La requeté – sinécdoque de Edgar González (2006)

2005ÓleoMártiresTradición

11/04/2006

Manuel Martorell

Hace solo unos días nos dejó Simón Sánchez Montero, histórico líder comunista español. Sánchez Montero conocía y respetaba a los carlistas por una sencilla razón: tuvo que compartir celda en las cárceles franquistas con ellos. Algo parecido pasa con Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri “La Pasionaria”, por cierto, esta última de familia carlista, igual que el dirigente del PSUC e impulsor de Cristianos por el Socialismo Alfonso Carlos Comín. Pese a sus posiciones ideológicamente enfrentadas, compartieron con ellos la lucha contra la dictadura franquista. Mucho más lejos fue Jesús Monzón, reorganizador y estratega del PCE entre 1940 y 1945, empeñado en que los carlistas se sumaran a su Unión Nacional contra Franco y la Falange. De esta época son algunos de los informes del maquis que actuaba en Navarra advirtiendo a la dirección del PCE sobre los prejuicios existentes hacia los requetés y considerándoles gentes que se podían atraer al campo de la libertad y el socialismo. Sería interesante comparar estas opiniones del carlismo con la visión simplista que de este complejo movimiento político presenta Edgar González Ruiz en sus artículos por internet ”Requetés y atrocidades del franquismo” y “Los requetés: tradición sanguinaria”, reduciéndolo a un grupo de crueles asesinos, “hipócritas” franquistas, miembros “emblemáticos de la ultraderecha internacional  y responsables en la Guerra Civil de los actos más horribles. 

FUERZA NUEVA Y FRANQUISMO

En ambos artículos, para mantener su tesis, echa mano de las actitudes más reaccionarias de un sector del carlismo no representativo de la línea ideológica mayoritaria. Por ejemplo, como prueba  del carácter “hipócrita” de su antifranquismo, según afirma Edgar González, y para demostrar sus vínculos con la extrema derecha, afirma que en las últimas décadas han ido de la mano de Fuerza Nueva. Probablemente Fuerza Nueva  haya podido presentar en Madrid escenografías fantasmagóricas con el uniforme unificado (camisa azul y boina roja) y que en ellas hayan participado algunos carlistas o ex requetés reaccionarios. Pero solamente forma parte del mundo de la imaginación pensar que Fuerza Nueva o la Falange han tenido una presencia significativa en el País Vasco-navarro, Cataluña o las comarcas levantinas situadas entre Tarragona y Valencia, regiones donde el carlismo mantuvo apoyo popular durante el franquismo. Franco, Fuerza Nueva y la Falange podían utilizar los símbolos que quisieran, entre otras razones porque nadie se lo podía impedir, pero eso no quiere decir que lo hicieran con el beneplácito de los requetés y sus herederos.

Para ver dónde están realmente estos “emblemáticos” integrantes de la “ultraderecha internacional”, más que fijarse en las fantasmadas de Fuerza Nueva en Madrid y otras ciudades castellanas donde el carlismo nunca ha tenido tradición, debiera analizar los cambios sociopolíticos que se han registrado durante las últimas décadas en las citadas “regiones carlistas”, de donde salieron la inmensa mayoría de los requetés que combatieron en la Guerra Civil y, obviamente, los herederos que identifica con Fuerza Nueva y las tramas ultraderechistas internacionales. ¿Cómo explicaría, por ejemplo, Edgar González, que localidades como Echarri Aranaz, Leiza o algunos pueblos guipuzcoanos, feudos del carlismo en los años 30, lo sean hoy de la izquierda abertzale?  ¿Cómo explicar que en muchas localidades de la Navarra Media y Tierra Estella donde la Comunión Tradicionalista acaparaba el 70 por ciento, o más, de los votos sean hoy ayuntamientos de izquierda? No hay más que observar el origen político de las direcciones de todos los partidos de Navarra, desde Batasuna hasta UPN, pasando por socialistas y comunistas, para comprobar que en todos ellos hay ex carlistas o hijos de combatientes carlistas en la Guerra Civil.

