Prólogo de Artur Juncosa a “Nosotros, los Carlistas” (1977)

Prólogo de profesor Artur Juncosa Carbonell al libro “Nosotros, los Carlistas”, de Josep Carles Clemente.

Uno de los típicos errores en contra del cual nos advierte la metodología de las ciencias consiste en tomar la parte por el todo. En este error se puede incidir de buena fe -y entonces es un  error corregible- o intencionadamente -y entonces es una mentira-. En Historia, la mentira se recubre de ropaje científico y se utiliza al servicio de una causa determinada con el fin de exaltarla y de desacreditar a la contraria. Si la causa desacreditada ha sido causa vencida, esta forma de descrédito no es más que una forma concreta de practicar el despiadado “Vae victis!” latino.

El carlismo fue vencido en todas sus guerras y, lógicamente, por la ilógica de la fuerza, fue siempre denigrado por la opinión de los vencedores o por la pretensión científica de los historiadores a sueldo o subconscientemente empeñados en justificar la causa victoriosa. Estos historiadores fueron de dos tipos: los liberales de la primera hora y los conservadores de fin de siglo y de la primera mitad del nuestro.

Los historiadores liberales, centrando su atención en la indudable tendencia -hoy diríamos de partido- absolutista predominante junto a Carlos V en 1833, se esforzaron en demostrar que el carlismo no era más que una reminiscencia anacrónica del Antiguo Régimen. Si esta interpretación hubiera correspondido a la realidad, resultaría inexplicable una serie de fenómenos, como el hecho de haber arraigado el Carlismo en los países españoles de mayor raigambre democrática y más reacios al despotismo ilustrado del Antiguo Régimen, su larga pervivencia, su capacidad de adaptación a las circunstancias, etcétera.

A esta interpretación, difícil de mantener, sucedió otra, que pudiéramos llamar conservadora, que pretendió ver en el carlismo una serie de movimiento testimonial de las esencias tradicionales de España. Para esta interpretación, el carlismo carecía de vocación de poder político, su definición dinástica, meramente accidental, no era más que un elemento romántico que lo hacía enlazar con las heroicas luchas del siglo pasado, y su función fundamental era la de acudir en defensa de la religión católica y de los factores conservadores en momentos de grave peligro para el “establishment” derechista. Esta última interpretación ha alcanzado hasta nuestros días, y uno de sus últimos testimonios aparece en los juicios sobre el carlismo que emite el general Franco en las conversaciones con su primo y secretario Franco Salgado.

Pero en contra de esta interpretación también se yerguen serios obstáculos: la conciencia del pueblo carlista de que debe esforzarse por llegar al poder, la fidelidad a la Dinastía como elemento definidor, de suerte que rota esta fidelidad se deja de pertenecer al carlismo, la crítica política a las manipulaciones de la jerarquía eclesiástica, el rechazo en toda hora de las tentaciones fascistas, los derroteros del carlismo en los últimos tiempos…

El “enigma” carlista empieza a revelarse  hoy, pues al leer documentos originales de sus partidarios y de sus enemigos, se descubren en el primitivo carlismo tres fuerzas convergentes: la absolutista -que justificó la interpretación liberal-, la tradicionalista -que explica la lectura conservadora del fenómeno- y la foral y popular que es, a la larga, la única que ha permanecido y ha impulsado la constante renovación de la doctrina carlista con fidelidad admirable a muy pocos principios y a una Dinastía, y con capacidad proteica de asimilación de hechos y filosofías nuevas y adaptación a realidades históricas bien diversas.

Esta corriente, la única original, interesante, permanente y de veras carlista, aparece en 1.834, al año escaso de haberse iniciado la primera guerra, prevalece como única en la “guerra del matiners”, sigue fiel a sus ideales con renovación doctrinal tras la autoeliminación del integrismo y el mellismo y empieza a resurgir poderosa en los años cincuenta de nuestro siglo para ser hoy la única que, despejado el árbol de las asfixiantes hiedras parásitas, ostenta con derecho el histórico nombre de Partido Carlista: celoso de la libertad, la democracia, el autogobierno y la lealtad a una Dinastía que asimismo le fue leal.

Podríamos, pues, distinguir en la historia carlista, a grandes rasgos, una primera etapa de predominio absolutista -Carlos V-, otra de única presencia carlista -Carlos VI-, otra de prevalencia tradicionalista -primeras épocas de Carlos VII, de D. Jaime y de D. Javier y toda la de D. Alfonso Carlos  – y otra de cuasi-exclusividad carlista de nuevo -últimas de Carlos VII, D. Jaime y D. Javier- y ya solo carlista con D. Carlos Hugo.

