Las carabinas de gastibeltza (2008)

Gara

18/07/2008

Una nueva edición de «Las carabinas de Gastibeltza», la obra más referencial del escritor y abertzale anarquista Marc Légasse (1998-1997), está hoy a la venta en los kioscos de Euskal Herria, de la mano de GARA, por sólo 9,95 euros. Editada por Astero y prologada por la periodista Amaia Ereñaga, autora del libro biográfico sobre Légasse «Un rebelde burlón», «Las carabinas de Gastibeltza» es una novela de aventuras, divertida e imaginativa, con constantes guiños a la historia de Euskal Herria. Ofrecemos el inicio del primer capítulo de esta obra que puede ser considerada como un clásico de la literatura vasca y que, hasta el momento, era imposible encontrar en librerías.

Santi Gastibeltza, que fomentó la rebelión en Bertiz Arana durante la primera insurrección vasca, fue alcanzado por una bala perdida el 5 de mayo de 1837 en los alrededores de Elizondo. Lo llevaron en litera hasta el pueblo de Legasa donde, después de dos días de agonía, expiró su alma de guerrillero al viento de las montañas que enloquece. Sus lugartenientes revistieron su cuerpo con un frac negro y depositaron sobre su pecho el collar de oro y cruces laureados con que le había condecorado el pretendiente carlista, a su entrada en Sumbilla. El mismo día, Iñigo Pikandia, con un cortapapel de plata labrada, cortó el cuello a su guardián y se escapó del ayuntamiento de Rentería. En lo más recóndito de un callejón oscuro, hizo ceder, con un empujón de hombro, una ventana con las persianas podridas, y desapareció. Estaban dando las siete en Legasa y en Rentería. Y, como de costumbre, estaba lloviendo.

El alcalde de Legasa hizo el inventario de la herencia del difunto que se componía, en total, de cuatro carabinas, un par de pistolas, un sable, una espada y siete monedas de oro con que le había abastecido el estado mayor carlista a su marcha de Elizondo. El resto, Santi Gastibeltsa lo había repartido, la antevíspera de su muerte, a los ocho partisanos que llevaban su litera. En Basauri dejaba mujer, originaria de Bilbao, y tres hijas en edad de merecer. Acababa de celebrar su cuarenta y seis cumpleaños. Iñigo Pikandia, que todavía no tenía veinte años, descubrió en la casa desierta cuatro jamones envueltos en una tela con ribetes rojos y verdes, una gramática vasca con cantos dorados, encuadernada en piel, y también siete botellas de vino moscatel cosechado a principios de siglo. Dando un mordisco en el gollete, descorchó la primera que le cayó a mano, y se fue al salón para leer a gusto:

EL IMPOSIBLE VENCIDO

Arte de la lengua bascongada por el Padre Manuel de Larramendi

Salamanca. Año de 1729.

El texto bailaba ante los ojos del sediento lector unas prestas rondas lingüísticas. A cada sorbo de vino, las formas verbales alcanzaban mediante cabriolas de funámbulos gramaticales la cúspide de las páginas y luego, proyectadas por el sistema de conjugación sintáctica que facilita los saltos de la lengua vasca, alzaban el vuelo hacia el arco iris perfectamente curvo del euskera. «Así, meditaba el partisano carlista, al ver las frases euskérikas mezclarse con estampas de baile campestre en el techo podrido, así sucede con las figuras de nuestros bailes folclóricos, donde los pies hacen piruetas lejos del suelo y las manos se tienden hacia las estrellas.» En el claroscuro salón de la vieja casa renteriana, la gramática vasca del Padre Larramendi hacía que el euskera cantase en la mente del joven Pikandia como un director de orquesta hace cantar a su coral bajo las bóvedas de una capilla barroca. «¡Es el himno más preciso a la gloria de nuestro pueblo!», pensó. Y se durmió sin más.

Desde un convento de Carmelitas descalzos, situado en las cercanías, el monaguillo que tocaba la campanilla al pie de una vidriera desoldada por un bombardeo, había visto a Iñigo forzando las persianas del postigo. Era mudo desde la noche de otoño en que una carga de cañón había estallado a la cabecera de su cama, y ahora guardaba su secreto. Por lo demás, como todo hijo de un pueblo en insurrección, era rebelde al orden establecido por los extranjeros. Bajo el roquete de puntillas, su corazón latía por el desconocido y, entre dos genuflexiones, su ingenio discurría los medios de prestarle ayuda. Al final del oficio, sustrajo una caja de galletas de Rentería, penetró furtivamente en el edificio contiguo y descubrió a Iñigo, dormido, libro en mano, con un vaso a su lado en el suelo.

Una vez que hubo despertado, el fugitivo devoró las galletas y entre dos bocados reveló a su visitante que, en ejecución de órdenes del estado mayor carlista, acababa de trazar un plano del fuerte de Pasajes cuando fue interpelado, a su entrada en Rentería, por una patrulla enemiga. Habiendo sido encarcelado, consiguió huir y después ocultarse en esta casa abandonada. «¿Se le podría ayudar a cruzar las líneas?» -«¡Sí!», asintió con un gesto el niño mudo que se fue, en el acto, en busca de un hábito para que se disfrazara. Así vestido, Iñigo Pikandia y su acompañante, todavía armado con su campanilla, recorrieron la ciudad de calles desiertas. Llovía. En Legasa, el pretendiente rebelde, rodeado de seis ayudas de campo con guerrera negra y boina roja, lloraban la muerte de Gastibeltza. Las lágrimas rodaban por las mejillas lívidas de don Carlos, como perlas de corona cayendo de su engarce dorado, y luego iban a adornar, con su blancura apenada, la cruz de Jesucristo sobre el corazón del guerrillero.

El falso fraile y el monaguillo auténtico franquearon las líneas gubernamentales. Caminaban a grandes pasos, con las sotanas pegadas a las piernas, las capuchas cubriéndoles el rostro y la campanilla del ayudante de misa cada vez más afónica bajo las ráfagas de lluvia. Como se suponía que llevaba el viático a algún caserío perdido entre las líneas rebeldes y la plaza de San Sebastián, Iñigo, a falta de Santo Sacramento, palpaba bajo su hábito el plano del fuerte de Pasajes. Se reía como un bendito bajo el chaparrón, con su mano derecha sujetando entre sus dedos crispados la mano izquierda del pequeño campanero engañabobos.

En una posada, los fugitivos se despojaron de sus hábitos monásticos y los quemaron sobre tres leños en el hogar. Les sirvieron una tortilla de pimientos, un queso de cabra, un pan de maíz y una garrafa de vino clarete. Cuando estaban terminando la comida, una berlina tirada por cuatro caballos blancos se paró justo delante de la puerta. Cochero y postillón depositaron en la sala un equipaje con escudos grabados, y el viajero, un gigante de largos cabellos sobre la nuca, se presentó como el príncipe Federico Krytwitski, licenciado en filología.

Nací en los confines de Polonia y Lituania, en un país de ciénagas, de bosques, a principios de este siglo. Unas predisposiciones ciertas para el ensueño y una especie de atolondramiento lunar frente a la vida, han hecho de mi infancia un sueño de brumas perdido. La región se presta, por otra parte, a cierta confusión étnica, geográfica e histórica. ¿Dónde acaba Polonia, dónde empieza Lituania, con qué derecho los rusos se esfuerzan en asimilar estos pueblos? Otras tantas preguntas que no plantean los niños de pecho pero que dan a la leche que maman un sabor a rebelión. ¡Ustedes, los vascos, bien que lo comprenden!

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