Edgar González, para demostrar la simbiosis de requetés y franquismo, menciona el caso de una personalidad carlista de Burgos, Codón, que, según afirma, quería formar en los años 60 el Tercio del Generalísimo Franco, para, a renglón seguido, decir que el supuesto antifranquismo de los carlistas es una actitud hipócrita. Edgar González no cita, sin embargo, las detenciones entre los años 1939 y 1940 que realiza la policía franquista entre los carlistas de Burgos, especialmente de la AET y de la Asociación Maestros Católicos, a los que acusa de “masones”. Tampoco menciona que  también en Burgos, en los años 60, las Comisiones Obreras estaban dirigidas por carlistas, que en Burgos fueron carlistas los que organizaron el primer acto “tolerado” de CCOO en toda España y que fue un carlista el que encabezó la primera gran marcha de mineros a Madrid.

¿Qué grado de hipocresía se puede atribuir a los requetés que en los primeros años de la posguerra eran detenidos, humillados cortándoles el pelo al cero y obligándoles a beber aceite de ricino, incluso en presencia del gobernador civil y jefe provincial del Movimiento? Conozco el caso de un oficial de requetés, de uno de estos que Edgar califica de “hipócritas”, que fue despedido de su trabajo, le quitaron su vivienda y le colocaron en la calle con su mujer y tres hijos pequeños, teniendo que ser acogido por otro carlista en su casa. Hay muchos casos más; por esta época, la Comunión Tradicionalista llegó a pensar en instituir la Medalla del Represaliado. Pero el mayor “hipócrita” de todos fue su líder, su rey, Javier de Borbón Parma, expulsado por Franco, detenido en Francia por la Gestapo, condenado a muerte por colaborar con el maquis y enviado a un campo de exterminio (el de Dachau), donde realmente estuvo a punto de morir, hasta que fue liberado en 1945 por tropas norteamericanas.

Edgar González plantea que los requetés, en definitiva, aceptaron la unión con Falange y pone como muestra de su actitud “hipócrita” respecto al franquismo unas palabras pronunciadas por Franco nada más acabar la guerra, cuando le era totalmente imposible ningunear la aportación bélica de los requetés. Pero una cosa es esto y otra muy distinta es identificar ideológicamente carlismo y franquismo. La mayor parte de los carlistas y de sus dirigentes, con Javier de Borbón Parma y Fal Conde a la cabeza, no aceptaron la unificación. Es cierto que algunos sectores, concretamente la autoproclamada Junta Central de Guerra Carlista de Pamplona, aceptaron al principio la unificación pensando en una integración de fuerzas que nunca se llevó a cabo. Pero ni la jerarquía suprema de la Comunión Tradicionalista -Don Javier, Fal Conde y la Junta Nacional- la aceptaron nunca ni la inmensa mayoría de los tercios de requetés, donde se encontraba el 90 por ciento de los militantes carlistas, lucieron el uniforme mestizo, ni o­ndearon las banderas rojinegras de la Falange. En los tercios donde estaban los verdaderos militantes carlistas, los que se habían embarcado en la aventura del requeté durante los años republicanos añorando las carlistadas del siglo XIX, no funcionó la unificación, como prueban innumerables testimonios. Y en la retaguardia, formada por neocarlistas o carlistas de aluvión, funcionó solo parcialmente y en determinadas zonas.

En lo que lleva razón Edgar González es que entre 1955 y 1965 hubo un periodo de colaboración entre la Comunión Tradicionalista y el franquismo. Este periodo coincidió con la jefatura nacional de José María Valiente, un político pragmático que sustituyó a las posiciones antifranquistas de Fal Conde. Esta política intentaba adaptarse a los cambios que estaba experimentando en estos años el régimen, algo que hizo cambiar la estrategia a otras fuerzas políticas importantes, como los monárquicos juanistas, los socialistas y los comunistas. Los juanistas, aliados con los socialistas, entablaron conversaciones con Franco para que Juan Carlos de Borbón se pudiera preparar para ser  futuro rey y fue el propio Franco quien lo nombró monarca, con la única oposición -aparte de la izquierda- de los procuradores a Cortes de orientación carlista elegidos por el Tercio Familiar. El Partido Comunista también realizó en este periodo un giro radical en su estrategia, proclamando la política de reconciliación nacional y el aprovechamiento de cauces legales -elecciones sindicales y municipales- para ampliar su política de masas. Aun y todo, la política de Valiente y Zamanillo fue duramente criticada por los carlistas vasconavarros y catalanes, hasta el punto de que Valiente sufrió un atentado cometido por un requeté navarro disfrazado de sacerdote por el que tuvo que ser ingresado en un hospital.

