“Montejurra” y “Sucesos de Montejurra” (Auñamendi Eusko Entziklopedia)

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Francisco Javier Capistegui (2011).

MONTEJURRA

La montaña estellesa supone un hito geográfico, pero también histórico, sobre todo al amparo de las guerras del siglo XIX. Éstas la convirtieron en una referencia para el carlismo, aunque desde otras posiciones, tanto el ejército como distintas sensibilidades políticas, buscaron apropiarse de su significación.

Ya desde la antigüedad Montejurra y sus aledaños resaltan como zona humanizada, y así lo testimonian los restos procedentes de la época del bronce y la villa romana de las Musas de Arellano, estable en el carasol de la montaña entre los siglos I y V d.C.

Transcurren siete siglos desde la desaparición de esta villa para hallar referencias documentales específicamente dedicadas a Montejurra y vinculadas al inmediato monasterio de Irache. De 1120 es la primera mención, concretamente la concesión por parte del cenobio para edificar unos molinos “ex Monte Surra”. Durante este período medieval pueden distinguirse dos zonas: la más rentable económicamente, en las laderas cercanas al monasterio; y la más útil desde un punto de vista espiritual, la más escarpada. En la primera se situó el mencionado conjunto de molinos, o la “vinna del ospital de Montehurra” a la que se hace referencia en un documento de 1321 que recuerda el paso del camino de Santiago por sus inmediaciones. En la segunda estaban ermitas como la de San Millán, recogida en un documento de 1183, o ésta y la de San Cibrián, como consta en testimonio de 1332.

En estos y otros documentos medievales, la denominación de la montaña varía, apareciendo, además de las citadas, las de Monte Jeto y Monte Xurra.

En 1508, los reyes Juan y Catalina dieron poder a Lope de San Juan, alcalde mayor del mercado de Estella, para restablecer límites y mojones, y una de las mugas se situó en “el somo de Monteiura”. La zona había perdido interés económico para el monasterio, debido a la escasa rentabilidad de unas tierras ásperas y a su exiguo aprovechamiento ganadero, pero también espiritual. Con el decaimiento del camino de Santiago los hospitales de paso, cercanos a ermitas, cayeron en desuso. En 1545 se trató de revitalizar la ermita de San Millán, pero no debió llegarse a acuerdo, porque la referencia a ésta desaparece de la documentación. Los siglos siguientes asistieron a una existencia muy local, meramente topográfica, como atestiguan las referencias catastrales de Ayegui e Igúzquiza, municipios bajo cuya jurisdicción estaba la cumbre.

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Su fama histórica surgió al vincularse con el carlismo. En 1835 comenzó a mostrar cierta presencia militar en el marco de la primera guerra. En marzo Zumalacárregui emboscó tropas en ella, ejemplificando una forma de hacer la guerra a base de emboscadas y sorpresas, con las escarpaduras como su componente principal. Los liberales se quejaban de que los carlistas atacaban cuando el terreno era montañoso y los consideraban cobardes al actuar entre breñas y bosques. La asociación entre carlismo y montaña se convirtió en un recurso permanente.

En las puertas de Estella, aparecía como un enclave determinante, el último bastión montañoso antes de las llanuras riberas, protector de la capital carlista y del reducto de las Amescoas. No es de extrañar, por tanto, que desde esta primera guerra Montejurra fuese haciéndose con un significativo protagonismo, encarnando al carlismo y su forma de guerrear. También comenzó a asumir un papel en la memoria liberal, especialmente entre los militares, para quienes supuso tanto una forma de desarrollar la lucha, como una fuente de méritos y reconocimientos, pues hacían valer sus acciones en las inmediaciones para justificar recompensas y ascensos.

Fue sobre todo la guerra de 1872 a 1876 la que dio la mayor reputación a Montejurra. Y ello en dos sentidos, para los carlistas con la batalla del 7 al 9 de noviembre de 1873; para los alfonsinos, en la del 18 de febrero de 1876. Los primeros mitificaron la victoria, convirtiéndola en uno de los ejes de su memoria; los segundos la utilizaron como forma de contrarrestar y diluir la primera, otorgándole el estatus de victoria final. Mientras, la imagen montaraz del carlismo se reforzó con el uso sistemático del sistema de trincheras. La montaña -y Montejurra en particular- era el reducto carlista por excelencia, y aunque fuese batido en 1876 por los alfonsinos, la imagen quedó asociada a los partidarios de los pretendientes y vinculada a elementos que implicaban resistencia, cerrazón, atrincheramiento y violencia.

