El proceso de secularización de las fiestas carlistas

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Trabajo de Francisco Javier Capistegui (2004).

La tesis básica de esta comunicación es la necesidad de examinar la transformación carlista más reciente como un fenómeno en el que la secularización juega un papel de suma importancia, como un proceso mediante el cual se dejaron en un segundo plano elementos que hasta el inicio de esa transformación habían constituído ejes centrales, especialmente el religioso. En este sentido, secularización no significa abandono o reacción contraria, sino un paulatino proceso de relegamiento, de subordinación.

Un buen testimonio de este proceso lo encontramos en las fiestas, en las expresiones de una cultura popular en la que lo político juega un relevante papel, especialmente como refuerzo de una identidad carlista que, como antes se señalaba, carece de elementos ideológicos muy elaborados. Para John Street, “si no tomamos en serio la cultura popular nos arriesgamos a conocer mal las aspiraciones y las corrientes encontradas que mueven la política” y, con ello, además, perdemos la posibilidad de dar sentido a la íntima relación existente entre cultura popular y política, es decir, al “derecho a pertenecer a algo y a ser reconocido como tal, precisamente porque ofrece formas de identidad”. El pueblo no es, se hace, de la misma manera que los carlistas no “son”, se crean y para ello hacen falta elementos concretos.

Como señalaba Pío Baroja, con su característico y siempre polémico radicalismo, “[p]ara arrastrar a una multitud, lo que se necesitan son palabras sonoras, gritos, una canción, una bandera, un tambor. Ideas, ¿para qué? No son necesarias”. En este sentido, el carlismo, en buena medida como consecuencia de esa inconcreción y vaguedad de principios, hizo un uso habitual de palabras sonoras (qué más sonoro que su propio lema, convertido en una frase utilizada y reutilizada por gentes muy diversas), de gritos, canciones, banderas y tambores. Todo ello suponía una vía más que para reclutar voluntades, para afianzarlas.

De alguna manera, lo festivo permitía una más fácil asimilación de los principios, a Dios se le celebraba con misas y actos religiosos; a la patria se la cantaba en himnos y canciones, en fogosas oratorias y en el flamear de la Cruz de San Andrés; al rey en los baños de multitudes, en la difusión de su imagen, en las medallas y en el aura de respetabilidad de la monarquía. Incluso los fueros, más limitada territorialmente su reivindicación, se festejaban en los actos, en las protestas ante los contrafueros o en los actos de hermandad con provincias vecinas. Todo ello configuraba el universo simbólico que servía de referencia para la unidad del grupo, para el refuerzo de la identidad. Es evidente que en los años comprendidos entre la muerte de Alfonso Carlos (y especialmente tras la guerra civil) y la definitiva adopción de Javier de Borbón Parma de la pretensión carlista, son años de orfandad para el carlismo, de pérdida de unas referencias que el simbolismo del monarca encarnaba de forma efectiva. No fue el único factor de esa orfandad, pues la configuración del franquismo colaboró en la desarticulación del carlismo, pero en cualquier caso, el papel del monarca como catalizador de la identidad carlista quedó muy disminuído en su ausencia. Este esquema, válido para los inicios del franquismo, se fue paulatinamente transformando con el paso de las décadas y aunque el esquematismo y simplicidad permanecieron como síntoma de la capacidad de supervivencia, la celebración de lo más estrictamente religioso pasó a un segundo plano; lo patriótico giró hacia lo regional entendido federalmente; la monarquía como institución se difuminó a favor del monarca como individuo; lo foral se vinculó a lo patriótico y pidió la descentralización.

En el intervalo, el proceso de secularización, la transformación de una sociedad que ya no era la que salió de la guerra civil, la que se vio impelida a unos patrones socio-culturales en medio de un contexto de vencedores y vencidos, de malos y buenos. Por poner un paralelismo, especialmente para evitar dar la sensación de que el carlismo vive un proceso único, podía mencionarse el ejemplo de un fenómeno hondamente popular sobre el que también durante estos años pesaron las críticas de quienes consideraban que se perdían las esencias, lo fundamental de su personalidad. Me estoy refiriendo a las fiestas de San Fermín, en Pamplona.

