Los carlistas suben a Montejurra sin papeleta para votar al Parlamento navarro (2011)

Gara

07/05/2011

Este fin de semana el carlismo se cita en Montejurra. No es un edición corriente. Por vez primera, no han elaborado una lista para el Parlamento navarro. Aun así, el Partido Carlista de Euskal Herria (EKA) sobrevive al devenir del tiempo y ha sacado candidato a la Alcaldía de Iruñea. Son pocos, pero mantienen en pie al partido más antiguo del continente.

Aritz Intxusta

El Partido Carlista es la formación política en activo más vieja de Europa. Todo se le queda pequeño. ¿Condenan la violencia? Sí, rotundamente… pero se han ido a la guerra cuatro veces. Para algunos de ellos, la cuarta ocasión, la guerra de 1936, no debería computarse. «Franco fue un traidor, nos engañó», sostiene Juan Luis Aldaya, el responsable en Nafarroa de EKA (Partido Carlista de Euskal Herria), legítimo heredero de una tradición política de 180 años, la inmensa mayoría de ellos, en la disidencia. El carlismo tuvo una fuerza descomunal en Nafarroa durante el siglo XX. No obstante, ha ido menguando y menguando hasta que, en esta ocasión, se han quedado sin presentar candidatura al Parlamento foral. Es las segunda vez que ocurre esto desde que cayó el franquismo, pero a las primeras elecciones no pudieron presentarse. Eran ilegales.

Poco queda del Dios, Patria y Rey para el EKA. Ellos defienden el socialismo autogestionario. De partido conservador y reaccionario han transmutado a partido revolucionario. «Los ekarras», les llaman otros grupos que reclaman la herencia del carlismo, como la Comunión Tradicionalista (CTC). «Son disidentes. O se fueron o se les expulsó», sostiene Jesús María Aragón, secretario general federal del Partido Carlista cuando le preguntan por la CTC, que es como mencionar la soga en la casa del ahorcado. Pero Aragón lleva razón: ellos, los autogestionarios, son el tronco central, el heredero legítimo del partido centenario, los que fueron mayoría asamblea tras asamblea.

Los carlistas ya no son monárquicos. «La monarquía la sostienen el PSOE y el PP, nosotros la hemos abandonado. A estas alturas ya no tiene sentido políticamente», continúa el secretario general. Sin embargo, el apego a la tradición sigue siendo tan fuerte como antes. «En caso de que el pueblo quisiera, obviamente, nosotros queremos que el heredero sea el legítimo, no éste que se sienta en el trono porque lo decidió un dictador», subraya.

La autogestión tiene más peso dentro del partido que la unidad del Estado. «Defendemos el derecho a decidir de los pueblos, porque creemos que es parte de la autogestión. Estamos dispuestos a colaborar con otras formaciones para conseguir el referéndum. Pero hasta ahí. En ese momento, votaríamos que no. Lo que queremos nosotros es un Estado federal», comenta el responsable de Relaciones del partido, Feliciano Vélez, que apuntilla: «Nosotros no hablamos de España, para nosotros son Las Españas».

La posibilidad de presentarse al Parlamento en coalición se defendió hasta el último momento. El abanico de fuerzas era bastante amplio: Batzarre, NaBai, Iniciativa por Navarra. Al final, se llegó más lejos con el último de ellos, pero no prosperó. «Nos quedamos sin plan B, sin C… Todo se precipitó y nos ahogó el tiempo. Con una semana más, habría bastado», lamenta Aldaya.

Lo cierto es que el partido, desde los años 60, ha sufrido una sangría de apoyo y de militancia. La renovación que vivió el partido tuvo un duro coste. «Los años 60 son un momento en que todas las fuerzas políticas sufren un profundo cambio. El PSOE dejará de ser el partido de Pablo Iglesias; el PC se suaviza… Mayo del 68 se convirtió en el referente y todos apostaban por ganar por la izquierda al propio PC. Los carlistas hicieron lo mismo que los demás, aunque sin romper con el apego a las tradiciones», relata el periodista e historiador Javier Martorell. «Tenemos fama de retrógrados, contrarrevolucionarios, pero ¡qué va! Aunque sí estamos en contra del progreso buscadamente asimétrico, el que favorece a unos pocos», puntualiza el secretario general de EKA.

