El sentimiento regionalista de Pereda (2006)

El Diario Montañés (Cantabria)

01/03/2006

Este montañés sentía un profundo amor a su tierra natal, a sus leyes, usos y costumbres, a su paisaje y folclore, regionalismo que consideraba «saludable, elevado y patriótico».

Benito Madariaga / Presidente de la Sociedad Menéndez Pelayo

No fue José María de Pereda un defensor del regionalismo de Cantabria con el sentimiento que llevó a otros autores hacia la política. Pese a ser diputado tradicionalista y defensor de la unidad nacional, se declaró enemigo del centralismo, a la par que defensor de los intereses materiales y culturales de su provincia. Una de las veces que intervino en las sesiones del Congreso de los Diputados lo hizo para interesarse por los problemas de Santander. En 1871, en la proposición de ley que presentó para que el Estado continuara por su cuenta la conservación del puerto de Santander, comenzaba su escrito con estas palabras: «Los diputados que suscriben no desconocen la obligación que tiene el Estado de atender a conservar y mejorar las condiciones de los puertos de mar, y especialmente las de aquellos que, como el de Santander, tenían recursos propios, de los que se incautó el Estado al establecer el actual sistema administrativo».

No fue ésta la única ocasión en que los temas locales figuraron en sus inquietudes. En Nubes de Estío (1891) hace una defensa del regionalismo y de la literatura provinciana en oposición a Madrid. «Los provincialismos españoles, que son el jugo, la savia de la lengua patria, al decir de un docto crítico… (se refiere a Marcelino Menéndez y Pelayo) y el sentido común, ¿no valen siquiera tanto, dentro de los moldes del arte, como la jerga temporera de la chusma de Madrid?». Fue en el capítulo «Palique» donde salió en apoyo de la literatura provinciana sometida a la crítica de Madrid y donde defendió la lengua y letras catalanas: «No escriben en castellano porque deben escribir en la lengua en que discurren si quieren escribir bien».

Ya su amigo Pérez Galdós, en un artículo publicado en La Nación de Buenos Aires, había expresado en 1888 la poca simpatía de Pereda por Madrid, fácil de apreciar en sus obras. Pero ello no significaba que el novelista de Polanco no sintiera el amor a la patria española con la que estaba profundamente identificado. José María Quintanilla, bajo el pseudónimo de ‘Pedro Sánchez’, había expresado así, en De Cantabria (1890), el sentimiento regionalista montañés que era, preferentemente, de orden artístico y literario: «¿Quiere saber cuál es nuestro programa? -contestaba a Amador de los Ríos-. El que ha implantado Pereda en sus prólogos y novelas. Nada de separatismos, nada de política, ningún odio; españoles y muy españoles todos, amantes de la unidad nacional. La obra de los montañeses lleva en la punta, como la más gloriosa de estos días, cual enseña y corona, la bandera roja y blanca de Santander, constituida en provincial. Pero más arriba, en el extremo del asta, la roja y gualda de España». Para entonces, José María de Pereda era el primer autor regionalista de Cantabria o, al menos, el más conocido.

En 1892, el catedrático de Economía Política y Hacienda de la Universidad de Santiago de Compostela, Alfredo Brañas, en la dedicatoria de un libro suyo acerca de la descentralización regional, le llamaba «eximio escritor regionalista». En ese mismo año, Pereda, invitado por los escritores catalanes, leía el discurso de gracias como mantenedor de los Juegos Florales de Barcelona. En sus palabras se mostró regionalista en cuanto al apego a la «patria chica», enamorado de la región nativa, si bien dejó claro que había «algo más alto y extenso con el nombre de patria, y que ese algo está representado por aquella bandera que le guía y que es común a todos los que como él combaten por defenderla».

Prueba de su prestigio regionalista es que Antoni de P. Capmani le dedicó su conferencia ‘Lo regionalisme y l’proteccinisme’, que pronunció en 1893 en el Centro Catalán de Sabadell y que se publicó al año siguiente. Pero los catalanes comprobaron que el regionalismo de Pereda tenía más de literario que de político.

