El Carlismo

Marta Ouviña – Historiadora

La cuestión monárquica sólo es una excusa legitimista del primer carlismo, que pretendía el mantenimiento de los esquemas formales del Antiguo Régimen. No puede hablarse de unas motivaciones concretas y estrictas generales al carlismo en cualquier parte de España. Un entrecruzamiento de motivaciones sociales, económicas, regionales y hasta religiosas constituía la trama de identidad del carlismo.

La primera guerra carlista, iniciada el 3 de octubre de 1833 en Talavera de la Reina, se extendió casi de inmediato por el País Vasco-navarro, Aragón, Cataluña, País Valenciano y Castilla, zonas en la que el carlismo tuvo mayor arraigo y continuidad. La cuestión foral fue eludida en los primeros manifiestos reales, pese a que a tal reivindicación se remitían desde un principio los documentos que emanaban de los jefes populares. La primera etapa en la liberación interna del Partido Carlista se produjo un año después de iniciarse la guerra. El 7 de septiembre de 1834, don Carlos se refirió explícitamente a la conservación de los fueros y se sometió a partir de entonces, y en todos sus actos de gobierno, a las leyes propias de de los vascos en cada uno de sus territorios. Para Guipúzcoa y Vizcaya la primera guerra concluyó en 1839 con el convenio de Vergara; en él se prometía a los vascos el mantenimiento total de sus libertades (lo que no se cumplió). Para los pueblos de la antigua Confederación Catalano-Aragonesa el conflicto no concluyó hasta 1840; este pueblo resistió por INQUIETUDES ESTRICTAMENTE SOCIALES, hasta tal punto que la guerra, en el País Valenciano y en Aragón, podía calificarse como “guerra de hambre”, pues la casi totalidad de la base que sustentó el partido en ese tiempo estuvo constituida por voluntarios de las zonas más deprimidas de ambos países.

Finalizado el primer conflicto, el partido mantuvo una vida bastante lánguida, aunque pronto reinició sus actividades políticas, dirigidas nuevamente a provocar un alzamiento armado contra lo establecido. En 1845 el primer Carlos abdicó en su hijo Carlos Luís, también conocido como conde de Montemolín. Su actividad como nuevo líder se encaminó a dar una imagen más “aceptable” para las potencias democráticas de la época. Para ello realizó diversos viajes con éxito personal, pero sin conseguir apoyo para su causa. En 1846 se inició la “guerra dels Matiners”, que se desarrolló exclusivamente en Cataluña, pues el control militar que sufrían Euskadi, Aragón y el País Valenciano impidió que se extendiese la guerra. El pueblo se alzó al grito de “Viva Carlos VI y la Constitución!”. Los voluntarios actuaban conjuntamente con progresistas y republicanos federales, y se gritó por primera vez en Cataluña “Vivan los Fueros!”. LOS CARLISTAS BUSCABAN POR MEDIO DE ESTA GUERRA EL DERROCAMIENTO DEL RÉGIMEN MODERADO EN EL PODER Y LA INSTAURACIÓN DE UN SISTEMA PROGRESISTA Y FEDERAL. La guerra concluyó en 1849 por puro aplastamiento de las fuerzas gubernamentales de represión. En 1860 se intentó un golpe de estado en San Carlos de la Rápita. A la muerte de Montemolín, la jefatura del partido recayó en su hermano Juan III. Don Juan, muy proclive hacia el liberalismo, llegó incluso a ciertas insinuaciones de acatamiento de la dinastía reinante. Como consecuencia de esa actitud, el año de 1868 se publicó un documento, firmado por la princesa de Beira, madrastra de don Juan, en el que se desautorizaba a éste, en base a que había roto el pacto con el pueblo, que le exigía su condición de titular dinástico.

A consecuencia de la revolución burguesa de 1868 se produjo la tercera guerra carlista. En las filas del carlismo de infiltraron los católicos moderados o neocatólicos, hombres que se llamaban carlistas, pero que en su gran mayoría eran de adscripción alfonsina. En 1870 se produjeron las primeras intentonas para el nuevo conflicto, que no llegó a fructificar claramente hasta el año 1872. El indiscutible obstáculo que representó para el desarrollo de esa guerra la desasistencia económica con que se contaba en un principio, no fue inconveniente para que el carlismo desarrollase UNA DE LAS EXPERIENCIAS MÁS IMPORTANTES Y ATRACTIVAS DE LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA: LA PUESTA EN PRÁCTICA DEL FEDERALISMO EN TODOS LOS TERRITORIOS GOBERNADOS POR EL RÉGIMEN PRESIDIDO POR CARLOS VII. Durante los cuatro años escasos que el sistema carlista controló un tercio de la península se logró poner en plena vigencia los sistemas autonómicos vascos y restaurar el gobierno propio de la Generalidad en Cataluña. Tras el golpe militar del 29 de diciembre de 1874 por el que la oligarquía liberal instauró a Alfonso XII, la guerra estaba prácticamente perdida para el carlismo, que se vio aplastado por una masa muy superior de fuerzas. A partir de entonces se inició una nueva etapa para el partido. Carlos VII siguió al frente del carlismo, pero su talante democrático le hizo ser mal visto por la reacción que aún pervivía en sus filas. Las acusaciones de que fue objeto Carlos VII llegaron a fructificar en una escisión en 1888, naciendo como partido político el integrismo, del que fue mentor y jefe máximo Nocedal.

