Cuando el dolor es también esperanza (En homenaje a mi padre) – (2003)

María Teresa de Borbón Parma.

Antes de la visita, el 31 de mayo, del presidente de los Estados Unidos a Cracovia y Auschwitz, esos lugares han sido testigos de algo insólito. Una peregrinación, a iniciativa palestina, de 700 árabes palestinos y judíos israelíes venidos de Israel y Europa, acompañados por “personas de buena voluntad”, para recogerse juntos pensando en la sola (exterminio judío) y hacer patente ante el mundo que ambos pueblos pueden vivir juntos una experiencia así y que odio puede ser vencido. Quienes hemos vivido ese acontecimiento, entre los días 25 y 28 de mayo, nos vemos impusados a dar cuenta de su significación y trascendencia.

El padre Shufani, sacerdote católico palestino de Nazareth, ha imaginado este escenario que ahora se vuelve realidad y hoy, 25 de mayo de 2003, su artífice se yergue en medio de todos nosotros, nosotros judíos, palestinos, europeos de todas las nacionalidades, americanos de todas las Américas, creyentes de todas las creencias. Hay rabinos, un ulema africano, con su espléndida túnica blanca, un egúmeno ortodoxo, todo de negro. Shufani, imponente, alto con su barba corta y sus ojos árabes, intensos, se ha lanzado a la aventura con la ayuda de amigos como Bichara Khader, profesor especialista del Oriente Próximo y belga de origen palestino, con la universidad católica de Lovaina y con otros muchos…

hora me llega el recuerdo. El campo de deportación en Dachau se superpone, sin borrarlo, a Auschwitz. Nuestro padre nos contaba, cuando éramos niños, los años terribles de Dachau al que fue deportado por oponerse al régimen nazi, las escenas atroces de las que fue testigo. En él nada de odio, ni siquiera amargura. Sólo una determinada tristeza y una gran certidumbre en el horizonte de su experiencia: el amor da la vida, el amor salva.

Visitamos Birkenau, la “Juden Rampe” donde miles de judíos fueron traídos para ser exterminados por el mero hecho de ser judíos, donde miles de gitanos fueron traídos por el mero hecho de ser gitanos. También prisioneros políticos, alemanes, franceses, españoles, rusos, polacos, belgas fueron llevados a Dachau.

Caminamos silenciosos a lo largo de la vida del martirologio en Bikernau, en Dachau… Observamos los barracones, los restos de las cámaras de gas (donde amontonaban más de 600 personas), los hornos crematorios… estructuras destruídas, ennegrecidas, aplastadas y torcidas, como forjadas por una estética de la desesperación, plástica extremadamente significativa de la insondable violencia que anida en el ser humano.

Y otra vez me acuerdo… Nuestro padre nos decía que había sido testigo de lo peor, pero también de lo mejor del hombre: prisioneros que robaban a otros sus pobres medios de subsistencia y otros, en cambio, capaces de regalarlos, cuando les eran precisos. Prisioneros que huían del campo cuando éste iba a ser diezmado: los prisioneros eran puestos en filas y uno de cada diez era ejecutado. Un hombre se acerca a un condenado: “Tu tienes mujer e hijos, yo no, vuelve atrás”.

Entramos en la lúgubre prisión, todavía en pie. Dentro de una celda un monumento cubierto de flores a la memoria del padre Kolbe, religioso alemán que se sacrificó para sustituir a un condenado a muerte.

Vemos el museo. Los planos del campo de Auschwitz, los planos de organización y distribución de la infamia, de la infamia incomprensible. Talleres de recuperación (de los cabellos, de los dientes de oro…) las cámaras de gas, los hornos crematorios. Además hay “souvenirs”: gafas, miles de gafas, peines, miles de peines, trenzas; son como llamadas más allá del tiempo, más allá del abismo.

Un judío italiano recuerda lo que vivió. Le tocaba cortar el pelo de los muertos, de las muertas. Le cuesta explicarse. Es un anciano bondadoso, lleno de vitalidad. La vida debe triunfar sobre la muerte. Una judía francesa, deportada a los 14 años, también habla.

Dachau, otra vez, se me aparece, se apodera de mi memoria y percepción. Un niño se acerca a mi padre “Señor, usted parece tan bueno (es cierto, mi padre irradiaba bondad), dígame: ¿por qué nos odian tanto?”. He pensado muchas veces en la pregunta patética del niño judío y en este lugar, más que nunca. Y en la respuesta de mi padre: “Hay odio cuando un hombre deja de ver a un hombre como si fuera otro yo”.

La jornada ha sido larga. La peregrinación, sin fin. Un rezo es salmodiado en la explanada central del campo dedicado a todas las víctimas (1 millón y medio).

Por la tarde nos reunimos. Es cuando tiene que producirse una anhelada catarsis. La mezcla es grande entre judíos, palestinos y otros. Los comentarios arrancan lentamente. Un palestino exclama: “Jamás hubiera imaginado esto: mi corazón estalla”. Un judío: “¿Así es cierto que podemos llorar juntos”. La mujer judía que escapó de la muerte: “Jamás lo hubiera imaginado. Siento una esperanza inmensa apoderarse de mí”. Un scout, musulmán de Francia, explica: “Entre scouts musulmanes, judíos, cristianos no hay dificultad mayor. Pero ahora nos vamos a comprometer mucho más…”. La España de las tres culturas se hace presente, como no, en el diálogo. Todo el mundo habla. De nadie se sabe quien es. Hay aquí periodistas, profesores, dominicos, jesuitas y notorios libre-pensadores.

Otra vez me acuerdo de nuestro padre. Para él el amor fue más fuerte que la fatalidad. Porque anida en el hombre una increíble potencia de amor. La fatalidad es el replegarse sobre uno mismo, su identidad y dolor, querer la exclusividad hasta en el campo de lo sagrado. No admitir siquiera la compasión del otro, no ver su drama, su dolor. Es cuando el pasado borra el presente y el recuerdo, lo real.

Tahar Ben Jelloun lo expresa magníficamente en Amores Brujos: “Amar sería sencillo si no fuéramos tentados por la posesión del ser querido que nos atrae (…) el viento del Sur trae al Norte las desgraciadas historias de la gente del desierto. Ellos son nómadas, son libres, no soportan ser poseídos. En cuanto se les priva de libertad, se vuelven locos y cometen una desgracia”. Poseerse a sí mismo, poseer en exclusiva su trayectoria, lo vivido, hasta el drama con el otro para aprender a ver el drama del otro y, más allá de este drama, al otro mismo.

Auschwitz, con el padre Shufani, ha sido este compartir, quizás el inicio, por fin, de un verdadero compartir.

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