Pablo Antoñana: «Me he limitado a recoger datos de un mundo que he visto agonizar» (2007)

Gara

01/07/2007

Martin Anso

«Precisamente en estos momentos estaba preparando el artículo para GARA», indica a los invitados, a quienes recibe en su vivienda de la Plaza de San Francisco, llena de recuerdos, como sus obras, como su vida. Observa que el fotógrafo se dispone a hacer su trabajo e inmediatamente se cala la boina, íntimamente ligada a su imagen. «Es que la llevo desde los catorce años», explica. La cita fue concertada el sábado, «jornada de reflexión», en la que confesó sentirse «muy inquieto». La entrevista tiene lugar el lunes, «el día después», por lo que la primera pregunta es obligada…

¿Sigue estando inquieto?

No tanto, pero sí. Yo procedo de unos tiempos oscuros en los que no se votaba, en los que la democracia era orgánica, en los que todo el mundo era del sistema. Tiempos en los que el general ridiculizaba a los políticos de principios del siglo XX, y lo hacía con cierta razón, porque aquello era un desastre. Pero resulta que los mismos que hablaban mal de aquéllos, los hijos y nietos de quienes se burlaban de la democracia, que decían, como José Antonio, que la mejor urna era la urna rota y apoyaban al general, son los que están ahora llevándose el gato al agua.

¿Alberga alguna esperanza tras la jornada electoral?

Dicen que un viejo es un viajado, es un hombre que ha hecho un viaje largo. Hubo un tiempo en que tuvimos la esperanza de que iba a venir un mundo distinto. Luego todo se ha ido diluyendo y el desaliento te va minando. Las leyes electorales, las listas cerradas, la ley D’Hondt, la ley de partidos y las sentencias judiciales que hagan falta le llevan a uno a no creer en esta democracia formal. La democracia real no está de moda en ninguna parte, es una especie de señuelo, que se va vaciando de contenido. No es la democracia que siempre hemos soñado. Por eso no hay motivos para estar muy satisfecho. Además, estoy un poco indiferente ante lo que pueda venir, porque vendrá lo que yo ya viví, que tengo ya muchos años.

Exactamente, 80.

Sí, en octubre, 80, y estoy deseando cumplirlos. Para mí, la vejez no tiene nada de negativo. «Viejos son los trapos», «soy mayor pero no viejo» y todas esas cosas que se dicen no son sino bodadas para anestesiar a la gente y hacerle creer que tiene futuro, cuando no lo tiene, porque el viejo no tiene futuro, sólo presente y pasado. Recientemente, un amigo escribía: «Ha venido el octogenario…». Octogenario, pensé, cómo me gusta esa palabra, qué bonito llegar a octogenario, porque no llega cualquiera. Como decía el otro, quiero llegar a los 90, porque a esa edad se mueren pocos.

Va a recibir el premio Manuel Irujo «en reconocimiento a su compromiso en favor de la recuperación y difusión en el mundo de la cultura, historia y tradiciones vascas».

Eso es un poco enfático, porque, en realidad, yo no he hecho más que recoger datos, pensar y escribir, sin buscarle trascendencia. Mi intención no ha sido nunca rescatar nada. Simplemente he vivido muy pegado a mi tierra. A la tierra se la quiere o no, que tampoco digo que haya que quererla, sino que uno es la misma tierra. Yo me he nutrido de ella y, en parte debido a mi trabajo como secretario de pequeños municipios, por mis manos han pasado datos que muchas veces ni siquiera he buscado. Así como mi amigo Jimeno Jurío sí que ha sido investigador y ha hecho una gran obra, que cada día estoy más maravillado de lo que ha trabajado ese hombre, yo nunca he pretendido eso. Me he limitado a recoger datos de un mundo que he visto agonizar y del que me considero un superviviente. Sólo siento no haber recogido con mi máquina fotográfica todas las cosas que se han perdido y que sólo conservo en la retina. Porque yo tengo en la retina aquel 18 de julio y los sudores de los trabajadores del campo y las fiestas…

Su obra está enraizada en la tierra y, a la vez, nadie discute su universalidad. ¿Cómo ve esa supuesta dicotomía?

Para llegar a lo universal, hay que escribir sobre lo local. Eso es un hecho plenamente reconocido. Tolstoi decía: «Para hablar de lo universal, hay que hablar de tu aldea». Y Unamuno y Faulkner: «Hablo de mí mismo porque soy el que más a mano tengo». Todo el Quijote está localizado en un espacio y en un tiempo determinados, y García Márquez y su Macondo son localistas, como toda la gran literatura universal. Yo he estado en Nueva York, pero sólo unos días, como turista, de modo que, por muchas guías que lea, ¿cómo voy a hablar de Nueva York con conciencia? El que escribe de su pueblo no es un pueblerino, pueblerino es quien, por complejos o por lo que sea, escribe de lo que no conoce.