Este retorno a las fuentes populares y forales realizada, no sin dificultades, en las dos últimas décadas, explica muchas cosas: el desprendimiento del tronco carlista de la última hojarasca tradicionalista -el único juicio cerrado de Franco sobre el carlismo, en todas  las “conversaciones” citadas lo emite al decir que Valiente (secretario del partido carlista en aquella época) era de la CEDA y no carlista- y la huida en bloque o individualmente de sus caciques, la resistencia callada o clamorosa al totalitarismo y la definición socialista y autogestionaria de nuestros días.

Reflexionando sobre su primigenia afirmación foral, -afirmación de autogobierno de municipios, comarcas, regiones y naciones del Estado español- y su estima por las formas de propiedad colectiva; en una atmósfera más aireada, en la que la conciencia religiosa ha dejado de ser la raya divisoria entre partidos políticos, el carlismo ha aplicado el principio de libertades colectivas como tutela de la libertad individual a las realidades socioeconómicas de hoy y se ha definido autogestionario en lo territorial, en lo político y en lo económico, rechazando, por consiguiente, todo lo que aliena la libertad humana: el estatismo centralista, la manipulación política de los partidos de cuadros, el poder político al servicio de la acumulación capitalista, y afirmando la autonomía de las colectividades nacionales federalmente hermanadas, la pluralidad ideológica de los partidos de masas y la propiedad social de los medios de producción con la planificación en manos de la sociedad y no de los grupos de presión.

Para el pueblo carlista, este conjunto de afirmaciones no ha aportado otra novedad que la de ver explicado lo que confusamente intuía: para las últimas adherencias tradicionalistas ha supuesto el gran escándalo farisaico, y para los imbuidos de la interpretación conservadora, una gran sorpresa. Sorpresa que no se hubiera dado con un acercamiento más serio al fenómeno carlista, al margen de las interesadas propagandas oficiales de los últimos cuarenta años. De esta manera hubieran conocido y comprendido —como lo comprendían aquellos miembros del EMK que, en el restaurante Iparragirre de Ondarroa, sabían diferenciar entre integrismo y carlismo, mientras cenaban, en otra mesa, ante dos militantes del GAC Grupos de Acción Carlista— los sorprendidos, las repugnancias de D. Javier —más tarde preso de Dachau por los nazis— en adherirse al Alzamiento del 18 de julio, al rechazo de la Unificación en 1.937, al antifalangismo de los años cuarenta, al antifranquismo siempre latente y muchas veces declarado del pueblo carlista, la coincidencia del carlismo con la oposición y su presencia en las instancias unitarias, hasta hace bien poco clandestinas y ahora toleradas, y a la organización que ha ido imponiéndose de partidos nacionales federados.

Con la unidad ideológica y táctica, el carlismo arraiga hoy en las diferentes naciones del Estado Español en forma de partidos autónomos que se convierten en vanguardistas de las reivindicaciones autonómicas  y se federan en torno a un jefe dinástico –cuestión que en 1.996 no es real- en el que, por encima de legalismos interesados, ven al español de todos y no exclusivo de nadie, en quien confluyen las mejores tradiciones históricas de todas las naciones que configuran nuestra piel de toro.

La moderna investigación histórica acerca del hecho carlista, si no del todo, sí en mucho liberada de prejuicios ideológicos, ha aclarado muchos conceptos. Ya no es Carlos V el convencido defensor de los fueros ni Mella “el verbo del carlismo”. El carlismo se nos presenta como algo muy complejo que evoluciona, se purifica, se concreta poco a poco. Con las aportaciones de la nueva metodología empezamos a ver en el carlismo una lucha social entre la nueva burguesía liberal, capitalista y centralista y las clases y pueblos de España oprimidos política y económicamente, sobre todo, tras la enorme estafa de la desamortización y la supresión de los escasos Fueros -o Constituciones- que pervivían en España. Sobre este telón de fondo el carlismo aparecerá históricamente más o menos puro según se mantenga fiel a su ideal reivindicativo o se deje tentar por las derechas establecidas para acudir de alguna manera en defensa de sus supuestos valores.

A esta revisión ha contribuido, y contribuirá más, el autor del presente libro, Josep Carles Clemente, que iniciado hace años en el periodismo de forma “amateur”, tras sus estudios y su paso por La Actualidad Española y Mundo, alcanzó la dirección de Destino, al que viene dando un nuevo aire. Miembro de la Secretaría de D. Carlos Hugo de Borbón en los años sesenta, trabajo que simultaneó con su labor periodística, gozó de posición  privilegiada para establecer contactos interesantes con políticos de múltiples tendencias, con relevantes figuras del tradicionalismo y con viejos y jóvenes del pueblo carlista. La discrepancia evidente entre el tradicionalismo de tendencias autoritarias y proclive al franquismo y el carlismo popular, democrático y reacio a los manejos de los “jefes”, despertaron su interés por la historia profunda del partido, para cuya investigación se preparó sólidamente licenciándose en Historia Moderna y Contemporánea.

