Montejurra, la construcción de un símbolo

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Trabajo de Francisco Javier Capistegui (2013).

A diferencia de sus rivales, que hablaban del final del carlismo como la superación de un problema nacional, éstos no utilizaron el pasado durante la segunda mitad de la Restauración como un elemento que había de superarse, sino como una referencia en la que encontrarse.

Este creciente activismo juvenil impulsado desde la dirección tradicionalista, el protagonismo creciente del requeté y su vínculo con el pasado bélico encarnado en Montejurra, se manifestó de forma aún más clara en los preparativos para la celebración del congreso de las juventudes carlistas, cuyo acto final había de celebrarse, precisamente, en las faldas de la montaña carlista (…) El congreso no tuvo el final previsto en Montejurra por prohibición gubernamental. Además, el general Fanjul, subsecretario de la guerra, revistó a las tropas de Estella en las faldas de Montejurra en esos días. Se reforzaba así la conquista simbólica que Alfonso XIII hiciera en 1903, para evitar la reapropiación carlista de un terreno que se daba por consolidado, pero cuya reivindicación se planteaba cada vez con mayor fuerza. Dos visiones enfrentadas, dos apropiaciones memoriales a partir de una misma realidad que servía como fundamento de un símbolo bifronte.

Lo más significativo de ello iba a ser el paulatino proceso de apropiación del símbolo de Montejurra por parte del ejército. No es nuevo este proceso, aunque estaba claro que durante la Restauración se buscó diferenciar con claridad la batalla de 1873 de la de 1876. Pero en 1936-39 ya no iban a encontrar el campo libre, pues el carlismo buscó asumir el simbolismo encerrado en el nombre Montejurra de la manera más integral posible. Una consecuencia directa de ello sería la disputa soterrada que se estableció por la titularidad de lo que representaba.

El primer paso lo dio el carlismo que, pese al decreto de unificación de abril de 1937, mantuvo su existencia, aun en condiciones precarias. A finales de abril de 1939, recién terminada la guerra, la iniciativa de algunos dirigentes navarros puso en marcha la celebración de una romería a Montejurra. El encargado de convocarla fue el alcalde de Ayegui, Trifón Larumbe, que en el mes de abril escribía al dirigente carlista, Manuel Fal Conde para «invitarle a los actos que se celebrarán en este término municipal el día 3 del próximo mes de mayo, con motivo de la colocación en la cumbre de Montejurra de un Vía Crucis que conmemore a los caídos de los invencibles Tercios que lucharon en esta Cruzada y a cuantos defendiendo los mismos ideales ofrecieron su vida en los hechos de armas del pasado siglo». La propia carta expresaba el espíritu de continuidad entre la guerra civil y el siglo precedente, algo todavía más claro en la respuesta que le remitió Fal Conde excusando su asistencia:

«Agradezco amable invitación actos día tres punto imposibilitado asistir causa viaje Sevilla me asocio todo corazón homenaje nuestros mártires lugar histórico Montejurra evocador tanta gloria tercios que defendieron bandera Carlos Séptimo y hoy defienden España con tanto heroismo punto asocio mis oraciones por mártires a las del antiguo reino pirenáico punto viva España viva el Requeté viva el Ejército Fal Conde».

Además de la continuidad, resalta la mención al «antiguo reino pirenáico», un reconocimiento de la centralidad navarra del carlismo. Así lo asumió la Diputación de Navarra, al afrontar parte del gasto que suponía la construcción del via crucis y, sobre todo, lo que significaba:

«Vistos los escritos del Ayuntamiento de Ayegui, invitando a la Corporación a los actos de carácter religioso-patriótico que ha organizado para el próximo día 3 de Mayo, con motivo de la bendición y colocación de un Via Crucis en el camino de subida a Montejurra, que conmemore a los caídos por Dios y por España, y solicitando una subvención para los gastos de dichos actos, se acordó aceptar con gratitud la invitación y conceder al Ayuntamiento de Ayegui para ayuda de los gastos que se le originen con motivo de la colocación del Via Crucis, un donativo de 500 pts.»