Ha citado a William Faulkner. Usted siempre ha reconocido que Ioar, esa república con moscas, frailes, carabineros y sin asiento en la ONU en la que tienen lugar buena parte de sus historias, es heredera del condado de Yoknapatawpha, imaginado por el norteamericano. ¿Cómo entró usted en contacto con su obra?

Yo soy antiimperialista, pero tengo que reconocer que estoy muy agradecido a la embajada de EEUU en Madrid por habernos permitido acceder a unos libros a los que no hubiésemos podido acceder de otra manera.

¿Cómo fue?

Cuando el franquismo estaba ya en época decadente, en la trastienda de algunas librerías podías encontrar determinada literatura, o, si no, en Francia. Pero en los años 54 o 55 ni siquiera existían esas posibilidades. Sin embargo, la embajada americana tenía un sistema de préstamo por correo. Gracias a él pude leer mucha de la literatura americana y francesa que aquí estaba prohibida, porque aquí, sobre todo al principio, estaba prohibido todo, incluso «Amaia», de Navarro Villoslada. En las bibliotecas, por ejemplo, no le dejaban a cualquiera leer libros de Baroja, Valle-Inclán o Unamuno.

Así conoció la obra de Faulkner.

La de Faulkner, que inmediatamente me fascinó, y la de otros autores. Leía aquellos libros en unas condiciones tremendas. La instalación eléctrica del pueblo en el que vivía era tan precaria que, en cuanto caía un chaparrón, nos quedábamos a oscuras, así que yo los leía alumbrado por una vela. El escritor siempre es un buen lector, yo diría incluso que, más que escritor, es un buen lector.

Empezó escribiendo poesía. ¿No ha sentido nunca la tentación de volver a ese género?

Empecé imitando a Alberti, pero lo dejé. Lo mismo me pasó con el teatro, que no me salía mal. Y estoy verdaderamente arrepentido. Sigo leyendo mucha poesía, que me gusta mucho, pero ya no puedo volver a hacer experimentos de ese tipo.

Lo que ha practicado siempre y sigue practicando es el articulismo. Pero no tiene un buen concepto de los periodistas.

No es que tenga mal concepto de los periodistas, que los hay buenos, medianos y malos. Tengo mal concepto de los periodistas que, como los políticos, han cambiado. Y digo cambiado, no evolucionado, que a mí la evolución no me parece ni buena ni mala, porque comprendo que uno se va haciendo viejo, ve que las cosas no cambian, en fin. Lo que no soporto son esos cambios bruscos, como el del famoso Federico (Jiménez Losantos). Me cuenta un compañero: «En la Universidad de Barcelona, nos echaba unos discursos que nos alucinaban; si al final nos hubiese puesto una pistola en la mano y nos hubiese dicho `vamos a asaltar el Banco de Bilbao’, hubiésemos ido todos ciegos». Son cosas como ésta las que no me caben en la cabeza, que de un ultraizquierdismo se pase a un ultraderechismo.

Ha sido y es un heterodoxo. ¿El heterodoxo nace o se hace?

Creo que se hace. Es un hombre obcecado con unas convicciones a las que no quiere renunciar. Llega a desconfiar de las ideologías y de los hombres por los cambios tan bruscos que ve en ellos. Yo no tengo más remedio que ser heterodoxo, porque hecho una mirada alrededor y veo la condición humana, que es miserable. Veo a todos esos señores que sólo se preocupan del pesebre, a todas esas personas que cambian de ideas no por evolución o involución, sino por llegar cuanto antes a sentarse en una poltrona. La heterodoxia es quizá producto de una especie de catarsis. En mi caso, es fruto de la ortodoxia católica. Yo fui un ortodoxo al 100%, tan enamorado de los principios del Evangelio que, al ver que quienes tenían que practicarlos no lo hacían, se me cayó el alma al suelo. El heterodoxo debe tener esa convicción sana de estar siempre con el que pierde, porque eso es lo que enseña el Evangelio, a estar con el débil, con el que va a la cárcel, con el oprimido. Y sientes náuseas cuando ves que son utilizados de mala manera los principios de aquel hombre desvalido que se decía que era Dios, pero si no lo era es igual, pues su Evangelio es universal. Eso produce el sentimiento de no querer pertenecer ya a ninguna secta, ni política ni religiosa.

Como escritor, tuvo un arranque notable. Ganó premios importantes. Luego conoció años de ostracismo.

El mío es un caso de retraimiento, de no saber relacionarme. Yo me he sentido siempre más bien desterrado en mi propia tierra. Ya se sabe que nadie es profeta o poeta en su tierra. Esta tierra ha sido para mí un microcosmos que me ha proporcionado historias. Vivir desterrado ha sido una gran ventaja para mi escritura, porque el escritor necesita silencio y sosiego, y yo lo he tenido. Hoy se estila el editor que te llama y te obliga a escribir. Cuando el libro se convierte en mercancía, es obsceno. Estuve muchos años sin publicar no sólo libros, sino ni siquiera artículos, porque nadie me llamaba.

