Mercaderes de la Guerra, mercaderes de la Paz

Jesús Mª Aragón Samanes

Con relación al problema de la violencia terrorista estamos viviendo una temporada en la que parece que lo peor ya ha pasado, que la pesadilla va a terminar, y que vamos a poder despertarnos. También da la impresión de que lo que pasa es que algunos quieren justificar su modo de vida y hacerse  valer ante la sociedad civil, pues aún hay hechos que no invitan al optimismo y puede ser que la suerte tenga en esta situación  más importancia que la que se le da. Porque otra vez, “los de siempre”, han hecho estallar un coche-bomba, aunque al parecer, sin buscar directamente daños personales; es como si dijeran a la sociedad civil: ¿cómo va lo mío?, a la vez que con esa y otras acciones nos recordasen que aún pueden seguir haciendo más daño.

A rebufo de ellos los hay que quieren capitalizar la frustración que esta sociedad consumista y depredadora con los más débiles, genera en la juventud y en los que, por una u otra razón, no encuentran su sitio ni fácil acomodo en ella.

Por el contrario, los que ya están situados, más o menos bien situados, y que incluso administran parcelas de poder, no quieren perder ni un ápice de su privilegiada situación, sino hacerla más cómoda y fuerte, y se dedican a poner paños calientes, a sacarle punta a todo, y nos hablan de la “dificultad exponencial” del asunto, de las partes implicadas, de la metodología del proceso para llegar a un hipotético proceso, de…

Luego están los que ponen toda clase de trabas a los agentes sociales empeñados e  implicados en el final de la violencia, apareciendo, así, como los más fervientes partidarios de la estrategia del “cuanto peor, mejor”, como el PP; su presidente de honor, Aznar, ya dijo que lo importante del terrorismo no eran las causas sino los efectos (¿se refería a los efectos electorales y sus colaterales, los económicos, por ejemplo?). Asímismo, el comisario del PP en UPN, muy católico él, expresó su deseo de que los terroristas se pudrieran en la  cárcel; no me extraña que con ejemplos como el suyo aumente el número de apostasías, sobre todo entre la juventud inquieta. Y qué decir de la pena y resignación con las que el censor-guardián de las esencias navarras, señor Ollarra, desde su atalaya del gallo de San Cernin, profetizó, en falso, el anuncio de la tregua de ETA en el  prohibido acto de Batasuna en Barakaldo.

El Presidente del Gobierno, Sr. Zapatero, consciente de las piedras que le ponen sus propios compañeros de partido, nos habla de que tiene la esperanza de que quizá estemos  cerca del principio del fin, y nos pide confianza y tiempo.  La confianza en que el tiempo da solución a todos los problemas ya la expresó el dictador Franco y pudimos ver que no era la mejor solución, como nuestra moderna Historia lo está aún demostrando. Por eso parece que esa manifestación ha sido “hecha para la galería”, para “ganar tiempo”, o que ha nacido de la complacencia que da el ejercicio del poder, o de la creencia de que el tiempo corre a favor suyo.

En medio estamos los ciudadanos que vivimos de nuestro trabajo, que vivimos y dejamos vivir, que no tenemos armas, ni las queremos, y por eso mismo no nos convence una paz traída por armas victoriosas, porque después nos querrán hacer creer y aceptar que con armas se defiende la paz. No queremos esa paz, sino la que nace de la justicia, de la confianza que da saber que el que se cruza conmigo es un ciudadano como yo, que no me está acechando; no queremos armas en las calles ni gente temerosa en la calle.

Nos tienen en ascuas y no queremos quemarnos ni decepcionarnos una vez más. Lo que queremos es el paso adelante necesario, que mostraría la sinceridad de los deseos de paz, la voluntad públicamente manifestada de que una etapa  se ha cerrado y una nueva y pacífica se abre en la que los asuntos públicos, sin restricción, se discutan  pública y respetuosamente, y las decisiones las tomemos los ciudadanos libremente ya sea a través de los Partidos políticos y del Parlamento, ya sea directamente  mediante los oportunos referendums.

Sería fundamental que no quedase la sensación de que las víctimas del terrorismo, en sus diversos grados, lo han sido fruto de la “necesidad histórica”, pues no sería cierto. Nunca debió haber sucedido, aunque pasó, desgraciadamente. A todo lo demás, a los “flecos”, sí que se les puede dar un tiempo, pero cuanto antes empiece a correr, mejor, para acortarlo lo más posible, y procurando que las heridas no se cierren en falso como ya nos ha ocurrido otras veces. Para ello, la sociedad civil tiene que arropar a todos los afectados mediante leyes generosas; no se trata de venganza sino de justicia y de respeto a los ciudadanos  y a la legalidad que de ellos emana.

Los Carlistas sabemos que hay que aprovechar el momento y poner toda la carne en el asador para poder disfrutar de su jugosidad. No más dilaciones, por favor; ya basta de jugar con nuestras ilusiones y sentimientos, que estamos en un sinvivir pues nos devora la impaciencia de brindar por la posibilidad de otro mundo diferente, empezando por nuestra propia casa.

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