Del integrismo al socialismo autogestionario (2010)

Fuente: El Mundo

27/08/2010

Joaquín Bardavío.

El reciente fallecimiento de Don Carlos Hugo de Borbón Parma ha supuesto la desaparición del último pretendiente carlista que enarboló esa bandera absolutista e insurreccional que provocó tres guerras civiles y participó activamente en una cuarta, la de 1936-1939.

El carlismo, llamado así por ser tres generaciones de Carlos (V, VI y VII) quienes inician cada una de las tres contiendas, no nace con ideología propia, sino como personalización de una doctrina existente con anterioridad que es el realismo. Se bautizaron como realistas aquellos que temían que las ideas liberales de la Revolución Francesa invadieran España. Los realistas, que llegaron a constituir un partido político, defendían el absolutismo frente al liberalismo, esto es, el Antiguo Régimen desmontado violentamente por los revolucionarios franceses.

En 1829 Fernando VII se casa con doña María Cristina de Borbón, quien queda embarazada. Ahí asoman los carlistas, partidarios de Don Carlos, hermano del Rey. Porque si el nasciturus fuera hembra, en virtud de la Ley Sálica vigente, no podría reinar. Pero el Rey Fernando, antes del parto de su mujer, promulgó la Pragmática Sanción, que anula el sexo como impedimento para acceder al trono. Los realistas no lo dudaron: su monarca sería Don Carlos María Isidro.

El carlismo, ya con un pretendiente al trono, tomaría con su bandera las ideas contrarrevolucionarias de los realistas y haría de la insurgencia el método para hacer valer sus derechos de optar al Gobierno de España. Muerto el Rey en 1833, inmediatamente se produce la insurrección. Se suceden sublevaciones en Navarra, País Vasco, Cataluña y Valencia. Ha empezado la primera guerra carlista, que se prolongará hasta 1840. El Convenio de Vergara puso fin a la contienda, pero quedaron fuertes rescoldos que se incendiaron nuevamente entre 1846 y 1849. Fue un conflicto de focos más aislados, un rosario de sublevaciones que en conjunto recibieron el nombre de segunda guerra carlista, aunque estuvo más bien ceñida a Cataluña.

La tercera fue comandada por Carlos VII y se desarrolló entre 1872-76, destronada Isabel II, con Amadeo de Saboya en el trono y posteriormente con la I República en el poder. En ese escenario en principio favorable, tampoco vencieron los carlistas. El pretendiente se exiló. Tras la restauración monárquica en Alfonso XII el carlismo languidece y se producen algunas disensiones e incluso cismas entre sus filas. Para superar las disidencias producidas durante tanto tiempo, en 1932 emerge la Comunión Tradicionalista tras la muerte sin descendencia de Don Jaime (III), hijo de Carlos (VII). Y sería el hermano de este último, el ya anciano Alfonso Carlos (I) quien se convertiría en pretendiente.

Estalla la Guerra Civil en 1936 y los tradicionalistas se adhieren al bando llamado nacional, proporcionando hombres que se baten con excepcional bravura frente a los republicanos. En ese mismo año el pretendiente carlista, Don Alfonso Carlos (I) es atropellado por un camión en Viena y fallece sin descendencia. Dejó como príncipe regente a su sobrino Don Javier de Borbón Parma, quien debería designar sucesor. Para los estrictos genealogistas, las dos ramas, carlista y alfonsina, se unen. Aunque no lo entienden así buena parte de los carlistas.

En abril de 1937 Franco unifica a Falange y Tradicionalistas (FET) a efectos de uniformidad y disciplina militar. Al final de la guerra los tradicionalistas acotan su ideología y dos de sus dirigentes -el conde de Rodezno y Esteban Bilbao- serían promocionados sucesivamente a ministros de Justicia. Aunque el tremendo esfuerzo carlista no fue debidamente recompensado tras la guerra, se los premió en forma de participación política dentro del Movimiento Nacional.

