prohombres de la Lliga, como Prat de la Riba, Cambó o Estelrich, que nunca fueron conocidos precisamente por su gran devoción religiosa, representaban un partido no católico, pero cuyas bases populares, y una gran parte de sus dirigentes intermedios, se habían fermentado en el catalanismo católico promovido por eclesiásticos de la talla de Torras i Bages. La doblez entre la vida personal y lo que representaban públicamente, era inevitable que acabara empapando sus discursos, doctrina, actitudes e ideología en general.

NOTAS:

[1] Josep Pla, Vint-i-cinc anys de política catalanista (L’obra d’en Cambó), Tipografia Emporium, Barcelona, 1931.

[2] Su perfil es muy característico en muchos catalanistas de la primera etapa. De familia carlista de la Cataluña profunda, ex seminarista, estudiante de derecho. En 1900 fue fundador i presidente del Centre Nacional Català, reuniendo en torno a sí a las primeras espadas del futuro catalanismo político: Prat de la Riba, un joven Francesc Cambó, Lluís Duran i Ventosa o Josep Puig i Cadafalch. Este grupo se integraría en la Unió Regionalista para después formar la Lliga Regionalista, en abril de 1901.

[3] La Veu de Catalunya, fue la continuación natural de La Veu de Montserrat.

[4] Joaquim Coll et al, Historiografia del catalanisme, en Antoni Simón (Dir.),Tendències de la historiografia catalana, Publicacions Universitat de Valéncia, Valencia, 2009, p. 303.

[5] Jesús Pabón, Cambó (1876-1818), Vol. I, Alpha, Barcelona, 1952, p. 49.

[6] Ibid. p. 126.

[7] De él dice Josep Pla que “es un Gran capitán, es una de los catalanes más activos, más útiles, más admirables … es perfectamente natural que Estelrich haya llegado a ser el brazo derecho de Cambó”, Josep Pla, Coses vistes, 1920-1925, Diana, Barcelona, 1925, pp. 187 y s.

[8] De él se ha dicho que fue “el principal ejecutor cultural del programa patriótico del noucentisme”.

[9] En su dietario correspondiente al año 36, y el estallido de la Guerra civil, se puede leer el 20 de julio: “Yo como catalán he de desear el triunfo del Gobierno [republicano], y como español el de los sublevados”.

[10] “Otro aspecto de la vida de Francesc Cambó que también ha sido ocultado es el relativo a su vida privada. En sus memorias, Cambó afirma que decidió sacrificar su vida familiar a causa de su dedicación preferente a la política, cosa que es bien cierta. Ahora bien, en sus recuerdos casi no hace alusión a sus relaciones sentimentales, que fueron numerosas y complicadas. En efecto, en la vida de Cambó las mujeres desempeñaron un papel bastante más relevante de lo que pueda parecer si uno sólo se rige por lo que se explica en sus memorias o en las numerosas biografías de encargo. Su pasión por las hembras fue algo innegable y harto conocida en su época, pero no era demasiado conveniente que se aireara públicamente. No estaba `bien visto´ que el dirigente de un partido conservador, un notorio católico y soltero empedernido, practicase conscientemente esa doble moral que era tan habitual en la Europa burguesa de aquella época. Y debe reconocerse que fue relativamente discreto, e incluso generoso, con buena parte de sus amantes y que sus amigos y colaboradores más íntimos siempre le ayudaron a mantener ocultos los resultados de su agitada vida sentimental”, Borja de Riquer i Permanyer, “Francesc Cambó: una biografía necesaria y compleja”, en Études Biographies politiques, 8, 2012: automne 2011, p. 35.

La teoría negacionista de la influencia “vigatana” y la construcción de una “Renaixença” (III)

La teoría de la “Renaixença” que queda recogida en los libros de texto en los que se sumergen a los infantes en el sistema escolar, se podría resumir básicamente así: tras el fracaso austracista en la Guerra de Sucesión, culminado en el trágico 11 de septiembre de 1714, la “nación” catalana sufrió un espantoso asimilacionismo borbónico centralista. La lengua y la identidad catalana estuvieron a punto de fenecer. Pero, misteriosamente, se produjo un renacimiento (Renaixença) de la nación. De ahí que uno de los iconos del primer nacionalismo fuera el Ave Fénix. Este renacimiento, providencial para muchos, se inició gracias a que empezó a recuperar la poesía y la literatura catalanas. En todos los manuales escolares aparece la figura de Aribau y su famosa “Oda a la Patria” como punto de arranque de la Renaixença (1833). A él le seguirían estudiosos de la tradición literaria catalana como Milà i Fontanals o Rubió i Ors; llegarían los Juegos florales de Barcelona (1859), más tarde resurgiría el teatro con Frederic Soler (a) Pitarra.

Todo ello culminaría con una resurrección de la conciencia nacional catalana y su concreción en las primeras manifestaciones de catalanidad política: el Primer Congreso Catalanista (1880), convocado por Valentí Almirall, la Unión Catalanista (1891), las Bases de Manresa (1892). Con el cambio de siglo el catalanismo se estrenaría en política con la aparición del primer partido netamente catalanista: la Lliga Regionalista (1901), promovida por los hombres que hemos mencionado en el epígrafe anterior; y el éxito del ideal nacional en una candidatura unitaria la Solidaritat Catalana (1906), liderada por la Lliga, en que todo tipo de fuerzas políticas catalanas -incluyendo el carlismo- se unieron contra las candidaturas consideradas “centralistas”.