Hacia Cataluña sintió siempre Pereda una gran simpatía y mantuvo una estrecha relación con los escritores catalanes, sobre todo con Narciso Oller (1846-1930), que le cita repetidamente en sus Memòries literàries. Història dels meus llibres, publicadas en 1962. Sin embargo, Madrid y Andalucía no estuvieron nunca entre sus preferencias.

La protesta de Peñas arriba

En su novela Peñas arriba aparece de nuevo una protesta contra el gobierno central y vuelve a insistir a favor del mantenimiento de los bienes comunales, de las ordenanzas y tradiciones, y de la libertad de los concejos en unos términos muy afines a sus ideas carlistas. En la novela hay también una oposición campo-ciudad, representados por Tablanca y Madrid, y así escribe en uno de los diálogos: «Tómate, en el concepto que más te plazca, lo que en buena y estricta justicia te debemos de nuestra pobreza para levantar las cargas comunes de la Patria; pero déjanos lo demás para hacer de ello lo que mejor nos parezca; déjanos nuestros bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas, nuestros tradicionales y libres Concejos; en fin (y diciendo a la moda del día): nuestra autonomía municipal, y Cristo con todos».

Peñas arriba es una novela en la que se combinan el sentimiento cristiano, el paisaje de montaña y una utopía tradicionalista basada en el patriarca y señor de la casona, pero quizá entonces no era tan idílica la vida, entre el resto de los vecinos, como nos la pinta Pereda en una aldea aislada, dentro de un marco tradicional y una economía agraria pobre.

En 1897, al leer su discurso de entrada en la Real Academia Española de la Lengua, volvió a tocar el tema del regionalismo y con él la novela regional, a la que llamó «castizamente española». Su regionalismo dijo que se basaba en el amor a la tierra natal, a sus leyes, usos y costumbres, a su paisaje y folklore, regionalismo al que consideraba «saludable, elevado y patriótico».

Todavía realiza Pereda, cuando perdemos nuestras colonias con el ‘Desastre’ de 1898, un último intento de defender al país, al menos literariamente, con la publicación de una novela sobre la catástrofe nacional, que presenció con detalle durante la repatriación de un ejercito vencido y enfermo que llegaba a nuestro puerto. Tuvo, además, un gesto muy patriótico redactando, por encargo de la Junta Provincial, la circular destinada al vecindario solicitando fondos para socorrer el Tesoro Público con motivo de la contienda hispano-cubana, que perdimos por la intervención norteamericana. Es un texto sin firma, de gran dureza e indignación contra el país que se había inmiscuido en nuestros problemas y nos declaraba una guerra injusta. En este año se deja sentir la depresión que le envuelve por el estado lamentable de la política de la Restauración. Su salud se deteriora y ya no se siente con fuerzas para seguir escribiendo. En una carta a Oller le confiesa: «Bien mirado todo, ya es hora de que se me vaya apagando la linterna». Sin embargo, Pérez Galdós se rebeló contra la idea del pesimismo nacional y escribió este año tres Episodios Nacionales, dos de ellos concluidos en Santander y cuatro al siguiente compuestos en su finca de San Quintín.

Otros regionalistas

Con anterioridad, Marcelino Menéndez y Pelayo había tratado ya el tema regional. En 1887 cuando informó sobre el libro Leyendas de Euskaria, de Vicente Arana, hizo una demostración de sus sentimientos regionalistas, aunque se oponía a las hipertrofias desmesuradas, lo que le llevó a escribir: «El amor patrio, y aún el amor regional, es para nosotros cosa tan digna de respeto, que la miramos con indulgencia, aún en sus mayores exageraciones». Al poco tiempo, en 1892, Sabino Arana (1865-1903) publicaba su discutido libro Bizcaya por su independencia. Muerto Pereda, y en pleno apogeo del movimiento regionalista, Menéndez Pelayo escribió una carta dirigida a los editores del semanario de Reinosa Cantabria (1907), en la que expresaba su testimonio acerca de la actividad regional española, con estas palabras que hoy nos hacen meditar:

«No puede amar a su nación quien no ama a su país nativo y comienza por afirmar este amor como base para un patriotismo más amplio. El regionalismo egoísta es odioso y estéril, pero el regionalismo benévolo y fraternal puede ser un gran elemento de progreso y quizá la única salvación de España».

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