Anarquismo y Carlismo

Fragmento de “Anarquismo, populismo hispanoamericano y carlismo. ¿Disidencia espiritual o retorno a una edad de oro pretérita?”, ponencia presentada por José Javier López Antón en el VII Seminari d’Història del Carlisme.

Se ha pretendido emparentar al carlismo con movimientos variados. Pero la relación más rupturista es la entablada entre la idiosincrasia del carlismo y el anarquismo (…)

Joaquín Maurin y Andreu Nin estudiaron las actitudes de la Confederación libertaria. Su conclusión originó un fuerte debate entre ambos sectores, muy enraizados en la cultura catalana. Afirmaban que el moralismo anarquista no reflejaba una conciencia revolucionaria, sino una mera corriente ludista, que trataba de evitar las consecuencias de la industrialización desde una perspectiva moral, pero no ideológica. Una acusación que fue recusada por Joan Peiró, dirigente de la CNT.

No se trataba de una conclusión nueva. También, al hablar de los carlistas, se ha debatido sobre su idiosincrasia reformista o conservadora, incurriéndose simultáneamente en el insulso debate sobre si los partidarios de don Carlos constituyeron un movimiento de izquierda o de derecha. En el fondo, la polémica es estéril. El carlismo y el anarquismo comparten un ideal. La recuperación de un modo de vida pretérito, la nostalgia –subraya Harowitz- de la “Gemeinschaf”.

– Por un lado, se concede preferencia a la comunidad y a la vida rural, frente al Estado y las nuevas formas de relación emanadas del capitalismo.

– A su vez, se subrayan las relaciones orgánicas surgidas del medio social, frente a las relaciones contractuales, propias de una sociedad individualista, en la que el poseer es el eje de la dignidad social, frente a la dignidad emanada de ser persona.

– En otra vertiente, las pautas de integración son consideradas más validas que las normas de diferenciación.

Adentrándonos en los aspectos que forjan una sensibilidad común entre anarquistas y carlistas, este sería el primer aspecto que convendría señalar. Ambos segmentos coinciden en su deseo de vertebrar una sociedad no sometida al módulo capitalista de producción. Consecuentemente, sus postulados les conducen a la práctica del asociacionismo y del cooperativismo, que forjan la pauta moral de la sociedad. En la cultura vasco-navarra, estos aspectos se perciben desde las labores agrarias vecinales realizadas en común o auzolan, hasta el reparto del bosque en comunal, sin obviar el hábito comunitario de los rituales funerarios.

A su vez, a los partidarios de don Carlos y Bakunin se les podría extrapolar un similar concepto consuetudinario de la libertad. Su médula antiestatalista, les condujo a despreciar la libertad jurídica en nombre de la libertad real y cotidiana, esas libertades de escamoteo imposible a las que se refería el escritor catalán Josep Pla. Que, en el caso del anarquismo, conectaría con el concepto russoniano perfilado en El Contrato Social, por el cual la libertad individual se sacrifica a las libertades comunitarias. Si el carlista asturiano Vázquez de Mella preconizó los derechos de la sociedad por encima del Estado, el teórico anarquista gallego Ricardo Mella afirmó que el Estado nada puede hacer en beneficio del individuo.

Gerald Brenan, James Coll y Eric Hobsbawn han insistido en las raíces del anarquismo, asumidas como una moral mística pero anticlerical, hasta el punto de caracterizar al movimiento ácrata como germen de la rebeldía de las masas creyentes, desilusionadas de la alianza de la jerarquía eclesiástica con los estamentos privilegiados.

a) El lenguaje y la moral libertaria enlazaría con las primeras comunidades cristianas. No se denuncia la riqueza sólo por ser un insulto a las masas que carecen de lo más digno, sino que es descalificada por un afán moralizante, al esclavizar a la persona. La propia tendencia a enriquecerse sería malsana.

b) El anarquista cree firmemente en la bondad de sus acciones, aunque sean violentas. Brenan los compara a los grupos políticos disidentes de la revolución inglesa del XVII. Los ejemplos de Brenan nos pueden recordar a Christopher Hill, quien en su monografía El mundo trastornado, trabajó las actitudes mentales de los “diggers”, los adeptos de la Quinta Monarquía, “levellers”, familiaristas y “ranters”. Sus ideas religiosas, que propugnaban la supresión de la propiedad privada, tamizadas de aspectos milenaristas, nos acercan a la tesitura libertaria.

c) El anarquismo supone un compendio de las nociones de milenarismo y progreso. La concepción igualitaria cíclica se une a la posibilidad de obtener un mundo más feliz por medio de la redención social y educativa. Con permiso del lector, aquí cabría rememorar las conclusiones similares a las que llegó Norman Cohn en su monografía sobre los segmentos místicos medievales de impronta revolucionaria. La idea básica del anarquismo es el retorno a la Edad de Oro.