Hasta aquí, resumida, la historia “oficial” del propio catalanismo consensuada tanto por el sector conservador como el de izquierdas. En otros lugares hemos desmitificado esta construcción artificiosa del relato nacionalista[1]. Ya de por sí es absurda la propuesta de Buenaventura Aribau como origen de la Renaixença ya que apenas escribió dos o tres poesías en catalán, buena parte de su vida vivió en Madrid y abogó por la enseñanza obligatoria del castellano en toda España. Pero todo tiene su explicación en esta artificiosa construcción que en breve trataremos de dar razón de ella. En una ciclópea obra de Joan-Lluís Marfany, Nacionalisme español i catalanitat, encontramos una premisa o afirmación, hasta ahora insólita en los ambientes académicos más prestigiosos. En referencia a sus estudios sobre la “Renaixença”, acaba rindiéndose a lo que unos pocos veníamos diciendo desde hace años: “En eso que suele llamarse `Renaixença´ no hubo nunca ningún propósito de hacer renacer nada … La `Renaixença´, entonces, no fue ningún renacimiento, pero entonces ¿qué fue? Esta es la pregunta a la cual mi trabajo querría dar respuesta”[2]. Esta pregunta ha caído como una losa en el mundo académico por la forma tan contundente de “negar” uno de los relatos más consolidados en el mundo catalanista.

Para dar precaria respuesta a la pregunta de Marfany, primero debemos advertir que la lengua catalana no había caído en esa debacle y olvido que nos describe el relato de la Renaixença y sólo tardíamente el catalanismo se dio cuenta de que podía ser usada como arma política[3]. También hay que advertir que el incipiente nacionalismo catalán de izquierdas necesitaba reconstruir un relato en el que el origen y la participación del catalanismo conservador en el movimiento, quedara lo más minimizada posible.

Respecto a esta reconstrucción izquierdista y republicana del relato de la Renaixença, defendemos la tesis de que se la debemos esencialmente al historiador republicano federalista y masón Antoni Rovira i Virgili. Para este tema son fundamentales dos de sus escritos: Història dels moviments nacionalistes (publicado originalmente en tres volúmenes, entre 1912-1914) y Resum d’història del catalanisme (1936).La fecha de publicación Història dels moviments nacionalistes es de suma importancia. Es un periodo donde, por un lado, ya se ha roto la unidad del catalanismo aglutinador de conservadores y revolucionarios, representados por la Solidaritat Catalana[4]. Por otro lado, estamos en el punto álgido en que la Lliga ha conseguido monopolizar el catalanismo –y presentarlo en una única versión conservadora- desbancando al republicanismo federal en horas más que bajas, que había sido sustituido por el republicanismo unitario.

Ante la debacle del catalanismo defendido por los republicanos federalistas, Rovira i Virgili tenía que sobredimensionar en ese relato a personajes próximos a sus posicionamientos políticos y tenía que minimizar el catalanismo procedente del “vigatanisme[5] y de claro contenido tradicional y católico. Por eso, Rovira i Virgilien su Historia de los movimientos nacionalistas[6], ve como algo ajeno al catalanismo, la derrota de 1714, aunque por ella quedaron “las almas atadas por la más dura esclavitud espiritual”[7]. Y rechaza que toda manifestación de afecto a la religión o a la monarquía por parte del pueblo catalán fuera algo natural. Por eso afirma: “El siglo XVIII consumó la decadencia de Cataluña y completó la desnacionalización de los catalanes. Estos olvidaron la dignidad de la raza y cayeron en las abyecciones del servilismo dinástico y españolista”[8].

De ahí que Rovira i Virgili, recogiendo las dos principales tesis sobre de la causa del renacimiento “nacional” de Cataluña, excluye la que se posiciona con el movimiento conservador. Esta última fue la denominada centrífuga y defendida por el conservador Prat de la Riba. Éste intentaba explicar el despertar catalán, en el siglo XVII, con: “la entrada de la gente campesina en la vida pública”[9], en referencia a la entrada de els segadors en Barcelona (Revuelta de 1640). Estas líneas de La nacionalitat catalana (1906) no son inocuas, sino que es un guiño al “vigatanisme” que representaba una de las fuerzas reales más importantes del catalanismo del momento. Prat de la Riba venía a decir que gracias a que las esencias del mundo rural y tradicional entraron en contacto con el cosmopolita, pudo surgir el catalanismo. El argumento servía tanto para els segadors de 1640 como para los vigatans austracistas de la Guerra de Sucesión (1701-1713) o el vigatanisme de finales del siglo XIX representados principalmente por Torras i Bages.

Rovira i Virgili, desprecia esta tesis y se acoge a la denominada centrípeta. Una tesis que ya había defendido el republicano federalista Valentí Almirall. El historiador republicano, busca el origen de renacimiento catalán en agentes externos que hacen despertar su conciencia nacional. Así, afirma que: “Valentín Almirall, en la explicación del fenómeno de nuestro renacimiento, es quien más se acerca a la verdad. En efecto: la corriente de ideas de la Francia Revolucionaria suscitó nuestro renacimiento, obrando, […] indirectamente, mediante el movimiento romántico que tanta fuerza alcanzó en Cataluña en la primera mitad del siglo XIX”; y pone en entredicho, a continuación, la otra tesis: “La trayectoria de la línea indicada por Prat es diferente; es la que pasa por el movimiento catalán de la guerra contra Francia, después por la Guerra de la independencia y llega a las guerras carlistas. Hasta cierto punto, los herederos de 1640 y de 1714 son los carlistas de la montaña catalana. El catalanismo actual tiene otra filiación”[10].

En resumen, la esencia del catalanismo sería lo opuesto al carlismo, conservadurismo o tradicionalismo. Y el despertar de la conciencia nacional sería por obra y gracia de autores ingleses, alemanes o italianos como Waltter Scott, Schlegel, Schiler o Manzoni. El catalanismo se convertía así en una expresión del europeísmo [entiéndase espíritu de modernidad], concretado como “una verdadera integración espiritual de Cataluña en Europa”[11]. Por eso, Rovira i Virgili, respecto a la Lliga Regionalista la alaba cuando muestra signos de modernidad, o le suelta algunos puyazos cuando pretende beber de las fuentes del “vigatanisme”: “En las elecciones provinciales de 1903, los que llevaban la dirección de la Lliga Regionalista se entendieron con los elementos ultramontanos, contra la voluntad de prestigiosos hombres liberales que entonces figuraban en ella, y bautizaron la candidatura con el nombre de `católico-regionalista´”[12].

NOTAS:

[1] Cf. Javier Barraycoa, Cataluña hispana, LibrosLibres, Madrid, 2013.

