‘Jergón’ y ‘El Cojo de Cirauqui’

Diario de Noticias

11/06/2005

EN este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira”, dice un refrán popular, y nada hay más cierto. Como muestra, el caso de dos guerrilleros, dos líderes de partidas (grupos armados que no dependían del ejército y que aplicaban la táctica de guerra de guerrillas) que en la Tercera Guerra Carlista (1872-1876) abanderaron diferentes posicionamientos. Por un lado se encontraba el tudelano carlista Ezequiel Llorente, Jergón ; por otro, el liberal (defensor de Amadeo I de Saboya primero, de la República después y, por último, de Alfonso XII) Tirso Lacalle, El Cojo de Cirauqui , ya que había nacido en esta población. Aunque realizaron sus incursiones fuera de la Ribera (y más cerca de Tierra Estella), los dos estuvieron muy relacionados con esta zona ya que si uno nació en Tudela, otro pasó sus últimos días en Valtierra, donde permanece enterrado y donde engendró dos hijos.

Si bien los periódicos del bando vencedor, el liberal, alababan las gestas de Lacalle y decían que “supo realizar hazañas que resucitaban las gestas de los tiempos heroicos, manteniendo incólume la limpia tradición de esforzado paladín de la actual dinastía y de la libertad”, aunque sirvió a dos monarcas distintos y a dos tipos de regímenes, los diarios carlistas hablaban de sus acciones como de “hecho horrible, inverosímil para la hidalguía española” y de “deshonrosas hazañas”, al tiempo que le calificaban de “criminal” y “desalmado”.

Al otro lado, Llorente era para los liberales “una hiena”, que actuaba “con el manto de un partido político que se titulaba defensor de la religión”. Los “crímenes” que se le achacaban, por extremados, resultan casi increíbles, ya que en el informe de fiscalía que se le dictó el 21 de diciembre de 1876, cuando se le fusiló en la sima de Igúzquiza (que se decía era el lugar donde arrojaba a sus víctimas, vivas o muertas), se le acusaba de “haberse comido una sartén llena de orejas fritas cortadas a personas vivas que después tiraba a la sima”.

EZEQUIEL LLORENTE. Un 9 de abril de 1841 a las 20.00 horas, en una Tudela que todavía estaba derribando antiguas puertas de la muralla y donde el antigua convento de San Francisco (Sementales) pasaba a convertirse en cárcel, nacía Ezequiel Llorente Aguerri, hijo de Francisco Llorente, mulero en la capital ribera, y de Josefa Aguerri, de Azpeitia. Nada se sabe de su infancia hasta el documento que acredita su matrimonio con Sebastiana Tantos, cuando él contaba con 26 años de edad y ella, ya viuda, con 32. Ezequiel trabajaba entonces, en 1864, como jornalero y vivían en el número 16 de la calle San Antón.

Sólo ocho años después se integró en el ejército carlista que defendía la causa de Carlos VII, dejando en Tudela a su mujer con cinco hijos. Su primera acción en la guerra fue en Oroquieta, los primeros días de mayo de 1872, donde las tropas carlistas sufrieron tan severa derrota ante el general Moriones, que Carlos VII tuvo que cruzar la frontera y refugiarse en Francia, a la espera de una mejor organización.

Tras escapar de ese desastre, donde murieron 38 carlistas y se cogió presos a 750, Ezequiel Llorente, que ya comenzó a actuar con el alias de Jergón, se unió a la partida de Félix Domingo Rosas Samaniego, que junto con otras, como las lideradas por Mendizábal o la del tudelano Bartolillo, se dedicaron a poner en jaque al ejército liberal, cortando sus comunicaciones, persiguiendo a los confidentes, evitando su actuación y haciendo real el aislamiento de las plazas sitiadas, como el bloqueo de Pamplona.

Conforme avanzaba el conflicto, el rumor, difundido por La Ilustración Española y Americana , de que se estaban cometiendo barbaridades se empieza a extender, hasta el punto de que se abrió un proceso contra los integrantes de la partida, a la espera de que fueran capturados. Con el final de la Tercera Guerra Carlista, el gobierno de Cánovas solicitó la extradición a Francia de muchos de estos guerrilleros, aunque no fue concedida.

