Las fosas de Franco

Relata Pablo Antoñana en su libro “De esta tierra y otras guerras perdidas”, pag. 36: “Cuentan los requetés combatientes quejándose, que ellos, los requetés, se batían el cobre en la trinchera, ganaban posiciones y entraban en el pueblo, paraban el tiempo justo que les permitía la estrategia militar, pero casi sin irse aparecían los falangistas, de nuevo cuño, advenedizos al levantamiento, con su camioneta, sus cubos de engrudo, sus pasquines, sus escaleras de pintor de brocha gorda e inundaban de carteles las paredes del pueblo con las consignas propias “Por el Imperio hacia Dios”.

Y cuento yo de los relatos de mis compañeros carlistas de la época, que hacían más que llevarse el mérito de los requetés, tras ellos, con sus cubos de engrudo y sus pinturas. Si la guerra era, y lo es, el acto más miserable del ser humano, los falangistas, con sus fusilamientos sistemáticos, lograban hacerla más inhumana si cabe.

Emilio Silva y Santiago Macías han escrito un conmovedor libro, “Las fosas de Franco”, con multitud de datos sobre los fusilamientos de los que “defendían la legalidad republicana”, frase repetida hasta la saciedad.

En todo el libro no he encontrado una sola reflexión sobre lo que llegó a significar la “legalidad republicana” para la otra media España fusilada.

Pero no es mi cometido cuestionar el, innegable, trasfondo político subyacente del libro, que nos relata de manera familiar, unos pocos ejemplo de los más de treinta mil asesinatos imputables a las tropas de Franco.

Nacionales y Republicanos se entregaron con inusitado frenesí de sangre. Esto es historia y no hay más que añadir.

Como carlista, mi partidismo no debe ser razón para no ver la realidad, esta no es otra que la existencia de un perpetuado agravio comparativo. Mientras la practica totalidad de los asesinados por las gentes de la República, sus familiares recuperaron sus cuerpos y los honraron debidamente. Más de treinta mil fusilados republicanos están esparcidos por simas y cunetas de nuestro país sin que las autoridades hagan nada por recuperar sus cuerpos.

¿La memoria de nuestros enemigos?. ¿No se trata también de nuestra memoria?. Ellos nuestros enemigos de antaño, son parte de nuestra memoria, en muchos casos señalándonos con los nombres y apellidos de quienes los masacraron.

Hace tiempo me relataron esta historia. Acabada la guerra, un grupo de falangistas se acercaron a un pequeño pueblo extremeño, juntaron a la gente en la plaza y decidieron a quien iban a fusilar. El cura del pueblo, sentado en una mesa a la puerta de una cantina, no perdía ojo de las idas y venidas de los camisas azules, digamos que veía tranquilamente la escena, con la clásica pachorra de quien no se pone nervioso fácilmente. Me contaron como lentamente dejó su baso de vino sobre la mesa, se levantó y se encaminó hacia el capitán falangista, pausadamente, sin aspavientos, como quien sabe el paño que toca.

Al cura la sotana le ladeaba ligeramente, de forma que le colgaba más por la parte de la izquierda que por la derecha. Este detalle, de sobra conocido en el pueblo, no pasó desapercibido al falangista.

El cura, parco en palabras, ni estimó presentarse, tan solo dijo:

Tú serás capitán de la Falange , pero yo he sido comandante de requetés.

Así que me dejas a esta gente aquí, y te vas ahora mismo de este pueblo… ¡o te pego un tiro!.

Esa vez la Falange se fue de vacío.

¡Español de puro bruto!. Se decía en las Américas. Pero en los años de la posguerra, no todos los pueblos tenían un ángel de la guarda con los atributos bien puestos, o el amparo de Dios.

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