[2] Joan-Lluís Marfany, Nacionalisme español i catalanitat. Cap a una revisió de la Renaixença, Edicions 62, Barcelona, 2017, p. 8.

[3] Para este tema se pueden consultar los siguientes estudios: Joan-Lluís Marfany, La llengua maltractada, Editorial Empúries, Barcelona, 2001; la tesis doctoral de Josep Grau Mateu, titulada La Lliga Regionalista y la lengua catalana (1901-1923), defendida en la Universitat Pompeu Fabra en 2004; o Albert Branchadell, L´aventura del català, L’Esfera dels Llibres, Barcelona, 2006. Este es un libro interesante por la total ausencia de temor a la corrección política y que rehúye del victimismo político.

[4] La causa de esta ruptura fue el movimiento subversivo denominado la Semana Trágica de Barcelona (1909) que obligó a la conservadora Lliga a aliarse con el poder central para evitar la revolución.

[5] El “vigatanisme” es un concepto difícil de acotar que podría comprender a aquellos personajes de relevancia eclesiástica y política, principalmente salidos del entorno del seminario de Vich y que aportaron su ingenio para elevar la cultura catalana al servicio de la cristianización de Cataluña. Las fronteras difusas entre catalanismo, tradicionalismo, conservadurismo e incluso carlismo, nos obliga a estudiar a todos sus representantes uno a uno para saber dónde situarlo.

[6] Para las referencias utilizaremos la versión castellana: Antonio Rovira y Virgili, Historia de los movimientos nacionalistas, Minerva, Barcelona, 1920.

[7] Ibid, p. 491.

[8] Ibid. p. 492.

[9] Cf. Enrich Prat de la Riba, La Nacionalitat catalana, La Cataluña, Barcelona, 1910, p. 20. Esta pequeña “Biblia” del catalanismo contiene muchas contradicciones. Por un lado, denuncia el hundimiento de Cataluña con el Decreto de Nueva Planta. Por otro, reconoce que hay un rebrotar espectacular del campo, la población y las masías. Ciertamente fue así. El odiado siglo XVIII, por borbónico, sintió los efectos beneficiosos del Decreto de Nueva Planta y la apertura definitiva de Cataluña a América.

[10] Antonio Rovira y Virgili, Op. cit., p. 495.

[11] Todo un cúmulo de asertos verdaderos y falsos se van acumulando en este texto que estamos siguiendo. Una prueba, para Rovira i Virgili, de la veracidad de su tesis es que la primera revista que intentó introducir Scott y otros literatos románticos en Cataluña fue El Europeo. Él mismo tiene que tragarse el sapo de que: “Sus redactores escribían en castellano, pero llevaban el germen del renacimiento catalán”[11]. En este contexto será cuando, por fin, Rovira y Virgili reivindica a Aribau. Para él la poesía catalana languidecía pues se escribía en catalán “sin llama espiritual”. Y fue entonces cuando apareció la famosa Oda a la Patria de Aribau, publicada en El Vapor. Es evidente que proponer a Aribau como “el primer grito, instintivo aún, de la resurrección”, es un anacronismo. Entre otras cosas porque tanto El Europeo, como El Vapor, fueron revistas de vida corta y tirada reducidísima. Podríamos decir que prácticamente nadie supo del Aribau poeta, hasta que no lo reivindicó Rovira i Virgili casi un siglo después. Era una forma –como ya señalamos- de dar importancia al republicanismo frente al conservadurismo de la Lliga. Ciertamente que Aribau contribuyó a extender las redes de la burguesía liberal y borbónica por Madrid, pero era masón como Rovira y Virgili y eso pesaba mucho.

[12] Antonio Rovira y Virgili, Op. cit., p. 511.

La teoría del origen del catalanismo como síntesis de tradición y revolución (IV)

Como acabamos de ver, en la exposición de Rovira i Virgili hay una sobrecompensación del papel del republicanismo federal para que se sustente la idea de que entre las dos corrientes opuestas que confluyeron en la configuración del primer catalanismo, la revolucionaria fue la primera y más principal. Así en su obra El nacionalismo catalán(escrita ya posteriormente en 1916) ya da por inmodificable esta interpretación: “Dos corrientes principales se produjeron en el catalanismo durante el siglo XIX: la tradicionalista o histórica … y la federalista o filosófica”[1].

Quince años después, esta idea ya había sido interiorizada por los hombres más inteligentes de la Lliga como Joan Estelrich, que se limitan a repetir el dogma creado por Rovira y Virgili: “La confluencia [afirma Estelrich] del elemento tradicional y del elemento avanzado que sintetiza el federalismo, determina la aparición del catalanismo en su aspecto político”[2]. E igualmente repite Pabón: “el que forman los elementos tradicionalistas que alientan en el Catalanismo y en el Liberalismo que condiciona el nacimiento y el crecimiento de la política catalanista”[3]. La introducción de la palabra “liberalismo”, en lugar de “republicanismo” es un matiz interesante. Pabón, sin querer explicitar, deja caer el elemento “liberal” en los orígenes del catalanismo, pero no acaba de concretar si esos principios son parte esencial de la Lliga o se refieren al republicanismo.

Pabón en su Cambó, acepta (30 años después) la teoría roviravirgiliana de las dos fuentes del catalanismo[4], pero intenta revertir el argumento intentando recuperar la importancia del “vigatanisme”. Por ello describe que: “En los orígenes de la Lliga -ideas primeras y los primeros hombres- el tradicionalismo fue factor importante y no lo habían extinguido los otros motivos determinantes del Catalanismo. No planteaba la previa cuestión del régimen y deseaba actuar dentro de él”[5]. Este texto se refiere a aquellos elementos más carlistas que habían abandonado ya la lucha dinástica y pretendían defender el tradicionalismo desde dentro del sistema liberal de la restauración.

