La muerte de Pedro Nicolau (1988)

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Revista Perlas y Cuevas, de Manacor.

PEDRO, AMIGO

La muerte violenta de Pedro Nicolau, no solo debiera ser motivo de preocupación cívica, sino de revisión de unas actitudes que, quiérase o no, por lo menos, propician la confusión y sus consecuencias en aquellos individuos que por debilidad mental o simplicidad de raciocinio no ofrecen resistencia a las fobias ajenas. Este podría ser el caso de la muerte de Pedro Nicolau, un hombre que se desvivió constantemente para la juventud, y uno de sus representantes acabó con él en la más injusta e inútil muerte que darse pueda.

¿Qué está fallando en esta sociedad que se «consterna» ante un asesinato después de cincuenta años de negarle el pan y la sal al asesinado?

Las mentes elementales nos están observando constantemente, y edifican su mundo de valores sobre la base de nuestras actitudes. Por eso mismo resulta peligroso el juego social de la conmisceración y la soslayada burla sobre aquellas personas que, como Pedro Nicolau, son fieles a unos postulados que molestan porque son limpios, y, además, están indiscutiblemente llenos de generosidad.

Pedro Nicolau tuvo muchos amigos, pero tuvo también muchos detractores que tradujeron en desprecio burlón su incapacidad de amar al pueblo como él lo amaba. Su colaboración ni fue agradecida ni fue entendida, porque resulta difícil entender y agradecer aquello que otros hacen por generosidad y nosotros hacemos por interés.

Evidentemente, Pedro Nicolau era un hombre incómodo, porque incómodo será siempre el altruismo ajeno, la bondad ajena, el entusiasmo de los demás.

Dios le tenga en su «club» sin escalones rotos y sin trapos que fueron antiguas banderas, pero cada vez que se tome un acuerdo leonino o se trafique con una influencia política en la ciudad, cada vez que se cobre una subvención que no se debe, se reparta un cargo por amiguismo o haya trasiego municipal con un solo metro de terreno a beneficio privado, tened por seguro que dando vueltas al campanario —pero más arriba del reloj y las campanas- estará el fantasma de Pedro Nicolau en su mobylette, calada la chapela hasta las orejas y dejando caer alguna que otra gota de sangre de una de sus cinco heridas.

RAFEL FERRER MASSANET

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