En estos momentos, ¿qué tiene entre manos?

Una novela que quiero terminar. Pero me llaman de un sitio y otro. Acepto, porque las cosas que me proponen me gustan, pero me quitan tiempo. Luego está el periódico, que también me gusta, entre otras cosas, porque me obliga a condensar. Eso es algo que debo a «Egin», que me ayudó a mejorar mi estilo.

«Empecé a escribir como imitando al maestro, Francisco Navarro Villoslada»

Todas sus biografías arrancan recordando que usted nació no sólo en la misma casa sino en la misma cama en la que murió Francisco Navarro Villoslada. ¿Tanta importancia tiene ese dato en su vida y en su vocación de escritor?

Sí, y, por cierto, no sólo nací en la misma cama en la que él murió, sino que ésa es la cama en la que duermo actualmente. No es que quiera alardear de cama, sino que es así. Mis abuelos eran los administradores de la casa de Navarro Villoslada en Viana, a donde fue a pasar los últimos años de su vida la hija del escritor, doña Blanca. Aquella era, por tanto, la casa mis abuelos, que no era la casa de mis abuelos, que ya digo que era la casa de Navarro Villoslada. En aquella casa fueron naciendo todos mis tíos, y también mi madre. Cuando, a su vez, llegó el momento de que mi madre, primeriza, diera a luz, fue a casa de su madre, mi abuela, que ya digo que no era la casa de mi abuela. Y allí nací yo. Murió doña Blanca y mis abuelos siguieron de administradores. Entonces yo entraba y salía de casa de mi abuela como uno entra y sale de la casa de su abuela. Todo aquello era para mí un mundo fabuloso. Además, mi madre me servía de intermediaria con Navarro Villoslada, porque, cuando tenía quince o dieciséis años, había sido señorita de compañía de doña Blanca o, dicho más modestamente, su criadilla. La acompañaba a veranear a Zumaia y cosas por el estilo. Por eso mi madre sabía, por boca de doña Blanca, cosas como en qué habitación había escrito Navarro Villoslada «Amaia» o que era un señor muy nervioso que andaba a largos pasos. En aquella casa había daguerrotipos y arcas con escrituras a las que yo tenía acceso. Todo eso, sin quererlo, sin pensarlo, me iba envolviendo a mí, un chico de 12 o 14 años. Entonces empecé a leer con pasión y apasionamiento. Yo recibía de paga cinco pesetas a la semana y, cuando bajaba en bicicleta a Logroño a estudiar, lo primero que hacía era ir a comprar un libro de la colección Austral, que costaba 4.50. Luego ya entré en contacto con otros buenos lectores amigos del instituto e intercambiábamos impresiones. Aquella casa la han vaciado y la han convertido en un centro de interpretación. A mí me hubiera gustado restaurarla, pero ése es ya otro cantar.

Y, en un momento dado, no tuvo suficiente con la lectura y se animó a escribir?

Así fue. Si yo hubiese creído en el espiritismo, hubiera dicho que el alma de Navarro Villoslada se había incorporado a la mía o algo por el estilo. Y empecé a escribir tonterías y a creerme algo, siempre con un fondo como de imitación al maestro.

Un maestro que, del mismo modo que la casa de su abuela no era la casa de su abuela, no era su maestro, porque usted no siguió para nada sus postulados estéticos.

No sólo eso, sino que su pensamiento y el mío son antagónicos. En la casa de don Francisco habían sido liberales, pero él, allá en Madrid, se hizo neocatólico, una especie de converso, y se tomó la cosa tan a pecho que, a través de la iglesia, se hizo carlista, y llegó a ser secretario de Carlos Séptimo. Yo tenía una duda: si este hombre había vivido durante la Segunda Guerra Carlista en Viana, lugar de donde salieron dos partidas carlistas, además de una liberal, ¿cómo es que no participó? Luego ya averigüé que no quería la guerra y, a partir de ahí, rechazó hablar de política, aunque su hija siguió siendo muy carlista, un virus que se transmitió a mis abuelos y a toda mi familia. Yo, lógicamente, he ido por otros derroteros ideológicos y también estéticos; yo estoy más metido en la modernidad. Después cotejé también que aquella novela histórica de Navarro Villoslada, a quien llamaban el Walter Scott español, no tenía el valor de las obras de Gil y Carrasco o Espronceda. Pero pertenecía a aquel tiempo.

Usted es pesimista, pero un pesimita muy activo, especie ésta que, por lo visto, abunda en este país.

Dice el tópico que el pesimista es un optimista bien informado. Lo malo es que, a la postre, suele tener razón. Yo no querría estar tan bien informado. M.A.

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