Factores externos facilitaran aquella reconversión. En particular, la revolución eclesiástica que supuso el Concilio Vaticano II. La Iglesia también se movía hacia la izquierda y muchos cristianos se permitieron ser más rojos y más obreros. Las formaciones políticas más tradicionales, el carlismo entre ellas, transitaron ese camino.

Este giro no fue un movimiento sólo de bases. El líder del carlismo seguía siendo el heredero: Carlos Hugo de Borbón Parma, que coqueteaba en Europa con los movimientos católicos y obreros y que, a diferencia de quienes soportaban la carga de una dictadura vieja y ruin, poseía una visión más aperturista y avanzada que muchos de los militantes veteranos, aquéllos que habían luchado con los falangistas contra comunistas, anarquistas y socialistas. La cabeza del carlismo conectaba mejor con los jóvenes y, así, desde arriba y desde abajo, la vieja guardia de requetés fue atenazada y, poco a poco, sustituida por gente más abierta a la innovación, al marxismo y, finalmente, también al socialismo autogestionario, que incluso adoptó parte de la familia Borbón-Parma.

Auge y caída tras el fin de la dictadura

En los años 60, este aire de modernidad y de contestación al régimen alimenta el alma disidente de los carlistas y el movimiento cobra fuerza. La Guardia Civil contabiliza, puede que con amargor y tirando por lo bajo, que la cita de Montejurra reúne a cien mil personas. El poder de convocatoria de los carlistas, a quienes une no sólo un ideario que da pie a muchas lecturas, sino toda una tradición, un sentimiento de pertenencia, una iconografía y una historia propia, preocupa al Estado. Poco después de la muerte del dictador, mercenarios de ultraderecha forzarán la división de las distintas corrientes carlistas a través de un atentado. en el que murieron dos personas. La línea izquierdista de Carlos Hugo se separaría definitivamente de los carlistas que optaron por la ultraderecha, alineados en torno al hermano de Carlos, Sixto.

«En el año 1976, los marxistas llevan las riendas del partido», comenta Martorell. «Sin embargo, quizá fue más determinante la fecha de 1979, cuando Carlos Hugo, convertido en secretario general del partido, se presentó como cabeza de lista al Parlamento de Madrid por Nafarroa». Este rey sin corona recibió un apoyo importante, pero que resultó insuficiente para conseguir el escaño. Esto provocaría una nueva espantada de cuadros carlistas, que pasarían a nutrir a prácticamente todo el entramado político y sindical de la época: PSOE, UGT, izquierda abertzale, Izquierda Unida, UPN… Al final, incluso Carlos Hugo tiró la toalla. En 1980 tramitaría su baja en el partido.

Pero el movimiento fue tenaz. Elección tras elección, continuaron armando listas para concurrir a municipios y al Parlamento. Hoy suben a Montejurra, donde tendrán lugar varios actos políticos este fin de semana. Son muchos menos. Preguntado por el futuro del Partido Carlista de Euskal Herria, Aragón no se atreve a pronosticar qué quedará de él cuando cumpla dos siglos, pero sí está seguro de que «el auzolan y el socialismo autogestionario pervivirán».

El auzolan como forma primigenia de socialismo y autogestión

Andoni Rabanal encabeza la lista al Ayuntamiento de Iruñea por EKA, aunque se trata de una lista casi testimonial, pues todas las encuestas indican que no tiene posibilidades de acceder a una concejalía. Según la cúpula de los carlistas, el camino para recuperar el peso perdido pasa por volver a los ayuntamientos. Feliciano Vélez, durante años alcalde de Gares, cree que la línea de trabajo en los municipios debe nacer del auzolan, que los carlistas ensalzan por encima de todo, puesto que en el se aúnan la tradición y su ideología autogestionaria. «El pilar de nuestro ideario municipal es el azulan. Si queremos algo en el pueblo y no hay dinero, ¿qué hay que hacer? Trabajar entre todos», dice Vélez, que recuerda cómo hace años los pueblos de Izarbeibar se dotaron a sí mismos de infraestructuras trabajando en auzolan. A.I.

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