Frente a esta representación, los carlistas veían en las montañas la salvaguarda de lo esencial: la religión, los valores y la tradición, el mundo rural idealizado que recogía todo ello y que se convirtió en instrumento de propaganda. El carlismo perdió en 1876 la posibilidad de implantar su modelo y se insertó, reticente, en la sociedad y la política de la Restauración. Grabados, pinturas, relatos, historias… fueron elementos en los que Montejurra hizo acto de presencia para fidelizar y, en lo posible, como cauce para el proselitismo.

Frente a ello, desde el ejército se buscaba patrimonializar Montejurra, bien mediante el estudio de las batallas desarrolladas en la montaña, bien mediante una presencia constante a través de visitas y maniobras militares. Culminación de ello fue la visita que realizó al lugar Alfonso XIII en agosto de 1903, en la que dirigió el despliegue de las tropas. Supuso la incorporación simbólica de Montejurra al liberalismo a través del ejército. Sin embargo, esta apropiación no hizo que la imagen de la montaña estellesa quedara limpia de connotaciones negativas para el liberalismo, o que el carlismo renunciara a ella.

Durante la II República, la Comunión Tradicionalista comenzó a explotar de forma más sistemática el recuerdo de Montejurra, considerándolo un patrimonio imprescindible que sólo a ellos les era dado utilizar. Ya no era solamente el lugar de un recuerdo glorioso, sino una inspiración, un ejemplo dirigido a la juventud para la acción contra el régimen vigente. Se buscaba democratizar la memoria más allá de su uso erudito o elitista. La sociedad carlista debía asumir el legado, primordialmente vinculado al pasado guerrero, a la lucha contra los mismos enemigos que en 1833, 1808 o incluso que en tiempo de las cruzadas.

La solución planteada era Montejurra, la bélica, la de 1873, la que había rechazado a los republicanos del general Moriones a las puertas del sancta sanctorum de Estella, y habría de rechazar a los republicanos de 1931. Buen reflejo de esta actitud fue la constitución, el 25 de julio de 1936, del tercio de Montejurra, la tercera unidad militar carlista. Se mostraba con ello la continuidad de objetivos entre 1873 (incluso 1835) y 1936. Así quedó de manifiesto también a partir del 3 de mayo de 1939, cuando se inició la romería de Montejurra, como recuerdo de las guerras carlistas y reivindicación de la participación tradicionalista en la de 1936, así como el especial protagonismo navarro en ella, bien patente en el respaldo que otorgó la Diputación Foral a este acto.

Pese a ello, el ejército no dejó de lado el objetivo de incorporar la montaña a su propia memoria. Por decreto de 2 de diciembre de 1943 se procedía a una reorganización de unidades militares y el antiguo Regimiento Constitución pasó a denominarse Batallón Cazadores de Montaña Montejurra 20. Este cambio no se limitaba a una única tradición, pues recogía ambas, tanto la carlista como la liberal. Era el ejército triunfador en 1939 el que asumía la herencia del tradicionalismo y la de la milicia liberal.

Desde fines de los años cincuenta, la herencia tradicionalista del carlismo se vio cuestionada (N. de la R. de Lealtad a la Lealtad: Esta redacción no es la más acertada) por sectores que buscaban la actualización y renovación. Una de las plataformas para la difusión de estas novedades fue tanto una publicación titulada Montejurra, como la propia romería, que a mediados de los años sesenta tuvo una repercusión considerable, tanto a nivel nacional como internacional.aee1969concentracionenestella

SUCESOS DE MONTEJURRA

A fines del franquismo, Montejurra se convirtió en un espacio disputado. Percepciones carlistas antagónicas mostraron su creciente distancia en los actos de la simbólica montaña. Desde mediada la década de los sesenta, conforme la evolución ideológica del carlismo de Carlos Hugo de Borbón Parma se hizo más patente, surgieron voces que reclamaban la herencia tradicionalista. Además de las rupturas internas, los conflictos personales y la aparición de organismos disidentes, el control de los actos de Montejurra de cada año fue convirtiéndose en ocasión propicia para los enfrentamientos (N. de la R. de Lealtad a la Lealtad: No es cierto que con anterioridad a 1976 existiera conflicto alguno por el control político de los actos anuales de Montejurra). El carácter de estos eventos a fines de la década de los sesenta y primeros setenta recogió la evolución socialista y autogestionaria de Carlos Hugo y su equipo. A partir de 1968, cuando la familia real carlista fue expulsada de España, esa evolución se radicalizó. Los actos de la montaña estellesa se convirtieron de forma muy clara en una plataforma de oposición al franquismo que se vio apoyada por otros grupos no carlistas. Frente a ello, desde sectores opuestos a esta evolución se fue extendiendo la idea de recuperar el tradicionalismo como factor clave de la conmemoración. Ambas visiones mostraban su incompatibilidad esencial, pues reivindicaban la autenticidad para sí mismos y la rechazaban en los contrarios. Los incidentes y llamamientos se repitieron con especial intensidad en las convocatorias de la primera mitad de los años setenta, pero sin llegar a consecuencias trágicas.

