La «aventura vasca» de Joseph Conrad: contrabando de armas, amor fatal y mucha literatura (2008)

Gara

10/02/2008

En la novelesca -y novelada- biografía de Joseph Conrad hay lugar también para una «aventura vasca», una operación de contrabando de armas para las tropas carlistas en la que el escritor habría participado espoleado por la pasión que sentía por una dama del país y que, duelo mediante, casi termina en tragedia. Una investigación recién publicada, sin embargo, descarta que el episodio sea real… aunque, «se non è vero, è ben trovato».

Martin Anso

El 3 de diciembre se conmeró el 150 aniversario del nacimiento de Joseph Conrad, navegante de los mares del planeta y también, a través de novelas como «El corazón de las tinieblas», «Lord Jim» o «El agente secreto», de los de la condición humana. Con ocasión de la efeméride, John Stape, una de las máximas autoridades en Conrad, ha publicado una biografía («Las vidas de Joseph Conrad», Lumen) en la que, gracias a una profusa documentación -ha tenido acceso a la correspondencia privada del autor-, reconstruye sus pasos, en algunos períodos prácticamente día a día o semana a semana. Esta exhaustividad ha echado por tierra muchos de los mitos surgidos al calor de la novelesca vida del marino escritor, entre ellos, el de su «aventura vasca».

La «aventura vasca» de Conrad se concreta en su participación, en 1875 o 1876, en una operación de contrabando de armas para las tropas carlistas. Una operación realizada desde Marsella y auspiciada por una dama vasca, supuesta amante del pretendiente Carlos VII, de la que Conrad habría estado enamorado. La aventura habría terminado mal por partida doble. La operación se frustraría como consecuencia de una traición y las relaciones de Conrad con la dama le llevarían a batirse en un duelo del que saldría malparado. Por tanto, contrabando, romance y duelo son los ingredientes básicos de la conradiana «aventura vasca», ingredientes cuya veracidad John Stape refuta.

El único al que concede «un germen de verdad» es el primero, el del contrabando, aunque el investigador asegura que es «más bien dudoso» que el escritor pudiera participar en él directamente, a pesar de que afirmó haber estado en 1876 en el puente de Irun. Hay que tener en cuenta que el entonces jovencísimo Conrad había llegado a Marsella en septiembre de 1874, con la intención de aprender el oficio de la mar, y que la mayor parte del tiempo desde esa fecha hasta febrero de 1876, en que cayó Lizarra y concluyó la guerra, se hallaba navegando o en puertos caribeños. Pero, aun habiendo estado en Marsella, Conrad, según destaca Stape, «no era más que un marinero joven, extranjero e inexperto, y, por lo tanto, un candidato ideal para no ser tenido en cuenta cuando se trataba de negocios oscuros». Unos negocios en los que sí estaban implicados Delestang et Fils, los armadores para los que trabajaba, así es que no es descartable que conociese ciertas operaciones e incluso parece que hizo alguna pequeña inversión en un cargamento. ¿Pero participación directa y además en el Cantábrico, como sugiere su cita de Irun? Stape no lo cree, si acaso, alguna breve incursión en la costa catalana, con la particularidad de que en Cataluña la guerra concluyó en noviembre de 1875, lo que recorta aún más la posibilidad de que Conrad se hallase en Marsella.

En cuanto a sus relaciones con la dama, Stape opina que no es sino «una fantasía romántica» inspirada en «Carmen», la ópera preferida del marino escritor. Algunos autores han visto detrás de aquella mujer a Paulina Horvath, amante de Carlos VII, pero la investigación ha descartado «por completo» esa posibilidad, «que ya era débil».

¿Y el duelo? No fue, afirma Stape, sino «un vistoso invento para ocultar un intento de suicidio». En 1877, el joven se había distanciado de su patrón, Delestang. «Los siguientes meses -cuenta el biógrafo- muestran a un Conrad cada vez más alterado emocionalmente. La situación estalló en febrero y principios de marzo de 1878 en Montecarlo. Conrad había apostado su asignación para medio año y había perdido. Volvió a Marsella sin un céntimo en el bolsillo, sin perspectivas y deprimido. No quedaba más opción que enviar algunos telegramas a su tío Bobrowski: `Conrad blessé-envoyez argent-arrivez’. Cuando, días después, Bobrowski llegó a Marsella no encontró a su sobrino en la cama. La herida, según pudo saber, era autoinfligida (…) Fue una llamada de socorro (por parte de Conrad) para que alguien se hiciera cargo de su vida».

La «aventura vasca» de Conrad, por tanto, no sería sino uno de los muchos mitos en torno a la biografía del escritor que abundaron ya durante su vida, como que era hijo de un conde polaco, que fue criado por una princesa o que participó en la guerra ruso-turca entre 1877 y 1878.

El origen del mito vasco está en dos obras del autor: «La flecha de oro» (1919) y «El Tremolino» (1906). La primera es una novela, no de las más apreciadas por la crítica, y la segunda un relato, el último de los incluidos en «El espejo del mar». Son obras diferentes en extensión y, sobre todo, en ritmo, pero absolutamente complementarias; la intertextualidad es plena. La primera está centrada en la fascinación que el protagonista, alter ego de Conrad, siente por doña Rita, joven vasca viuda y rica, ex amante de Carlos VII y activa agente carlista, cuyo nombre de guerra es madame de Lastaola. En «El Tremolino», en cambio, el protagonismo corresponde directamente al episodio de contrabando, que, por cierto, se desarrolla en la costa catalana. La traición, que en la novela se cita de pasada, en el relato se explicita. Por contra, un episodio ambiguo de «El Tremolino» en el que interviene un tal capitán Blunt, un caballero de Carolina del Sur arruinado tras la Guerra de Secesión, que se define a sí mismo como un «americano, católico y gentilhombre que vive de su espada», adelanta el duelo de honor con el que concluirá la novela.