En cierto modo, estaríamos ante fiestas urbanas, entendiendo en este caso por tales las que se oponen a las rurales, lo cual no deja de ser un tanto paradójico en el caso carlista, dada su tradicional consideración como movimiento rural. Y es que, en general, se trata de celebraciones ajenas a ese mundo reglado y estacional del campesino. Son actos vinculados a realidades sociales y a compromisos de carácter más individual que colectivo, por cuanto implican de decisión voluntaria en la adscripción. De alguna manera suponen una ruptura con el orden tradicional en el que el campesino se encuentra inserto y frente al cual no le queda opción distinta a la planteada.

De alguna manera, la propia existencia del carlismo como movimiento está determinada por la aparición de nuevas formas de organización social directamente derivadas del mundo liberal. El hecho mismo de la aparición del carlismo es ya una problematización del ser tradicional, una muestra de la alienación que afecta al mundo del Antiguo Régimen, que, para explicarse, ha de acudir a los modelos que le proporcionan sus “enemigos” ideológicos. En este sentido, el carlismo supone un paso intermedio, una etapa entre el mundo tradicional y el mundo “nuevo”, una transición de larga duración que comparte elementos tanto del pasado como del novedoso presente.

Las fiestas del carlismo ya no son fiestas sociales, sino de una fracción de la sociedad, y no porque no haya voluntad de que todos las compartan, sino porque conscientemente se ha restringido el ámbito al que aplicar esas normas festivas. Al organizarse como tal, el carlismo opta por un modelo que lleva implícita una exclusión y por ello, la inserción en él ya no es automática, sino voluntaria. No estamos ante un fenómeno de Antiguo Régimen, sino de Nuevo Régimen, con todo lo que de paradójico hay en ello.

Sin rechazar por completo el aspecto religioso, sí procedieron a una secularización del que ya comenzaba a llamarse Partido Carlista. En 1970 se celebraba el I Congreso del Pueblo Carlista y ya desde ese momento, se reconocía que la autoridad provenía del pueblo, sin apenas menciones al componente religioso, algo que uno de los representantes más importantes de la línea tradicionalista, Manuel Fal Conde, no dejaba de notar cuando se convocó el II Congreso, coincidente con la Semana Santa: “Una reunión política de la importancia del Congreso puede llevar a propios y extraños a entender que la Comunión Tradicionalista, al constituirse en partido, hace olvido o relega a segundo término su primer lema: Dios”. En 1974 el carlismo se declaraba aconfesional y se criticaba a la jerarquía eclesiástica por su pasividad respecto al régimen; en los años siguientes asumieron la compatibilidad del cristianismo con el socialismo y su cercanía a movimientos como la Teología de la Liberación o Cristianos por el Socialismo. En la religión se distinguía la práctica popular, “una vivencia que, a la vez, constituye un nexo social que permite una comunidad de ideas y de valoraciones en su desenvolvimiento colectivo y en su devenir histórico”, y su interesada utilización por las oligarquías: “para los grupos oligárquicos incrustados en el Carlismo significa un apoyo moral, elevado a la categoría de dogma político, para mantener sus posiciones privilegiadas en una sociedad estamental rígidamente jerarquizada y amparada por una Iglesia galicanizada”. El carlismo rechazaba el abuso de lo religioso, y se congratulaba de que “remitida la virulencia política que en un tiempo presentó la cuestión religiosa […] recobra hoy su primitiva importancia el lema original ‘Rey y Fueros’, que, en palabras actuales, se puede traducir por ‘Justicia y Libertad’”. ¿Dónde quedaba lo religioso? Nos lo dice la misma declaración del Partido Carlista: “La cuestión religiosa […] ha sido nuevamente expresada y perfilada. Frente a los intentos de atribuirle el carácter de grupo religioso, ha sido preciso que, sin negar la esencia cristiana de su filosofía política, y precisamente por eso, rechace taxativamente la confesionalidad de los partidos políticos, y exija la separación de Iglesia y Estado”.

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