Catalunya y els Carlins (1900)

Folleto de Joan Bardina.

La Revolución francesa, cuna del parlamentarismo neo latín, lo es también del centralismo y del individualismo. Así lo reconoce Prat de la Riba, en su discurso de la Asamblea de Manresa y así lo creen todos los pensadores. Porque si reforzar las personas jurídicas y sociales equivale a dar menos importancia al individuo, es evidente que el liberalismo, que deifica al individuo, será antitético con el regionalismo, cuando el objetivo son las personas sociales. De aquí que los partidos liberales españoles hallan sido siempre centralistas; de aquí que lo sean los actuales partidos dinásticos; han de serlo por fuerza, mientras sean liberales y parlamentarios; siendo puras mentiras de engaña tontos todas aquellas promesas de silvelo-liberales. Las ideas nos decían que no podían ser otra cosa; la práctica ha venido a corroborar las ideas.

Ninguno ha defendido con tanta elocuencia como Mella la pluralidad de “naciones” en la Península Ibérica y nadie lo cree tan firmemente como los carlistas. ¿Y cómo no, si la “nación” es como la resultante de causas naturales e indestructibles, como la lengua, la raza, el territorio, el carácter, las necesidades, el derecho y hasta la tradición científica? Y si “varias” son estas causas, ¿no debían ser varias las “naciones” de la Iberia? Tan “nación” es Cataluña como Portugal… Nada deseamos más lo carlistas que la pronta existencia de “Catalunya-Estado”. Ni nos espantamos los carlistas con la idea de independencia. Sabemos que cuanto más autónomas sean las regiones, más ligadas quedan al poder federal y con lazos mucho más firmes.

El día en que Carlos VII se declarase centralista, el día en que se borrasen del programa carlista las hermosas palabras “autonomía” y “libertad”, el día en que por ser carlista se hubiese de renunciar a la libertad y personalidad de la Patria, yo y todos los carlistas en peso abandonaríamos ¿por qué no decirlo?, al que hoy nos tiene prontos a obedecerle sin objeciones de clase alguna.

Pero mientras la democracia sea el alma del programa carlista; mientras la autonomía y la libertad sean, como hoy, dulces hermanas; mientras la personalidad de las regiones tenga en Carlos VII su más acérrimo defensor, carlistas seremos, y carlistas incondicionales. Es necesario repetirlo: primero la “Patria” que el “Rey”, señores catalanistas.

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