Jergón se presentó ante las autoridades acogiéndose al indulto que habían anunciado para quienes lucharon entre las tropas carlistas, aunque finalmente no se respetó, siendo encerrado en la ciudadela de Pamplona durante casi un año y fusilado a las ocho de la mañana del 21 de diciembre de 1876, sin un juicio previo.

Las acusaciones eran “asesinar sin compasión, piedad ni temor de Dios a jóvenes de 15 y 18 años, hombres en la mejor edad de su vida, ancianos casi decrépitos y a doncellas de 22 años, sepultándolas en los insondables abismos de las simas de Igúzquiza y Ecala, unas veces después de muertos, otras mal heridas y otras vivas, sin más motivo que leves sospechas de que eran de opinión liberal o que habían conducido algún parte para columnas del ejército constitucional”.

En el dictamen fiscal se hacía referencia que “si no hubiese decaído la ley del Talión, en ningún caso debía ser tan bien aplicada como en la presente, sepultado vivo por la mano del verdugo, al igual que éste hizo con sus víctimas”. Sin embargo, en un juicio sin abogado y con testigos más que dudosos, parece que fueron más benevolentes y le condenaron por 18 asesinatos a “ser pasado por las armas” y a sus familiares a “la indemnización de 1.500 pesetas a cada una de las familias de los asesinados, por si en lo sucesivo recayesen en él o sus herederos, por cualquier inesperado concepto, intereses bastantes para hacer efectiva esta indemnización”. Posteriormente, quizás se le arrojó a la sima de Igúzquiza, aunque sólo es una hipótesis, ya que no se conoce dónde se encuentran la tumba.

TIRSO LACALLE. Apodado El Cojo de Cirauqui, localidad cerca de Estella donde nació, era un más que mediano hacendado. Al producirse los primeros levantamientos carlistas en 1872, para defender Cirauqui se destacó una pequeña guarnición de Carabineros que, en unión de los denominados Voluntarios de la Libertad del Pueblo entre los que se encontraba Tirso Lacalle Yabar, fortificaron la iglesia del pueblo y, según narran los historiadores, el agua que necesitaban para la obra se la hacían cargar a las mujeres, mofándose de ellas y rompiéndoles los cántaros cuando llegaban. Cuando los carlistas tomaron el municipio, una vez rendidos los liberales, las mujeres amotinaron al pueblo, que asesinó a 38 de los prisioneros, aunque a otros 23 se les consiguió trasladar a Pamplona, donde se les dejó en libertad.

En 1873 ingresó en la Guardia Foral, creada por la Diputación una vez se estableció la I República, incorporándose al ejército liberal al mando de una guerrilla bajo las órdenes directas del general Moriones.

Al mando de la partida realizó diversas tropelías. Entre ellas figuran los asesinatos de los voluntarios carlistas Jaso y Resa y de una patrulla constituida por un sargento y ocho voluntarios, que , sorprendida en Murillo el Cuende, se rindió bajo la promesa de que les iban a respetar la vida, siendo a continuación pasados a cuchillo. Hechos muy similares los llevó a cabo en Larraga y en el camino de Miranda de Arga. Igualmente arremetió contra confidentes o alcaldes acusados de colaborar con los carlistas o supuestos espías. La no formación de una causa por estos hechos al Cojo Cirauqui motivó que el general Mendiry (enterrado en Tudela) tomara represalias por su cuenta sobre prisioneros liberales.

Al finalizar la guerra, el general Moriones se marchó destinado a Filipinas, llevándose con él a Lacalle, volviendo ambos a la península a los pocos años. Pasado el tiempo, y muerta su primera mujer, El Cojo Cirauqui contrajo matrimonio con la viuda del general Moriones, instalándose en Valtierra, donde murió el 31 de enero de 1920, con grandes elogios de la prensa.

Uno de sus hijos, Víctor Lacalle, militar republicano, editó en 1938 un libro, que dedicó a su padre, sobre la lucha de guerrillas donde señalaba que “la alarma continua del ejército y la retaguardia expuesta permanentemente a los golpes de audacia de un grupo de guerrilleros, produce una desmoralización, a la larga, muy superior a la obtenida por un ejército regular”.

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