Esta escalada acabó estallando en los actos del 9 de mayo de 1976. Las apelaciones a la reconquista de la cumbre desde los sectores tradicionalistas, vinculados a Sixto Enrique de Borbón Parma, mostraban la relevancia simbólica de la montaña. Mientras, su hermano Carlos Hugo había asumido en 1975 la pretensión dinástica por renuncia de su padre don Javier. Para el tradicionalismo la cumbre estellesa había sido usurpada y, por tanto, consideraban necesaria su recuperación, recurriendo para ello, si fuese necesario, a una acción violenta. Apoyados por la presencia de ultraderechistas internacionales, algunos integrantes de este sector organizaron la que calificaron como reconquista de la montaña y la restauración de su sentido tradicionalista. Del mismo modo, desde el carlismo autogestionario de Carlos Hugo, Montejurra implicaba la clarificación del carlismo y su carácter popular, el descubrimiento de su realidad esencial y una forma de mostrar el rechazo al régimen de Franco y a la situación política que éste había dejado.

Las ametralladoras, subfusiles y armas cortas instaladas en la cúspide de la montaña por los seguidores de Sixto de Borbón Parma hicieron fuego, mientras en la explanada del Monasterio de Irache se producían enfrentamientos con barras, palos y pistolas. Como resultado de todo ello murieron dos seguidores de Carlos Hugo (Aniano Jiménez Santos y Ricardo García Pellejero). En sus funerales se insistió en su simbolismo, que encarnaba al verdadero pueblo, la libertad y la verdad. Los fallecidos pasaban a formar parte de los mártires del carlismo y su ejemplo se convertía en semilla del carlismo que se quería impulsar, alimentando la carga significativa de la montaña.

Lo ocurrido en Montejurra era una manifestación concreta del clima de conflicto más amplio por las implicaciones internacionales y las acciones/omisiones gubernamentales, dentro de la compleja situación española del momento. Buena muestra de ello es el proceso abierto por estos asesinatos. Tres fueron los implicados, pero las turbulencias que el sistema político y judicial vivía en esas fechas complicaron la tramitación efectiva de sus condenas. La amnistía del 15 de octubre de 1977 los sacó de la cárcel, al considerar lo ocurrido de intencionalidad política y, por tanto, acogido a la amnistía.

A partir de ese momento, el acto acentuó su declive. De hecho, el correspondiente a 1977 fue prohibido desde el gobierno, aunque se llegó a celebrar en torno al castillo de Javier. Además, coincidió con una campaña electoral en la cual Montejurra siguió vivo en la denominación adoptada por el Partido Carlista de Euskadi/Euskadiko Karlista Alderdia (EKA), dado que como tal partido no fue admitido para concurrir a las elecciones del 15 de junio de 1977. Esto afectó a los resultados de la plataforma electoral constituida al efecto, que quedaron muy por debajo de las expectativas (Gipuzkoa, 0’1% de los votos y Navarra, 3’2%). Tras su legalización como partido meses después, Montejurra mantuvo su presencia en EKA a través del acto anual, aunque su presencia electoral disminuyó. Así, en las elecciones generales de 1979 obtuvieron 25.998 votos en el conjunto de las cuatro provincias, pero el 75% de ellos en Navarra. La división del carlismo en diversas ortodoxias enfrentadas llevó a la pérdida de su ascendiente popular, muy afectado también por el peso de una historia que no hizo fácil asumir por la militancia y sus simpatizantes el cambio de discurso en tan breve período de tiempo. Los sucesos de Montejurra en 1976 afirmaron una imagen tópica del carlismo como fuerza montaraz, más apta para la sublevación que para los nuevos tiempos de consenso.

Desde entonces, la asistencia a los actos decayó de forma considerable, en paralelo al decrecimiento del carlismo como fuerza política. Incluso la propia simbología de la montaña fue perdiendo presencia, más allá del mantenimiento testimonial del acto.

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