Su profesión de periodista, su labor junto a Carlos Hugo, su presidencia del Partit Carlí de Catalunya en tiempos recientes, su presencia actual en el Consell Carlí Catalá y sus estudios de historia le capacitan claramente para concurrir, junto con otros historiadores de probada competencia, en esta tarea, hoy imprescindible, de clarificación del carlismo.

El libro que hoy publica Josep Carles Clemente no es todavía esa obra histórica —ésta se publicó en 1.982 por ediciones SERPE en la colección BIBLIOTECA DE LA HISTORIA, como antes hemos visto— que esperamos pronto de su pluma, es tan solo una presentación del programa carlista sobre este trasfondo de una nueva interpretación. Entreverando las afirmaciones del que pudiéramos llamar Carlismo de los 70 con una rápida, pero certera, visión histórica, los tres primeros capítulos nos hacen pasar de las guerrillas de 1.833 a la presencia actual del carlismo en los órganos de la oposición, mientras que los dos capítulos siguientes nos muestran ya con claridad el pensamiento carlista de hoy que, de manera viva, se recoge en las entrevistas, que constituyen el capítulo séptimo, mientras que en el capítulo sexto ilustra el esfuerzo del carlismo auténtico por desprenderse de la hojarasca tradicionalista que de manera desafortunada le venía sacando la savia desde 1.931.

Singular interés cobra el apéndice, con la publicación de varios documentos, alguno de ellos inéditos, como el dictamen histórico de Melchor Ferrer sobre la nacionalidad de la Casa de Parma de 1.964, o bien el texto tantas veces citado, pero hasta ahora inédito en su totalidad, del “Manifiesto de La Garriga” de 1.849.

 La singularidad del “Manifiesto de La Garriga” nos permite ver la realidad social que el carlismo representaba. Frente a tanta falsificación histórica, basta leer unos cuantos párrafos de este documento para que nos enteremos de la visión que los liberales tenían:

“Cuando en 1.834 se alzaron los primeros capitanes carlistas, se presentaban dos grandes partidos, el liberal y el absolutista, y cada uno infundía los mismos grados de esperanza; porque si fuerte era el partido liberal contando, como contaba, con el propio gobierno, con la parte más rica de la nación y con el apoyo de Inglaterra, Francia y Bélgica; no era menos poderoso el partido absolutista teniendo, como tenía a su favor, el clero, los payeses y los pobres…”

Sigue diciendo el citado manifiesto refiriéndose al partido carlista…”Pero no para aquí en engaño que sufre nuestra credulidad. Tampoco es monarquía constitucional, como la que tenemos, ni a don Carlos lo que se pretende, no montañeses: es el fatal comunismo en toda su extensión y horror; es el sistema desorganizador del mundo; es en fin el terrible combate del que no tiene, contra el que tiene: en una palabra la destrucción de la propiedad; la destrucción de las familias; la destrucción de la religión; es decir, que los bienes serán comunes, esto es, de todos en general, y de nadie en particular: que los padres no tendrán dominio sobre los hijos; ni estos subjeción respecto de sus padres; que los templos y sus ministros serán abolidos…tal es el comunismo.

Y de estos sean los intentos, no podemos dudarlo.

Prescindiremos de esa monstruosa hermandad que se ha hecho con los republicanos,      (republicanos  y carlistas mantenían objetivos militares e ideológicos comunes. Ambos luchaban por el federalismo) por más que ahora quieran hacernos ver lo contrario; y nos atendremos solamente a las ideas manifestadas, a los discursos pronunciados en diferentes pueblos y reuniones por el propio general en jefe de las tropas carlistas; ideas y discursos que siendo declaradamente democráticas y desorganizadoras, en una palabra comunistas…”

Con la ilusión de poder leer pronto los resultados de las investigaciones históricas de Josep Carles Clemente, concluimos este prólogo a un libro que solo con su presencia viene a demostrar lo que decíamos al principio, que los elementos absolutistas y tradicionalistas, no eran más que partes circunstanciales de un todo más rico y complejo, y que quienes se fijaron, interesada o incautamente en aquellas, confundieron lo parcial con lo total y se incapacitaron para entender el carlismo al descuidar su única parte interesante, original, viva y permanente, que con el tiempo ha llegado a ser, por eliminación de las adherencias, la única, la que de veras determina el carlismo auténtico de ayer, de hoy y del mañana que apunta ya en el horizonte. Artur Juncosa Carbonell – Profesor de la Universidad de Barcelona. 

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