Gérard Jean-Aubry, amigo personal de Conrad y su primer biógrafo, asegura que los hechos son verídicos y los sitúa en 1875. Afirma que incluso los personajes existieron realmente, y cita como ejemplo el caso de Blunt, a quien identifica como John (Young) Mason Key Blunt. También el propio Conrad da a entender que son hechos reales. En la nota-prefacio a «La flecha de oro», escribe: «Al tema de este libro llevaba dándole vueltas muchos años… porque era una parte inherente de mí… pero me resistía a tratarlo; como éste es un producto de mi jardín privado, mis resistencias se pueden comprender muy fácilmente». Y, en «El espejo del mar», que incluye «El Tremolino», puede leerse: «Este libro escrito con absoluta sinceridad no oculta nada». ¿Mentía Conrad? No mentía, lo que hacía era escribir literatura. Era un hombre «siempre muy celoso de su privacidad» y, en «Crónica personal» (1912), que presenta como «un trozo de su biografía», deja muy clara su aversión por las «confesiones al estilo de Rousseau». Las suyas son unas memorias literarias, en las que el novelista se sobrepone con frecuencia al hombre.

Es más que posible que Conrad, que viajó por todo el mundo, ni siquiera llegara a pisar suelo vasco, aunque planeó viajar a Euskal Herria en más de una ocasión. Todavía en enero de 1924 -murió en agosto de aquel año-, «coqueteó con la idea de hacer una escapada y alquilar una pequeña villa en el País Vasco francés», dice Stape.

Lo cierto es que la biografía de Józef Teodor Konrad Korzeniowski, nacido en el seno de una familia de la baja nobleza polaca en Berdiczew, Ucrania, en 1857, es ya de por sí suficientemente novelesca. Sus padres, fervientes partidarios de la independencia de Polonia, fueron duramente represaliados por las autoridades zaristas y fallecieron cuando el futuro escritor era aún un niño. Aquel niño se empeñó en ser marino y, en 1874, llegó a Marsella para iniciarse en el oficio. No tardó en enrolarse en la marina mercante británica, que ofrecía más oportunidades que la francesa. Alcanzó el grado de capitán y viajó por todo el mundo. En 1896 se casó con Jessie George, se asentó en tierra y se dedicó a escribir, en inglés, que era su tercera lengua. Obras como «El corazón de las tinieblas» o «Lord Jim» lo convirtieron en uno de los autores más influyentes de la literatura anglosajona. Falleció en 1924, en Bishopsbourne, cerca de Canterbury, Kent. Lo último que acertó a balbucear fue «aquí» o, tal vez, «aquí estás», haciendo buena su reflexión de que «nunca tenemos tiempo de decir nuestra última palabra de amor, deseo, fe, remordimiento, sumisión y revuelta».

¿Madame de Lastaola era «una chica bond» o un cierto tipo de ONG?

En «La flecha de oro» (Alba, 2005), doña Rita es una seductora mujer de «espléndido físico» e «inteligencia natural», una especie de «chica Bond». Huérfana originaria de «las montañas próximas a Tolosa», su tío sacerdote la envió a casa de unos parientes a París, donde se convirtió en musa y esposa de un rico pintor, del que enviudaría pronto, tras lo cual habría mantenido una aventura con don Carlos. Como agente carlista, su nombre de guerra es madame de Lastaola, paraje ligado a su infancia. Aunque en Gipuzkoa existe ese topónimo en Beasain, Azpeitia o Hernani, por las señas que da el narrador, debe referirse a Lastaola de Irun, histórico vado del Bidasoa. Incluso si Conrad conocía Euskal Herria sólo de oídas, el topónimo le sonaría, pues los carlistas tuvieron allí una estafeta para dar curso al correo internacional. Irun no está «en las montañas próximas a Tolosa», cierto, pero, para alguien que mira «desde fuera», toda Gipuzkoa pueden ser «montañas próximas a Tolosa».

En «El Tremolino» («El espejo del mar», Hiperión, 1981), el escritor no dice si existió «algo» entre el protagonista y doña Rita. Dice de ella que era una de las damas «jóvenes y llenas de ilusiones» que frecuentaban los salones legitimistas. «Resultaba enormemente divertida en las imitaciones de personajes de elevada posición que corría continuamente a ver a París para tener entrevistas en pro de la causa. Era carlista, y de sangre vasca por añadidura, con algo de leona en la expresión de su arrogante rostro (sobre todo cuando se soltaba el pelo), y con la pequeña alma volátil de un gorrión vestido con elegantes plumas parisienses, que tenían el don de caer desconcertantemente en momentos inesperados». A partir de ahí, Conrad convierte a la «chica Bond» prácticamente en modelo de un cierto tipo de ONG: «Había cogido una casita (en Marsella) por el bien de la causa. Siempre estaba cogiendo casitas por el bien de alguien, de los enfermos o los afligidos, de artistas desmoralizados, jugadores sin blanca, especuladores desafortunados… vieux amis, como solía explicar a modo de disculpa con un encogimiento de sus hermosos hombros. Es difícil decir si don Carlos era también uno de sus viejos amigos. Cosas más inverosímiles se han oído en los salones de fumadores». M.A.

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