Al morir en 1909 Carlos VII, le sucedió su hijo Jaime, con el que se inició otra etapa de la historia del partido. La declarada beligerancia de don Jaime contra la dictadura de Primo de Rivera provocó una dura reacción del nuevo régimen, que quedaría plasmada en una represión extrema. Al proclamarse la república en 1931 don Jaime hizo público un manifiesto en el que aceptaba la voluntad popular e instó a su partido a que colaborara en la república.

La caída de la dictadura y el subsiguiente peligro de derrocamiento de la monarquía fue detectado inmediatamente por la derecha, que intentó volver a controlar la masa popular del carlismo. Los que en 1888 se habían separado de Carlos VII por considerarle “modernista”; los que en 1918 se habían separado de don Jaime por su espíritu democrático; los que en fin, en 1923 habían aceptado entusiásticamente a Primo de Rivera desobedeciendo con ello la línea del partido, iniciaron una maniobra de acercamiento. Los objetivos de la derecha se consiguieron en parte cuando en octubre de 1931 falleció don Jaime y fue elegido nuevo rey un tío del extinto llamado Alfonso Carlos. El nuevo líder -hermano de Carlos VII- era un anciano de más de 80 años, de ideología muy cercana al integrismo. EL CAMBIO SUFRIDO POR EL CARLISMO FUE RADICAL. De aceptarse la república se pasó a conspirar contra ella. En 1934, un hombre hasta entonces casi desconocido, el andaluz Manuel Fal Conde, de formación católica integrista, fue nombrado secretario del partido. Su designación significó el fortalecimiento de las  unidades paramilitares carlistas y la preparación acelerada de un alzamiento.

En 1936 los trabajos conspirativos estaban ya muy adelantados. Iniciada la guerra, los carlistas lograron que su aportación fuera decisiva para el triunfo de la conspiración. EL CARÁCTER TOTALITARIO DEL NUEVO RÉGIMEN ESTABA EN CONTRADICCIÓN ABSOLUTA CON LOS PLANTEAMIENTOS Y LA TRAYECTORIA CONTINUADA DEL PARTIDO CARLISTA. En 1937 el enfrentamiento entre estas tesis quedó plenamente de manifiesto ante el hecho consumado del Decreto de Unificación, al que Fal Conde se opondría. Terminada la guerra, el carlismo siguió oponiéndose al sistema totalitario en el poder. El partido seguía estando dirigido por Fal Conde, que aunque integrista, era profundamente antifascista. El carlismo no tenía rey en aquel tiempo. Don Alfonso Carlos había muerto sin sucesión y para evitar que el partido cayese en manos de la dinastía alfonsina, nombró regente a su sobrino don Javier de Borbón Parma.

En 1952, y con ocasión de celebrarse el Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona, don Javier logró entrar en España, y en Barcelona una asamblea de jefes carlistas le instó a que aceptara ser el nuevo rey. Tras una etapa de preparación y puesta en marcha del carlismo, en 1957 don Carlos Hugo se presentó oficialmente a los carlistas en el acto de Montejurra. En 1975 don Javier delegó los poderes y dirección del partido en su hijo Carlos Hugo, que sucedió en todos sus derechos a don Javier, a la muerte de éste en mayo de 1977. El Partido Carlista no participó en las elecciones generales legislativas del 15 de Junio de 1977 toda vez que su legalización fue posterior a esa fecha (9 de Julio). El regreso oficial a España de don Carlos Hugo se produjo el 28 de octubre de ese mismo año.

ACTUAL PROYECTO POLÍTICO CARLISTA.

A partir de 1957, don Carlos Hugo, tras un reconocimiento de la realidad política española, trató de inspirar una nueva energía a los carlistas y despertar un nuevo interés político, comenzando una larga y difícil tarea de reconstrucción del carlismo con vistas a su evolución ideológica.

Cursillos, asambleas y congresos realizados durante estos últimos años han permitido al carlismo hacer una autocrítica histórica, formular el proyecto adecuado a los valores populares y plantear un socialismo autogestionario y federalista. Pese a los procedimientos de represión franquista (toda la familia Borbón Parma fue expulsada en distintas ocasiones del territorio nacional) y a la resistencia de integristas que aún perduraban en el seno del carlismo, el partido ha logrado participar activamente, junto con las fuerzas de oposición, en la LUCHA POR LA DEMOCRACIA.

El objetivo del Partido Carlista es la búsqueda de la libertad y de la igualdad, con la participación íntegra y democrática del hombre en las responsabilidades y decisiones de su comunidad. Esto se traduce, en un orden político, en la busca de la reapropiación por la sociedad de los elementos de poder que le dé el autogobierno, con la facultad de auto realizarse el hombre socialmente. Los principios socialistas impregnan así la ideología del carlismo.

El carlismo cree que deben existir unas bases fundamentales para esta democracia, unos mecanismos imprescindibles para la integración del ciudadano en las responsabilidades de la vida pública: la empresa o su prolongación social, el sindicato; la comunidad regional o nacional y su prolongación, el estado socialista federal y autogestionario; y los partidos políticos populares, con su prolongación en la participación integral de todos los ciudadanos en las decisiones políticas.

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