Como ya advertimos más arriba, Pabón es tremendamente cuidadoso con las palabras que utiliza. Por ejemplo, cuando quiere reivindicar un sustrato “tradicionalista” en Cambó y lo argumenta con algunos textos escritos o pronunciados por el líder de la Lliga, al final se descubre que no se refiere a un tradicionalismo de orden carlista, sino más bien de influencia maurrasiana[6]. Pabón, quiere ofrecernos a un Cambó (y con él a una Lliga) en el punto medio político. Vendría a ser como un precedente del “centrismo”, y por ello Cambó se nos presenta como un personaje situado entre la restauración liberal y la revolución conservadora.

Pabón llega a afirmar que “El Catalanismo es un movimiento liberalmente optimista”[7]. Esta afirmación sólo puede realizarse desde el convencimiento de que los elementos verdaderamente tradicionalistas de la Lliga, en época de Cambó, ya estaban prácticamente neutralizados por la cúpula del partido[8].  No obstante, como más adelante reconocerá Estelrich en su Catalunya endins, en las bases, el elemento católico seguía siendo determinante.

Una tesis parecida a la de Pabón fue presentada sin complejos por un joven investigador llamado Solé-Tura. Su obra Catalanismo y Revolución burguesa (1967)[9], que implicó una auténtica convulsión en la intelectualidad de la época. En pleno proceso de la marxistización de las universidades españolas, un comunista catalán se atrevía a romper un tabú: reconocer que el tradicionalismo y la burguesía (los odiados enemigos del marxismo) eran los causantes principales del catalanismo (que gozaba en esos momentos del prestigio -infundado- de resistencia al franquismo). La lectura de la obra es más complicada de lo que en un principio parece, pero reafirma la importancia de la corriente “vigatana” en la fundación del catalanismo.

Nos detendremos en el capítulo 5 que titula El peso de la Cataluña rural: tradicionalismo y regionalismo conservador. El capítulo se inicia con esta reflexión: “Una de las cosas que más llama la atención al estudiar el pensamiento político catalán del siglo XIX es la extrema continuidad de la línea ideológica tradicionalista a través de un periodo caracterizado por enormes tensiones políticas y sociales. Desde el manifiesto a los catalanes del Barón de Eroles (15 de agosto de 1822) hasta Prat de la Riba encontramos la constante de una Patria trascendente, ordenada por Dios, constituida por el encandenamiento de las generaciones, inmutablemente arraigadas a una misma tierra, a unas mismas costumbres”[10].

Este texto nos inspira tres consideraciones básicas. 1) reaparece el argumento roviriano de una continuidad en el alma tradicionalista de Cataluña que iría desde 1640 a las guerras carlistas. Pero esta vez Solé-Tura no discrimina esta línea -real o no- del imaginario catalanista, sino que la integra como factor explicativo del origen del catalanismo; 2) Un error sutil pero común, en el que cae Solé-Tura, es que la idea de comunidad tradicional, defendida en el Manifiesto a los catalanes y la de Prat de la Riba, aunque usen lenguajes algo similares, los contenidos conceptuales son totalmente diferentes; 3) Para ilustrar esta “continuidad”, Solé-Tura propone algunas citas que van del mencionado Barón de Eroles, pasando por Torras i Bages, Prat de la Riba o Mañé i Flaquer.

Realizamos esta última consideración, porque pensadores como Mañé y Flaquer o Duran y Bas, sin considerarse así mismos catalanistas (preferían denominarse regionalistas), acabarán teniendo una influencia más que fundamental en la configuración del catalanismo conservador; y no tanto por regionalistas, sino por liberales conservadores. Señalamos la importancia de esta última reflexión, porque deberá ser una de los senderos que deberá recorrer el que quiera entender realmente la relación entre el carlismo y el catalanismo.

Solé-Tura, al reconsiderar la importancia del mundo rural, tradicional y por ende filocarlista en la configuración del catalanismo, quiere hilar fino. Realiza una distinción apoyándose en considerandos de Almirall al hablar de la organización rural catalana en torno a las Masías que se había resistido a la modernidad: “la aristocracia de la espardenya (alpargata)”, los denomina despectivamente, por la autoridad que les confería la tradición a los herederos (hereus) sobre el resto de la familia. Este hecho, que por cierto era uno de los pilares del Derecho civil catalán, era menospreciado por Almirall que miraba a estos catalanes de las Masías como pequeños déspotas feudales: “esos propietarios que siempre tienen llenos los graneros y corral y bien provista la despensa, son la principal fuerza del carlismo y deben la existencia, casi exclusivamente, a la caduca organización de la familia en Cataluña”[11].

La tesis de Solé-Tura no deja de ser una continuación de la de Almirall. Pero se diferencia en que Solé-Tura reconoce la importancia de este “tradicionalismo” como fermento necesario para que posteriormente surgiera una versión moderna llamada catalanismo. Tanto Almirall, como posteriormente Solé-Tura, ya dan por muerto el carlismo tras la derrota en la Tercera Guerra Carlista en 1876. Una “muerte” que la relaciona con el primer asentamiento del capitalismo, industrialización y hegemonía de las ciudades. Si bien Prat de la Riba defendía, como dijimos, que la “el Renacimiento (de Cataluña) comienza con la entrada de la gente del campo en la vida pública catalana”, ahora Solé-Tura sostendrá lo contrario: “(el) capitalismo penetra muy lentamente y tímidamente en el campo catalán”.

Al no conseguir una “modernización” rápida del campo -argumenta- la burguesía industrial –a la hora de movilizar el cuerpo social catalán- también debe contar con el campo catalán. Pero no lo hará movilizando el carlismo, sino no su “alter ego” que sería el tradicionalismo catalanista. Esta es la interpretación de Solé-Tura, que desde su perspectiva marxista, se lamenta “del peso desproporcionado de la corriente tradicionalista en el catalanismo doctrinal. A través de Torras i Bages este tradicionalismo pasará prácticamente en bloque a la síntesis de Prat de la Riba, recorrida por un aliento de ruralismo y de tradicionalismo, al lado de incitaciones de la civilización industrial y urbana”[12]. Dejando de lado el paradigma marxista que sustenta esta tesis, nos parece una primera aproximación intuitiva a la interpretación de los orígenes del catalanismo político, no tan alejada a la realidad como otras que ya hemos resumido.

NOTAS:

[1] Ibid., p. 237.

