Juventud y política (2005)

Diario de Noticias (Navarra)

03/11/2005

Feliciano Vélez Medrano, Secretario de Organización del Partido Carlista

SE viene preguntando qué pasa con la juventud, como grupo, que hace ascos a la política y no quiere saber nada de la misma.

No parece que ese rechazo a la política sea exclusivo de la juventud, más bien es un fenómeno generalizado. Cuántas veces se ha oído el “no me hables de política” o “eso es política”. Ese fenómeno generalizado es un producto que han elaborado los políticos en su actividad pública, a base de zancadillas, empujones y mirar, no tanto por los intereses de sus representados, cuanto por los propios o en todo caso de su grupo político. Más por mantenerse en el poder, con lo que ello conlleva para los partidos y sus cargos. Hasta cierto punto, no es extraño que esto ocurra. No se han puesto de acuerdo, muchas veces, los partidos, en algo tan fundamental para la vida de las comunidades como son la aprobación de los presupuestos, y ha habido que prorrogar los viejos, y cuando se ha tratado de fijar sus emolumentos se han puesto de acuerdo todos, sin dudar. Ejemplo hace unos años cuando se señalaron los parlamentarios de Madrid la jubilación máxima de la Seguridad Social sin más requisito que haberlo sido durante una legislatura, o ahora cuando se han establecido, por unanimidad, un derecho de paro cuando cesen en sus cargos. Es decir, se ha profesionalizado la política y sin limitación de tiempo. Si a ello añadimos que a esos profesionales de la política no los elegimos sino que los designan, en realidad a dedo, los partidos políticos, pues no, otra cosa son las listas cerradas. Si a ello añadimos los casos de corrupción de que ha estado sembrada la vida política explica esta alergia a la misma de muchos.

Cierto que hay todavía un miedo atávico a la política, pues ha habido tiempos en que su ejercicio o incluso el pensar de una manera determinada, entrañaba un serio peligro para la vida y hacienda, si no se coincidía con lo que pensaba el que mandaba. Basta pensar, y lo hemos conocido muchos, el miedo que sembró entre muchos carlistas el Montejurra 1976.

Esto que se entiende entre sectores de la sociedad, asentados, resulta más difícil de entenderlo entre la juventud, generosa por principio y solidaria. Hay que explicarle que eso no es la política, que es una corrupción de la política, la política, sí, con mayúsculas, es advertir los problemas que tiene planteados la sociedad en que vivimos, su solución, atendiendo a todos, con preferencia a los más necesitados de tal manera que hagamos una sociedad más justa y equitativa. Y no podemos agotar el compromiso con nuestra sociedad y olvido de que vivimos en un mundo globalizado y no podemos asentar nuestro bienestar en la miseria de los demás, pues como dijo aquel, si hay pobres es porque hay ricos. Y todo ello, hacerlo con la gente, con el pueblo, no imponiéndolo.

Eso es la política, articular las instituciones para que el pueblo pueda tomar sus propias decisiones, acercando el poder al ciudadano y que sea éste el que sea consciente de los problemas, y acuerde sus soluciones. Ésta es la verdadera tarea del político, no otra que servir, de verdad al pueblo.

En estos tiempos mercantilizados enseguida preguntan ¿qué vas a sacar de eso? Como anécdota, en las Cortes de la II República, un diputado con voz muy engolada se dirigió al hemiciclo diciendo: “¿qué vamos a hacer de nuestros hijos?” y del mismo le contestó otra: “… al de su señoría ya los hemos hecho subsecretario”. Dicen también que en la Segunda Guerra Mundial, cuando todavía EEUU no había tomado parte en la misma y Europa conquistada por Hitler había dejado sola a Inglaterra, continuamente bombardeada en una alocución radiofónica a los ingleses pidiéndoles su esfuerzo en la defensa, lo único que pudo ofrecerles fue “sangre, sudor y lágrimas”, pero lograron su objetivo.

A la juventud no podemos ofrecerle una subsecretaria sino “sangre, sudor y lágrimas” y, como premio, su propia satisfacción, que podríamos condensarlo, para unos en el “ante Dios nunca serás héroe anónimo” de la ordenanza del requeté y para otros lo que decían otras, las de Carlos III de Castilla y VI de Navarra vigentes en el Ejército hasta no hace mucho tiempo, que decían: “el oficial cuyo propio honor y estímulo no le impulsen a obrar siempre bien, vale muy poco para mi servicio” y que traducimos como que quien por propia iniciativa no se preocupa por los problemas de justicia y equidad de la sociedad en que le ha tocado vivir, no puede sentirse satisfecho de sí mismo. Eso y no otra cosa es la política entendida correctamente. Y si no la hacen los jóvenes, no va a hacerla nadie.

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