Pero lo mismo le sucede a los voluntarios de don Carlos. En sus enunciados oficiales, en sus bersolaris, en la conversación que Pío Baroja sostiene con el voluntario santacrucista Shagit en El cura de Monleón, Shagit nos reincorpora a un mundo mítico pretérito, en donde la igualdad entre todos los creados era la norma básica. No existía la propiedad evidentemente. Los carlistas reflejan en anhelo de defensa de una sociedad precapitalista. Los anarquistas cristalizan elementos de autodefensa frente a la moral plutocrática y la explotación de la persona humana.

Entonces, vista cierta analogía, cabe preguntarse: ¿cuál es la diferencia entre anarquismo y carlismo? Los dos son movimientos que intentaron defender a sus simpatizantes de la acometida del liberalismo económico. Pero los carlistas adoptan una postura conservadora, mientras los libertarios se tornan revolucionarios. ¿La razón?

El carlismo crece en una sociedad donde la fe es un elemento clave, entendida como forjadora de espacios comunitarios de libertad, de una forma de ver el mundo, de la conciencia que impregna la vida cotidiana. En cambio, el anarquismo surge en una sociedad de explotación, donde ese credo espiritual comunitario se ha perdido.

El carlista conoce, vive, una sociedad precapitalista, en la cual las tierras comunales y otros actos de la vida social perpetúan una vivencia colectiva que impregna la interpretación del mundo. Ambiente que se complementa con una visión lúdica, como es el caso de ciertas faenas agropecuarias, especialmente la recogida del helecho o la “maizatxuriketa” o siega del maiz. Para ese carlista de los valles catalanes o vasco-navarros, esa vida es real, y a ella se adhiere. Por otro lado, la fe es un valor ético y plástico, también extrapolable a la vivencia popular. Y el sacerdote es el primero en participar en ella como un payés o “nekazari” más. No debe extrañarnos que adopte una mentalidad tradicional.

El ácrata de los talleres febriles catalanes o de los cortijos andaluces, en cambio, es una persona desarraigada. Explotado por unos terratenientes que le obligan a vender diariamente en las plazas su fuera de trabajo por un mísero jornal, vive en una situación de explotación radical. ¿Y la fe? La ha perdido. En algunos casos, el sacerdote, al legitimar el derecho a la propiedad de los acomodados y exhortando a la resignación del desheredado, ha incidido en esa desmotivación. Mientras contempla el horizonte de su familia, condenada a una existencia infrahumana, observará como esa dignidad humana inherente a su condición de hijo de Dios, en algunos casos, también le es arrebatada. Y la figura de Cristo redentor es vaciada de contenido al substituirse por una normativa farisaica que incide en la sacralidad y aun bondad externa de quienes aparentan buenos modales, pero que subrepticiamente, legitiman la explotación económica de los trabajadores instrumentalizando una moral religiosa. Tarde o temprano, la desesperación conduce al ateísmo o al anticlericalismo.

Esta es la gran diferencia entre el partidario de don Carlos y el seguidor de Bakunin. El carlista lucha por algo que está vivo, pero amenazado por el liberalismo económico. Y por conservarlo, se torna tradicionalista de ese antiguo régimen. El anarquista tiene que partir de la nada para edificar su ciudad ideal, y se torna adepto de las utopías ilustradas del siglo de las luces, cuando no destructor beligerante de unas estructuras que cree injustas.

La edad de oro para el carlista existe, pero amenazada por las primeras oleadas liberal-capitalistas. Para el ácrata, la edad de oro sobrevivirá cuando se fragmente la sociedad liberal El carlista es pre-capitalista, el anarquista post-capitalista, pero ensamblados en su defensa de la comunidad frente a nuevos modelos proletarizadores. (…)

Son diferentes, pero similares. Las guerras carlistas en el Maestrazgo evidencian una sórdida lucha social del campesinado pobre frente a la burguesía. El abandono de fe incide en esa transición del carlismo al anarquismo, que también se constata en las tierras meridionales de Navarra, donde la lucha por la tierra entre defensores de los comunales y corralizas nos dejo un estribillo popular que así lo demuestra. Si ayer defendí a Carlote, hoy defiendo la libertad, rezaba la jota recogida en el testimonio de José María Esparza en su monografía sobre la vida social tafallesa.

Por esta razón, del carlismo y del anarquismo se insistirá todavía en su carácter reformista o conservador, cuando son dos sectores que se oponen a la moral económica liberal y auspician el retorno a una mentalidad comunitaria. (…)

Si los carlistas eran los místicos de un siglo XVI, los ácratas eran los místicos decimonónicos imbuidos de Proudhon y Rousseau, con una ingenua confianza en la capacidad redentora de la ciencia, que les llevaría a moldear una nueva arcadia. Una urbe racionalistas e igualitaria, donde ya no cabría el mal o el pecad, es decir, ya no sería necesaria la Iglesia ni el estado. El de los carlistas se obtendría mediante la fe católica; el de los anarquistas, mediante la razón. Y frente a la violencia del mando militar y los malvados capitalistas, su violencia, primaria e instintiva, sería la defensa no sólo necesaria, sino justa, de la Comunidad frente al Estado.

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