[2] Juan Estelrich, Catalanismo y reforma hispánica, Montaner y Simó, Barcelona 1932, p. 44.

[3] Jesús Pabón, Op. cit. Vol. I, p. 49.

[4] Ibid, pp. 23 y s.

[5] Ibid., p. 33.

[6] Cf., Ibid., p. 127.

[7] Ibid., p. 50.

[8] Pabón reconoce que al principio no parecía así: “La lógica e inevitable coincidencia de Tradicionalismo y el Catalanismo es bien sencilla, en los primeros tiempos del segundo, por muy difusa y parcial que fuese, parecería total a una mirada simple”, Jesús Pabón, Cambó (1876-1818), Vol. I, Alpha, Barcelona, 1952, p. 125.

[9] Un año antes de que Pabón culminara el tercer volumen de su obra sobre Cambó. Pero ya había escrito y publicado los dos volúmenes anteriores exponiendo las tesis que hemos descrito.

[10]  Jordi Solé-Tura, Catalanisme i revolució burguesa, Edicions 62, Barcelona, 1967, p. 83.

[11] Valentín Almirall, “Las leyes forales y el carlismo”, en Escritos catalanistas, Barcelona, 1878, p. 117.

[12] Jordi Solé-Tura, Op. cit., p. 83.

Triunfo y muerte del catalanismo tradicionalista. El paradigma de las Bases de Manresa (V)

Hemos de reconocer la dificultad que tuvieron los coetáneos e incluso ahora, para distinguir entre los primeros catalanistas, regionalistas y carlistas. Por ello, no podemos perder de vista la evolución temporal del catalanismo a través de sus hitos fundamentales hasta que se desvanece esta confusión primera. Uno de estos mitos será, sin lugar a dudas la proclamación de Las Bases para la Constitución Regional Catalana, más conocidas como Bases de Manresa (1892).  Este encuentro en la ciudad de Manresa, promocionado por la Lliga de Catalunya[1], fue el resultado de un desencuentro previo entre catalanistas conservadores y republicanos. La sucesión de acontecimientos fue la siguiente: en 1887 el Centre Català, fundado por Almirall, entró en crisis al escindirse entre republicanos federalistas y catalanistas conservadores. Estos, en noviembre de ese mismo año fundaron la Lliga de Catalunya, a la que rápidamente se unió el Centre Escolar Catalanista liderado por Prat de la Riba, Puig i Cadafalch y Cambó entre otros.  En 1891, la Lliga de Catalunya, retomó la idea de Almirall de agrupar todas las fuerzas catalanistas, pero esta vez dominadas ideológicamente por el conservadurismo catalanista. Ese año se fundó con esa intención la Unión Catalanista y su primera Asamblea dio lugar a las ya mencionadas Bases de Manresa.

La hegemonía doctrinal conservadora o tradicionalista (según qué se entienda este término) fue aplastante y se nota en el redactado de las conclusiones o Bases para fundamentar el catalanismo. La presidencia la ocupó Lluís Domènech i Montaner y el secretario fue Prat de la Riba. La comisión encargada de elaborar y redactar las Bases estuvo presidida por el entonces sacerdote Josep Torras i Bages. ​Decimos que hay un punto de inflexión, o mejor dicho una extraña inflexión, porque una vez proclamados estos fundamentos del catalanismo más tradicionalista, el partido conservador catalanista que posteriormente se fundaría -la Lliga Regionalista- no se ceñiría jamás a esas Bases sino que se acabaría convirtiendo en un partido de sustrato ideológico claramente liberal. Con otras palabras, en el momento de manifestarse el triunfo doctrinal del “tradicionalismo” sobre el catalanismo, fue el mismo momento en el que hombres como Torras i Bages, empezaron a ser desplazados de la primera línea del incipiente catalanismo político.

La percepción de que ese catalanismo proclamado en las bases de Manresa era incompatible con el espíritu moderno, la tuvo incluso Pi y Margall. Este, al analizar el encuentro catalanista de Manresa, concluye: “No son demócratas, sino tradicionalistas”[2]. Por el contrario, considera que en la Bases de Manresa se esconden, ante tanto discurso tradicionalista, ciertos rasgos federalistas que son los únicos rescatables para un federalismo de “verdad”[3]. Ciertamente en las Bases de Manresa se nota el peso de las grandes obras del catalanismo más tradicionalista, regionalista y conservador, que aún no se han desgajado del catolicismo.  Ya no sólo nos referimos a obras como El regionalismo (1887), como La Tradició Catalana de Torras i Bages (1892) o como una menos conocida, pero no por ello más influyente Los Fueros de Cataluña (1878), de Josep Coroleu y Josep Pella i Forgas. Coroleu, había sido uno de los fundadores del Centre Català y también participante en alguna ponencia de las Bases de Manresa[4].

El peso de la corriente del catalanismo “tradicionalista”, volcado en estas tres obras, se nota claramente en la redacción de las bases de Manresa, como por ejemplo en la Base 7ª, en la que se rechaza el sufragio universal: “El poder legislativo regional radicará en las Cortes catalanas que deberán reunirse cada año en época determinada y en lugar distinto. Las Cortes se formarán por sufragio de todos los cabezas de familia, agrupados por clases fundadas en el trabajo manual, en la capacidad o en las carreras profesionales y en la propiedad, industria y comercio a través de la correspondiente organización gremial donde sea posible”. También se alcanza un radicalismo de autonomía, que es profundamente “tradicionalista”, aunque se pueda confundir con unas declaraciones independentistas. Pabón, sabedor de que la Lliga de Cambó nada tiene que ver con las Bases de Manresa.

Una las causas por las que doctrinalmente el tradicionalismo y conservadurismo catalanista dominó las Bases de Manresa, es que la estrella de Almirall ya se estaba apagando. Sus últimos resplandores fue su participación en el Memorial de Agravios (Memorial de Greujes) (1885) o en sus protestas contra la Exposición Universal en Barcelona, de 1888, por considerarlo un acto de centralismo español. No obstante, como ya hemos señalado, este triunfo doctrinal del catalanismo “tradicionalista” se corresponde con el inicio de su decadencia o hegemonía en el mundo catalanista. La explicación de esta paradoja sólo puede entenderse, si consideramos como Pabón que: “El Tradicionalismo, de modo diferente, penetra en el catalanismo, partiendo de diversas fuentes, a través de cauces muy varios, y en alturas y profundidades distantes. Fenómeno en consecuencia más complejo y difícil de percibir”[5].

