Joaquin Bardavío, el juanista exterminador (2010)

Julio Gómez Bahillo

El escritor y periodista Joaquín Bardavío, en las páginas del diario El Mundo, en la sección Tribuna, con el antetítulo del Fin del Carlismo, escribe un artículo titulado Del integrismo al socialismo autogestionario.

El artículo comienza así: “El reciente fallecimiento de Don Carlos Hugo de Borbón Parma ha supuesto la desaparición del último pretendiente carlista que enarboló esa bandera absolutista e insurreccional que provocó tres guerras civiles y participó activamente en una cuarta, la de 1936-1939”. A lo largo del texto expresa su convicción de que “el carlismo queda definitivamente para la historia”.

Joaquín Bardavío, a lo largo de su trayectoria personal y profesional, ha puesto especial hincapié en ensalzar las figuras de don Juan y de su hijo Juan Carlos, también la del protector de éste, el almirante Carrero Blanco, o la de Adolfo Suárez. Auténticos panegíricos, siempre al servicio del poder.

Variopinto personaje

Para comprender ese texto, hemos de acudir necesariamente a la historia personal y profesional del tal Joaquín Bardavío. Nacido en Zaragoza en 1940. Cursó estudios primarios en el Colegio del Salvador de su ciudad. Se desplazó con su familia a Madrid a los once años, mientras proseguía el bachillerato elemental en el internado que los jesuitas tenían en Tudela (Navarra). Inició estudios de Derecho y Ciencias Política hasta pasarse a estudiar Periodismo en la Universidad de Navarra y en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid.

Colaboró en diversos diarios y revistas científicas de la época hasta que en 1963 ciñó su actividad al diario Madrid, donde permanecería hasta 1968, siendo entre 1966 y 1967 secretario de la presidencia del Consejo de Administración de dicho periódico. En él realizó tareas de articulista, editorialista, enviado especial y corresponsal de guerra. Realizó misiones en 27 países y entrevistó a jefes de estado y de gobierno en Jordania, Irak, Filipinas, Siria, Thailandia y Vietnam del Sur. En 1966, con la ley de prensa de Manuel Fraga, monta la “Encuesta sobre la Monarquía”

Entre 1968 y 1969 colaboró en revistas con informes como: “El Consejo Privado del Conde de Barcelona”, “Cuánto dura en su cargo un ministro”, “Los hombres de confianza de Franco”, “La Guardia Civil”.

Como muy bien se encargaron otros autores de demostrar en posteriores estudios, el Consejo Privado del Conde de Barcelona (Triunfo, 24 de febrero de 1968) no era todo lo contrario a una camarilla, ni sus figurantes eran tan sólo personas de desahogada posición económica, en ejercicio de profesiones liberales y con diversas y numerosas fuentes de ingresos. Los 91 miembros de ese Consejo Privado tenían múltiples vinculaciones y 81 de ellos constituían un nido de conexiones con lo más rancio de la oligarquía económica, financiera, industrial y terrateniente de España, de la que formaban parte, en el decir del profesor Juan Velarde Fuertes, en el prólogo del libro El Poder de la Banca en España.

En noviembre de 1969, Joaquín Bardavío dirige una empresa periodística, Sapisa-Colpisa, que resulta de la asociación de los más importantes diarios regionales de España. En este año publica su estudio sobre “La estructura del Poder en España”.

En abril de 1970 es nombrado Jefe de los Servicios Informativos de la Presidencia del Gobierno, cargo que desempeñará hasta julio de 1973.

Gregorio Morán, el 24 de marzo de 2007, en La Vanguardia, en su artículo El hombre que veía con las orejas, aludía al juanista Bardavío:

“(…) Las teorías conspiratorias nacen siempre del poder corrupto e incompetente. Fíjense en algunos detalles. En el meollo de los instructores de la teoría de la conspiración figura un periodista que tiene por nombre Joaquín Bardavío. Ya está muy mayor y muy cascado, pero más de uno se acordará de él porque escribió unos libritos muy divertidos sobre la transición. Trabajó en los Servicios de Información del coronel San Martín que tan torpes se mostraron en todas y cada una de las ocasiones estelares que hubieron de afrontar, entre otras el atentado de Carrero Blanco. Los más viejos del lugar recordamos las teorías conspirativas elaboradas por las mentes privilegiadas de entonces, los Joaquín Bardavío de Presidencia del Gobierno con Carrero muerto y Arias Navarro vivo. Todo menos reconocer, que la inmensa mole de cartón piedra del franquismo tenía una policía política incompetente y desnortada, y unos analistas lelos. El almirante Carrero Blanco ascendió a los cielos antes de tiempo porque un puñado de terroristas vascos tuvieron suerte en el aprovechamiento de la impericia del enemigo, y lo que tenía el noventa por ciento de posibilidades de fracasar, triunfó. Pero eso los tipos como Aznar, Acebes, Rajoy o Bardavío, no pueden admitirlo, porque entonces deberían cesar, dimitir o avergonzarse, pero de seguro que siguen durmiendo bien.

Las teorías conspirativas nacen para cubrir las vergüenzas de los estados, y quienes las jalean y las defienden se olvidan que algún día alguien, como hago yo ahora con Joaquín Bardavío, miembro de los servicios llamados de documentación del franquismo en sus épocas más siniestras, y colaborador voluntario de la actual teoría de la conspiración, les sacarán las vergüenzas y les preguntarán para quién trabajan, porque me consta que buena parte de ellos creen en la conspiración tan poco como yo.”

Tras este periplo, pasó a la empresa privada y llegó a desempeñar las funciones de secretario general de la Confederación Empresarial Española hasta su fusión en la C.E.O.E, donde desarrolló tareas profesionales de información y comunicación.

Una tarea profesional que ha ido combinando con actividades de escritor, añadiendo a su lista de libros los siguientes: Políticos para una crisis, La crisis, EL dilema, Sábado Santo ROJO, La rama trágica de los Borbones, Los silencios del Rey, Crónica de la Transición 1973-1978.

En 2009, en la presentación de su Crónica de la Transición 1973-1978, Pilar Cernuda lo calificaba de “un poco la historia de todos nosotros, Fernando Jauregui de “reportajeador de la historia”, y “hacedor de exclusivas” “sin rencor”. Asistieron personajes como Nicolás Franco y Pascual de Pobil y Santiago Carrillo, Alfonso Osorio o Teodulfo Lagunero, José María López de Letona o la duquesa viuda de Fernández Miranda, Mario y Diego Armero, hijos del fallecido abogado Jose Mario Armero, fundamental en los inicios de la Transición, y antiguos responsables del CSID, como Aurelio Madrigal y Javier Calderón.

Un juanista de los servicios de información de la dictadura

En el artículo Del integrismo al socialismo autogestionario, el juanista Joaquín Bardavío pretende conseguir de un plumazo, aquello que otros intentaron con anterioridad: la eliminación del Carlismo. Como no pudieron conseguirlo en 1976 con la operación de Estado denominada Reconquista de Montejurra, lo quiere conseguir ahora con un artículo en el diario El Mundo.

Como miembro que fue de los servicios de información de Carrero Blanco, su obsesión contra el carlismo ha sido permanente. Por ello, no resulta extraño en Joaquín Bardavío esta nueva andanada para tratar de enterrarnos en vida, como lo han pretendido tantos otros a lo largo de nuestra historia. Sin duda, en cualquier país civilizado, ese enterramiento en vida, esa lapidación pública constituiría un asesinato en el que habría actores por acción -quienes pretenden ese fin- y por omisión -los medios que facilitan ese fin-. Asesinar, que debería estar muy mal visto por la sociedad, es matar a una persona con premeditación, alevosía, etc., y el diccionario de la RAE, a quien asesina lo llama asesino.

En estos tres últimos siglos, en los que hemos visto pasar a miles de organizaciones, personas y personajillos que prometían milenarismos de todo tipo, también hemos padecido el afán exterminador de algunos cuantos, de quienes, afortunadamente, nadie se acuerda ya.

No se preocupe don Joaquín Bardavío que cuando le llegue el momento, ¡Dios no lo quiera próximo!, no le quepa la menor duda, y se lo puedo asegurar paisano que, a su sepelio, acudirá algún que otro carlista. Y que algún otro le escribirá una buena necrológica, incluso mejor que las suyas.

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