El tradicionalismo de Fal Conde (2015)

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ABC

19/05/2015

Fernando García de Cortázar

Fue Secretario General de Comunión Tradicionalista y encarnó el espíritu de una cultura política basada en la fidelidad a la nación, el vigor de los valores morales católicos, el mensaje social del pensamiento cristiano

El carlismo saludó al nuevo régimen como demostración de la ineficacia de la monarquía liberal. Resultaba paradójico que, tras los enfrentamientos civiles del siglo XIX, hubiera sido una movilización democrática la que puso fin a la odiada rama ilegítima de los Borbones, venciendo los republicanos donde fracasaron los carlistas. Acabado el reinado en el exilio de Carlos VII, el movimiento había sido víctima de rupturas que acompañaban cada ciclo de crisis europea del siglo XX: Vázquez de Mella abandonó el partido en desacuerdo con la posición del nuevo pretendiente, Don Jaime, en la Gran Guerra. Numerosos cuadros dirigentes e intelectuales, como Salvador Minguijón y Luis Lucia, dejaron la organización al considerar que el problema dinástico separaba a quienes propugnaban un catolicismo social capaz de enfrentarse a los desafíos de la modernidad.

Sin embargo, la llegada de la II República agrupó a estas huestes divididas. La reivindicación de un orden monárquico tradicional, opuesto a la democracia parlamentaria, a la cultura liberal y al nacionalismo y defensor de los derechos de la Iglesia y del regionalismo, ya no podía corresponder a los monárquicos alfonsinos en retirada, sino al exclusivo empuje del carlismo en aquella hora grave de España. No faltaba razón a quienes recuperaron pronto la unidad de la Comunión Tradicionalista, con el regreso de mellistas e integristas al movimiento unificado. En octubre de 1931, la muerte de Don Jaime y el acceso de su anciano tío Alfonso Carlos al trono de la legitimidad proscrita ponía la vieja causa en manos de los sectores más intransigentes. «¡Somos revolucionarios! ¿Lo oyen ustedes? ¡Revolucionarios!» proclamó, en 1934, el órgano de la Agrupación Escolar Tradicionalista, pidiendo la revitalización del Requeté y el asalto al régimen republicano.

El carlismo abandonaba las posiciones negociadoras y moderadas de los primeros meses de la República, por una afirmación de exclusividad doctrinal y de capacidad movilizadora de sus bases. Los monárquicos de Renovación Española nunca habían conseguido un partido de masas. Su paso a actitudes antiliberales daba la razón a quienes habían combatido contra el Estado constitucional, y sus mejores voces –Maeztu, Calvo Sotelo o Vegas Latapié- se esforzaron por demostrar la identificación entre la monarquía española y la superación definitiva del orden liberal en toda Europa. Con el liderazgo del conde de Rodezno y sus amigos navarros, el carlismo apostó por estos cambios ideológicos, que parecían presagiar la unidad del antirrepublicanismo bajo la bandera de la monarquía tradicional.

Sin embargo, esa línea de encuentro había de quebrarse por una juventud radicalizada al calor de los tiempos y por la aparición de un carlismo de considerable base popular en zonas alejadas de los viejos bastiones del norte. En la primavera de 1934, el pretendiente Alfonso Carlos nombró a Manuel Fal Conde secretario general de la Comunión Tradicionalista. Desde entonces y hasta su muerte, cuarenta años más tarde, él encarnó el espíritu de una cultura política tan severamente castigada por divisiones internas, marginación del Estado salido de la guerra civil, esfuerzos por adaptarse a nuevas circunstancias e incluso adopciones pintorescas de principios ideológicos muy alejados de los elementos fundacionales y la herencia del carlismo.

Aquel joven abogado andaluz , antiguo militante del Partido Integrista, enérgico organizador, de creencias inexpugnables, ajeno a la seducción del poder y la venalidad , era uno de esos hombres de una pieza que, más allá de cualquier simpatía con sus ideas, nos muestran una persona con principios. Fal Conde revivió el carácter popular del carlismo. Lo apartó de los juegos de salón en que había ido decayendo su impulso y lo devolvió a un compromiso permanente entre el Rey y el Pueblo. Preparó el movimiento para una acción violenta de masas con la que recuperó su perfil tradicional de revuelta armada y arrastró a la marginalidad a quienes carecían de empuje para promover la insurrección de los españoles contra un sistema ilegítimo. La tragedia del carlismo iba a consistir, precisamente, en su apego a aquella forma de lucha e intransigencia cultural que le permitió sobrevivir durante más de cien años. Ahora, esa actitud coincidía con la crispación de los españoles, la agudización de la lucha de clases y los enfrentamientos territoriales. La nueva energía del tradicionalismo era el resultado de la derrota de los moderados y de la plena actualidad del choque definitivo entre las dos Españas.

En el carlismo de aquellos años encontramos rasgos emocionantes, que habrían podido constituir una parte preciosa del reencuentro de España con su proceso de regeneración. La fidelidad al hecho nacional, el vigor de los valores morales del catolicismo, el mensaje social del pensamiento cristiano son tres elementos centrales que el tradicionalismo rescató de la voladura de un modernismo sin raíces. Producida esta revitalización en tiempos de intolerancia, el nuevo tradicionalismo fue causante y víctima de un escenario atroz, en el que España no encontró el camino de la reconciliación, sino la conversión de su pluralidad en un sangriento antagonismo. Perdedor ejemplar fue el propio Fal Conde, que tuvo que buscar el exilio cuando trató de defender la autonomía del carlismo y se enfrentó a la absorción de sus bases por el nuevo partido único fundado por Franco. La derrota final del tradicionalismo llegó, paradójicamente, cuando parecían triunfar sus banderas, cuando sus canciones de guerra se sumaban a los himnos oficiales, cuando su boina roja se incluía en el uniforme de los jerarcas del Estado. Entre las ilusiones perdidas de una generación, habremos de anotar lo que el carlismo tuvo también de reivindicación honorable de las viejas virtudes de la monarquía nacional, de los valores esenciales de la fe española, del recuerdo emocionado de una causa patriótica, social y popular. Lo que se impuso tras la guerra civil, poco tuvo que ver con lo mejor de aquellos sueños, custodiados en lo más hondo de cinco generaciones de combatientes.

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