He aquí el quid de la cuestión y la causa de tanta confusión: el uso polisémico de la palabra “tradicionalismo”. Cuando se ha querido hablar de dos fuentes del catalanismo, el federalismo de Almirall, y el vigatanisme o tradicionalismo al estilo Torras i Bages, se ha generalizado excesivamente el concepto de “tradicionalismo”. Querer meter en un mismo saco a carlistas, torrasianos, regionalistas como Mañé y Flaqué o conservadores-liberales como Prat de la Riba, y otras corrientes y autores, nos impide una explicación clara de la evolución del catalanismo. Bajo el paraguas del “tradicionalismo” caben demasiadas ramas doctrinales que en su germen ya son contradictorias, aunque en el tacticismo llegaran a coincidir.

El propio Pabón reconoce una primacía y coherencia doctrinal en la obra cumbre de Torras i Bages: “La Tradició Catalana es obra de una riqueza y solidez inigualadas por aquellas otras a cuya influencia debe algo la formación inicial del Catalanismo: compárese, para apreciar la distancia, con Lo Catalanisme de Almirall o con El Regionalismo de Mañé. Por otra parte, aunque fundamentalmente reducida al campo ideológico e histórico catalán, la obra del obispo de Vich, es una de las mayores producciones del pensamiento tradicionalista español”[6]. Pero igualmente distingue que muchos autores que se han tenido por catalanistas tradicionalistas, como Mañé i Flaquer o Duran i Bas, utilizaban muchas veces un lenguaje “carlista” e intransigente o integrista, pero en su acción práctica eran transaccionistas con los conservadores del resto de España. Durán y Bas, por ejemplo, se avino a las políticas de O´Donell y de Posada Herrera[7]. Pero no saldríamos de este embrollo sin descubrir que hombres como Mañé i Flaquer eran profundamente anticarlistas.

NOTAS:

[1] No confundir con la posterior Lliga Regionalista.

[2] Francesc Pi i Margall, La qüestió de Catalunya, Societat Catalana d’Edicións. Barcelona, 1913. p. 20.

[3] Jesús Pabón, Op. cit., p. 118.

[4] En Los Fueros de Cataluña ya encontramos ideas que quedarán plasmadas en las Bases de Manresa, aunque no con tanta intensidad. En la esa obra se pueden leer textos como: “Siendo la religión de los catalanes la católica, apostólica y romana, no le es lícito a ningún laico discutir pública ni privadamente acerca de sus dogmas”. No se acepta las Cortes Constituyentes de Cádiz ni el “jacobinismo de infames políticos”.  Paralelamente, encontramos otras afirmaciones que hoy sonarían casi a independentistas: “solo los catalanes nacidos en el Principado y no los naturalizados por privilegio que se hallen en el pleno goce de la ciudadanía podrán obtener beneficios y oficios eclesiásticos en Cataluña y ejercer jurisdicción, oficio público, empleo o mando militar en Cataluña y reino de Mallorca”.

[5] Ibid., p. 125.

[6] Ibid., p. 138.

[7] Ibid., p. 131.

El falso tradicionalismo en Mañé i Flaqué y otros conservadores (VI)

¿Cómo pudo empezar el catalanismo tradicionalistaa declinar, justo después de haber conseguido su mayor victoria doctrinal en las bases de Manresa? Evidentemente no fue por la fuerza de un desgastado y decadente republicanismo federal. Solo cabe una explicación: el catalanismo era a su vez una amalgama de corrientes tradicionalistas y conservadoras liberales; y estas últimas fagocitaron a las primeras. Lo que nunca podía haber logrado el republicanismo federal, lo consiguió una doctrina semejante en expresiones, pero no en sus intenciones: el regionalismo conservador liberal. Dicho en otros términos: el catalanismo católico que proponía Torras i Bages acabó desplazado por otros catalanistas católicos pero de espíritu liberal, conservador y restauracionista.

Pabón al igual que reconoce una primera fuente del catalanismo en el tradicionalismo, como vimos más arriba, también reconoce otra corriente de hombres que configurarán el catalanismo político, pero de tradición conservadora-liberal. Nunca debemos olvidar que nos estamos moviendo en el marco de una restauración monárquica, bajo una forma constitucionalista que no es aceptada por todos los católicos por herética. En la restauración se crea un régimen liberal bipartidista en el que se reparten el poder los liberales radicales y los liberales conservadores. Los primeros, para burlarse de los otros hablaban de que el suyo era un “liberalismo, bien entendido”. Y los conservadores regionalistas y liberales, para distanciarse del tradicionalismo carlista defenderán “el regionalismo bien entendido”. Este “regionalismo bien entendido” representar un punto medio entre los desmanes del liberalismo radical, y la intransigencia de carlistas integristas. Siendo más precisos, se intentaba crear un espacio político en el que podían convivir católicos liberales y conservadores que aceptaban el régimen de la Restauración y regionalistas conservadores catalanes y católicos que abominaban de las tesis carlistas e intransigentes.

Un prototipo de regionalista, conservador, moderado, católico liberal y anticarlista fue precisamente Juan Mañé y Flaquer. Proveniente de una familia tarraconense liberal, cuyo padre había sido miliciano de la Guardia Nacional, heredó la fobia familiar hacia los carlistas. Seguidor de Durán y Bas, ambos, aunque moderados, monárquicos restauracionistas y conservadores, no soportaban la tolerancia de cultos o el sufragio universal. Mañé y Flaqué se caracterizaría por su peculiar estilo en establecer la línea editorial del Diario de Barcelona, el “Brusi”, que dirigió durante mucho tiempo. El Diario de Barcelona siempre buscó situarse en el “centro” entre los liberales revolucionarios y el carlismo intransigente.