En 1947 se promulga la Ley de Sucesión. Franco quiere demostrar al mundo que su régimen no está cerrado en sí mismo, que España es un Reino y que por lo tanto, cuando él decida, se designará un sucesor a título de Rey, que deberá ser de estirpe regia, varón, español y profesar la religión católica. Esta definición abre las puertas a un pretendiente carlista, aunque no sea de línea directa. Don Javier de Borbón Parma se da por aludido aunque es ciudadano francés, algo que puede solucionarse por un simple trámite administrativo. Y en 1952, en coincidencia con una peregrinación de carlistas navarros, se proclama Rey en Montserrat.

Poco convencido de sus posibilidades, en 1956 delega la defensa de sus derechos en su hijo Don Carlos Hugo, quien se apresura a anteponer, en su partida de bautismo en la diócesis de París, el nombre de Carlos. Viene a España con sus hermanas dispuesto a dar la batalla como pretendiente. Piden la nacionalidad española, que les es denegada. Un verano trabaja en una mina asturiana y su foto saliendo de un pozo se publica en algún medio, lo que se considera un triunfo en aquella época. En 1957 el carlismo sufre un duro revés con la adhesión a Don Juan de Borbón de buena parte de sus prohombres. Pero don Carlos Hugo no cede -posiblemente cree en un milagro- porque para entonces Franco había dado nítidas muestras de sus preferencias, aunque le gustaba crear confusión.

En 1964 se casa con la princesa Irene de Holanda, que se une a su causa, defendida a través de alguna publicación periódica modesta y pequeñas organizaciones estudiantiles y obreras. En 1968 el Generalísimo expulsa de España a Don Carlos Hugo junto con su familia, pues sus actividades excedían las disposiciones que regulaban la residencia de extranjeros en nuestro país. Al año siguiente Franco zanjó la cuestión sucesoria con el nombramiento de Don Juan Carlos de Borbón como sucesor a título de Rey. Un tradicionalista, Antonio Iturmendi, le tomaría juramento como presidente de las Cortes en 1969.

En 1975 Don Javier de Borbón Parma abdica en su hijo Carlos Hugo los derechos dinásticos de un carlismo testimonial. Pero quedaba por interpretar una coda luctuosa. El carlismo oficial dio un espectacular giro ideológico. Desde sus raíces integristas enemigas de la democracia, pasó nada menos que a las antípodas. Don Carlos Hugo se redefinió demócrata de izquierdas y creó un Partido Carlista socialista y autogestionario.

Pero la deriva de Don Carlos Hugo, que mantiene conversaciones incluso con grupos de extrema izquierda, alerta a la Policía. Por ello, cuando en 1976 pretendió entrar en España, fue retenido en el aeropuerto y expulsado. Entraría clandestinamente para asistir a la tradicional romería carlista de Montejurra. Para entonces se había producido una nueva escisión -históricamente fueron varias- capitaneada por el hermano de Don Carlos Hugo, Don Sixto, a quien según abrumadores indicios apoyó el Gobierno español para terminar con el que consideraba engorro carlista.

Cuando los romeros de Don Carlos Hugo llegaron al monte se encontraron con que en la cima estaban acampados partidarios de Don Sixto en compañía de algunos fascistas italianos. En la falda del monte aparecieron contingentes de falangistas y de Fuerza Nueva en apoyo de Don Sixto. Tras una pelea campal a puños y bastonazos, algunos sixtinos sacaron pistolas. Murieron dos hombres del bando de Don Carlos Hugo de sendos balazos, uno identificado como del Movimiento Comunista. Y fueron numerosos los heridos por arma de fuego. De los dos disparos mortales, uno fue hecho por un teniente coronel del Ejército retirado. Don Sixto fue expulsado de España por ser extranjero, sin mayores consecuencias.

El asunto se enmarañó en los importantes acontecimientos de la época y pronto quedó olvidado sin severidad para los activistas armados. Don Carlos Hugo obtuvo permiso en 1977 para residir en España. Al año siguiente le recibió el Rey en La Zarzuela y meses después se le dio la nacionalidad española. El carlismo quedó definitivamente para la Historia. Había nacido a tiros con una guerra y había acabado a tiros en una refriega.

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