Era también en parte asumir el proceso de asociación entre Navarra y el carlismo que había alcanzado la culminación en el transcurso de la guerra civil y que reflejaba la respuesta de Fal Conde a la invitación del alcalde de Ayegui. Aunque se trataba de una imagen construida, se convirtió en un útil instrumento mediante el cual se creaba una situación de excepcionalidad en Navarra a ojos del nuevo régimen, que reducía la presencia de un carlismo incómodo a un territorio localizado.

Esa imagen de incomodidad se hacía patente en las visiones que de la situación española tenían las organizaciones del exilio, que hablaron de esta primera romería a Montejurra como una manifestación amplia de descontento hacia el régimen. En cualquier caso, la reducción del carlismo a Navarra, de Navarra al carlismo, no implicaba la cesión del control absoluto de la provincia a la organización tradicionalista, por otra parte ilegal. De hecho, en la disputa por la utilización de la imagen simbólica de Montejurra, de nuevo el ejército dio un paso mediante la denominación de una unidad militar (…) Sin embargo, no se entraba en la distinción de la referencia histórica que motivaba la denominación. No se hablaba de la batalla de 1873 o de 1876, sino que se asumían ambas, porque no era la herencia tradicionalista la recogida, sino las dos, la carlista por sus vínculos con la tradición; la liberal por el protagonismo del ejército en cuanto institución.

Sin embargo, a mediados de los sesenta, la evolución de la sociedad y la de algunos sectores del propio carlismo llevó a posiciones cada vez más divergentes. Una plataforma que se va a erigir en portavoz de los sectores más innovadores fue precisamente la revista tituladaMontejurra (…) Esta revista se convirtió en la plataforma del carlismo renovado, lo que le llevó a sufrir los inconvenientes de la censura y varias suspensiones, encarnando una visión crecientemente crítica no sólo hacia algunas posiciones carlistas tradicionalistas, sino también hacia el propio régimen, como recogía Santiago Carrillo en 1966, cuando reclamaba la autenticidad del carlismo de Montejurra frente a los grupos que acudían a Estoril.

Durante buena parte de su existencia —al menos en el entorno navarro de la montaña—, uno de los elementos característicos de su esencia había sido el ruralismo, la asociación con el campo. Hasta los años sesenta del siglo XX no resultó difícil defender este vínculo, dado el mantenimiento del sector primario como eje en Navarra. Sin embargo, el proceso industrializador impulsado desde 1964, con especial incidencia en los aledaños de Montejurra, fue cambiando el carácter de la sociedad navarra. Buen reflejo de ello es el mensaje que la mencionada plataforma electoral Montejurra lanzó en la campaña electoral de 1977, donde primaba lo urbano, un mensaje de renovación significativo, en el que lo rural quedaba en un segundo plano como reflejo de la transformación social.

Sin embargo, esto no implica la pérdida de toda utilización simbólica de esta montaña. Hay una reivindicación del sentido de Montejurra que no deja de aportar una elemento más de complejidad y en cierto modo de continuidad con ese simbolismo de lo montañoso —aunque en este caso desde otro punto de partida ideológico—, como es la protagonizada por el nacionalismo radical. José Mari Esparza, en varios artículos publicados en Gara, afirmaba las raíces carlistas de estas ideas, y concretamente de Montejurra, donde «el tomillo huele a insurrección, a generales españoles mordiendo la hierba, a defensa de la casa del padre», o incluso señalando que la cruz de San Andrés «es como la amatxo de la ikurriña». Por ello, reivindicar el carlismo del Montejurra decimonónico, el de Rada y 1873, lo asume como algo propio, pues «[s]i en 1875 el Ejército español hubiera tenido palas excavadoras, no hubiera dejado un tormo de Montejurra sin demoler».

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