Frente a los que defienden la tesis de la continuidad entre el catalanismo y el carlismo, sólo tiene que atender a un hecho crucial: se puede afirmar que El Diario de Barcelona fue el diario “oficioso” de la jerarquía católica catalanista. Sus polémicas contra el célebre diario carlista El Correo Catalán, dejaba bien claro que este “regionalismo” no era ni quería ser un reflejo “moderno” del carlismo. Salvo la defensa ante ataques radicales contra la Iglesia, apenas tenían nada en común sus propuestas y tacticismos respecto al papel de los católicos en el Régimen de la Restauración. Por eso Mañé y Flaqué, más que un “catalanista”, se consideraba un “regionalista”. El matiz puede parecer poco importante, pero en aquella época podía representar un inmenso abismo.  Baste decir que Pabón, considera que el maestro de Mañé i Flaqué, Duran i Bas, nunca fue catalanista, y siempre intentó evitar que lo tomaran por catalanista. O, por otro lado, muchos veían a Prat de la Riba como “renovador y tradicionalista”, cuando -en el fondo- todos sabían que tras él se escondía un hombre liberal-conservador. No insistiremos suficiente en que la trama que estamos describiendo es compleja y confusa; y que por ello hay que tener en cuenta en precisar muy bien la personalidad y estructura mental de los protagonistas.

Mañé y Flaquer escribió El regionalismo (1887), indirectamente en respuesta al discurso de apertura del curso 1886-87 del Ateneo de Madrid, a cargo de Núñez de Arce, que había sido gobernador civil de Barcelona y ministro por el partido progresista de Sagasta. Directamente, la obra era un ataque frontal contra Lo catalanisme, de Almirall, escrita un año antes. Y aunque infinidad de historiadores tratan de encuadrar a Mañé i Flaquer, junto a Prat de la Riba en una misma línea ideológica, éste último en su juventud había bebido en las aguas del partido de Sagasta. La herencia ideológica le venía por su padre, un hacendado de Castelterçol firmemente liberal. Y para colmo no podemos olvidar que la Villa de Castellterçol fue felipista en la Guerra de Sucesión. No por ello, Prat de la Riba acabó creando un movimiento político que empezó a despreciar lo que representaba el felipismo en la Cataluña del XVIII.

Estar en una frontera doctrinal tiene el peligro de que estar sometidos a constantes vaivenes y difíciles equilibrios. Eso le pasó a Mañé y Flaquer, entre otros. El Regionalismo es una de aquellas obras desconocidas, paradigmáticas, que no tuvieron la fortuna de La Tradició Catalana, ni de La Nacionalitat catalana. Su autor se enfrentó muchas veces a los postulados de un potente carlismo catalán o del movimiento integrista representado por Sardà i Salvany, su estructura mental –y queda reflejado en el libro- es profundamente tradicionalista. Su regionalismo, también llamado “Provincialismo”, se posiciona explícitamente más con las tesis de Torras i Bages que con las de Prat de la Riba. En cambio, su quehacer político como periodista seguía más la línea marcada por Prat de la Riba que no la del obispo de Vich.

Josep Pla, recoge una carta en la que Mané escribe a Mosén Collell: “Nosotros, usted y yo, fundamos el provincialismo en el espíritu conservador; que es la defensa, es la resistencia que la organización cristiana político-social de la Edad Media opone a la conquista revolucionaria, a la corriente panteísta, que soltó contra la sociedad europea el renacimiento pagano”[1]. Pero la idea de “Edad Media” en Mañé y Flaqué, ya estaba en buena parte condicionada por el romanticismo catalanista; y por tanto se alejaba sutilmente de las aspiraciones de Torras i Bages, del carlismo o del integrismo. Difícilmente un conservador como Mañé i Flaquer podía aceptar la contundencia de un discurso como el de Félix Sardà i Salvany en la academica Católica de Sabadell, Discurso en 1892: “Cataluña restaurada ha de ser la Cataluña de Cristo, porque Cataluña hasta los tiempos de su última decadencia no fue nunca otra cosa que Cataluña cristiana. Y hemos de quererla semejante en todo a nuestros libres abuelos, no semejante a sus presentes opresores y vilipendiadores”[2]. Siendo el discurso de un “integrista”, está en la misma línea del expresado por Torras i Bages en su La Tradició Catalana, publicada ese mismo año.

Frente a los que han querido meter en el mismo saco a Torras i Bages y Prat de la Riba, hay que decir que en múltiples aspectos Torras i Bages está más íntimamente unido a Sardà i Salvany, que no a Mané i Flaquer y Prat de la Riba. Del “Cataluña será cristiana  o no será” de Torras i Bages, a famoso texto de Prat de la Riba hay dos cosmovisiones absolutamente opuestas. Dice Prat de la Riba: “Una Cataluña libre podría ser uniformista, centralizadora, democrática, absolutista, católica, librepensadora, unitaria, federal, estatista, autonomista, imperialista, sin dejar de ser catalana[3]. Sólo la comparación de estos textos, nos permiten avanzar en la línea de investigación y en nuestra tesis: en el seno de un genérico catalanismo llamado a veces regionalismo, a veces particularismo, a veces provincialismo, se escondían profundas diferencias ideológicas y de principios. Estas diferencias son difíciles de detectar, pues no siempre se explicitaban en grandes obras, sino en pequeños artículos, misivas o actitudes.

Conclusión: el sendero a seguir

El camino de esta investigación es largo, y esta conclusión simplemente es una señal del camino que se debe seguir para conseguir deshacer el prejuicio de que el carlismo fue el antecedente del catalanismo. Ya hemos hablado de Mosén Alcover, convencido catalanista que abandonó el catalanismo al sentirse traicionado por Prat de la Riba, cuando bajo uno oscuro “Golpe de Estado”, le apartó de su cargo en la sección filológica del Instituto de Estudios Catalanes, para cedérselo a Pompeu Fabra. Antes de que se agriara la relación entre ambos, encontramos una misiva que le envía Alcover a Prat de la Riba, fechada el 8 de junio de 1904. En ella se lee, una autoconfesión de Alcover sobre su evolución doctrinal, que iremos encontrando en muchos otros protagonistas del catalanismo: “Mi familia de siempre era carlista, como carlista comencé. En la división entre `leales´ [partidarios de D. Carlos] y siglo-futuristas [en referencia a la escisión de El Siglo Futuro que se posicionó con Nocedal en la escisión integrista], me quedé con éstos dirigiendo algunos periódicos de esta tendencia aquí en Mallorca, y combatiendo todo tipo de liberalismo … las contradicciones y conflictos que eso me produjo … me hicieron ver la realidad de las cosas, lo infructuoso de la lucha y me retiré. Procurando aprovechar las lecciones de la historia e inspirarme en la realidad actual, he visto en la causa regionalista [léase catalanista] un punto fuerte y de salvación, y por eso me he afiliado a tal causa”.

Estas letras son sumamente interesantes pues nos señalan varios agentes en los que debemos descubrir cuál es su conexión real, y no la meramente aparente: carlismo, integrismo, catalanismo y, sobre todo, lo que no queda explicitado, que es el liberalismo conservador; más en concreto el liberalismo católico. La transformación del pensamiento y actitud ante la realidad política de la Restauración, no hubiera sido posible, al menos en Cataluña, sin la aparición de ciertos obispos de un perfil muy determinado: obispos que aceptaban formalmente el régimen de la restauración borbónica, tras el fracaso de la Primera República. Una restauración que no podía ser aceptada por los “intransigentes” ya que la nueva constitución seguía siendo herética como las anteriores, al otorgar el principio de soberanía al pueblo.

En Cataluña, las aguas estaban más agitadas que en el resto de España entre los sectores católicos, que no estaban dispuestos a aceptar el Régimen de la Restauración ni el tacticismo de los partidos conservadores. La única forma que tenían los gobiernos centrales de domeñar la resistencia católica-tradicionalista fue a través de los nombramientos de obispos para que a su vez controlaran el clero reaccionario. Respecto a esto es fundamental tener presente que el viejo privilegio de los Reyes católicos de proponer ternas de obispos, con los siglos quedó abolido a favor del poder político, pues en el Concordato de 1851, el gobierno consiguió el derecho de presentar una candidatura única.

Este Concordato se mantuvo vigente durante la Restauración hasta la caída de la monarquía liberal y otorgó un poder inmenso a los gobiernos liberales a la hora de presionar a la Iglesia para seleccionar obispos que aceptaran la restauración e ir eliminando (por defunción) al resto de obispos intransigentes y partidarios del carlismo que aún quedaban en España. El catalanismo nunca hubiera tenido una fuerza popular sino se hubiera apoyado en parte de las masas católicas. Y una porción de éstas, no se habrían decantado por el catalanismo si no lo vieran respaldado por la jerarquía eclesiástica. Paradójicamente el intento de control de la jerarquía catalana, tanto del integrismo como del carlismo, a través del catalanismo, se produjo a raíz del nombramiento de un obispo andaluz para la sede de Barcelona: D. José María de Urquinaona.

El gobierno de este gaditano sobre la diócesis de Barcelona, hasta su muerte (1878–1883), fue más que conflictivo contra los católicos intransigentes (carlistas e integristas) y aclamado, no obstante, por católicos liberales y catalanistas. Gracias a Urquinaona, Morgades llegaría a ser Obispo de Vich y abriría las puertas la vigatanisme catalán: “Urquinaona, nombrado obispo de la capital del Principado, encontró en él [Morgades] colaborador eficacísimo y, desde entonces, fueron uña y carne. Y, como Urquinaona adoptó una cerrada postura anticarlista, Morgades se encontró en ella y la siguió”[4]. Como hemos dicho, el incipiente catalanismo religioso, quiso colocarse en el “centro” por eso sobre  La Veu de Montserrat, se ha llegado a decir que “mantuvo su criterio de periodista independiente y católico frente las dos tendencias políticas tan vivas y opuestas en su tiempo: contra el director de El Correo Catalán, Llauder [uno de los periodistas carlistas más activo en su época] y contra el presidente del Centre Català, Valentí Almirall”[5]. Siendo La Veu de Montserrat el órgano del catolicismo catalán más “puro”, por sus páginas pasó lo más variado y granado del catalanismo, fueran católicos o no: “Toda la Cataluña del espíritu de aquellos tiempos ha desfilado por aquellas páginas … Todos los nombres están”[6].

En definitiva, la investigación que debe iniciarse tiene un doble camino a recorrer: por un lado, el papel de los, aparentemente poco influyentes, católico liberales conservadores y regionalistas, como Mañé i Flaquer. Y en segundo lugar, las políticas clericales de los gobiernos centrales de España, que favorecieron la implantación de un clero catalanista, para sustituir al carlista e integrista. Sólo así llegaremos a situar cada uno de los agentes del proceso en su lugar.

NOTAS:

[1] Cit. En Josep Pla, Vint-i-cinc anys de política catalanista (L’obra d’en Cambó), Tipografia Emporium, Barcelona, 1931, p. 55.

[2] Feliu Sardá i Salvany, Religió i Regionalisme, ó Catalunya per Nostre Senyor Jesuchrist: conferencia llegida en la Academia Católica de Sabadell lo dia 9 de matx de 1892, Librería y Tipografía Católica, Barcelona, 1892, pp. 15 y s.

[3] Enrich Prat de la Riba, La Nacionalitat catalana, La Cataluña, Barcelona, 1910, p. 46.

[4] Francisco José Fernández de la Cigoña, “Jordi Figuerola i Garreta: El bisbe Morgades i la formació de l’Església catalana contemporània”, Reseña bibliográfica, enVerbo, Núm 383-384, 2000, pp. 349 y s.

[5] Joan Bonet i Baltà, L´Església catalana de la il.lustració a la Renaixença, Publicacions de l´Abadia de Montserrat,  Barcelona,1984, p. 132.

[6] Josep María Font, “Mossèn Jaume Collell, en Revista de Catalunya, IV, Núm, 34 (abril 1927), p. 374.

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