En este sentido, conviene recordar que el año 1955 Franco declaró al periodista Ismael Herraiz, del diario Arriba, que los carlistas eran “un diminuto grupo de integristas seguidores de un príncipe extranjero, apartados desde la primera hora del Movimiento”. Más claro no lo puede decir: “apartados (por él) desde la primera hora del Movimiento”. Pero aquí igualmente falta a la verdad Franco porque sabía perfectamente que Manuel Fal Conde y sus ayudantes de la Junta Nacional le presentaron el 10 de marzo de 1939 un documento (el Manifiesto de Ideales)  donde se  rechaza su proyecto político de forma explícita, se abomina del partido único -FET y de las JONS- y se insiste en la autonomía política de la Comunión Tradicionalista. Ningún historiador pone en duda hoy que la unificación fue un fiasco y que los pocos carlistas que la aceptaron quedaron desengañados en cuestión de meses. Franco intentó maquillar este rechazo con algunas pinceladas cosméticas, como llevar una Guardia con boina roja o crear unas Cortes Orgánicas supuestamente basadas en el programa tradicionalista. Estas medidas solamente pueden engañar a quien quiera dejarse  engañar. Para los carlistas, la representación en Cortes era elegida por las sociedades intermedias, municipios y regiones históricas, de abajo a arriba; para los franquistas, eran un apéndice del partido único y sus procuradores, elegidos a dedo por el Movimiento Nacional. Los dos sistemas de representación podían parecerse en el nombre, pero ahí acababan las semejanzas.

REPRESION DEL MOVIMIENTO OBRERO

Se agarra Edgar González a un hierro rosiente por la oferta hecha por un jerarca ultra que no sintonizaba con la línea oficial para afirmar que los carlistas colaboraban con la policía en la represión del movimiento huelguístico minero en Asturias durante los años 60. De nuevo olvida todo lo demás, porque lo desconoce o no le interesa contarlo. De acuerdo con esta interpretación, cuando el príncipe Carlos Hugo estuvo trabajando como minero en Asturias por esta época, debió de hacerlo para infiltrarse en el combativo movimiento obrero asturiano y pasar los informes a la policía franquista. Muy bien lo tuvo que disimular ya que sus compañeros de galería, durante años, fueron a saludarle para agradecerle haber compartido este duro trabajo con ellos. Este gesto fue idea del secretariado político de Carlos Hugo, universitarios de la AET y, entre ellos, un reconocido sindicalista vasco.

De este núcleo nació en 1963 el Movimiento Obrero Tradicionalista (MOT), que editaba la revista “Vanguardia Obrera”, precedente de la Federación Obrera Socialista (FOS), sindicato que el dirigente del PSOE Enrique Múgica intentó integrar en la UGT. FOS dirigió movimientos huelguísticos sobradamente conocidos en el cinturón industrial de Pamplona, interviniendo de forma destacada en algunos muy sonados, como el de Authi, la actual Volkswagen. ¿Podría explicar Edgar González cómo encaja en su esquema cuadriculado que un ex oficial de requetés, uno de esos “hipócritas”, utilizara su credencial de oficial del Ejército para romper el cerco al que la Policía Nacional sometía a cerca de 2.000 obreros de Authi con una camioneta para llevarles comida en el polígono industrial de Landaben? Su hijo, también carlista, era el más votado y aplaudido en las multitudinarias asambleas de trabajadores, punta de lanza del movimiento obrero navarro, admiración, por su dureza y politización, de todo el movimiento obrero español.

También debe desconocer Edgar González que carlistas fueron quienes introdujeron el método alemán del cooperativismo en las primeras décadas del siglo XX, que fue Navarra, y lo sigue siendo, el modelo del cooperativismo agrario en el Estado español y que esto fue posible gracias al trabajo de sacerdotes carlistas, muy a pesar del escándalo e irritación de la alta burguesía local.  También debe desconocer que, tras la guerra incivil, los carlistas apoyaron la creación de las Hermandades Obreras de Acción Católica (HOAC) y las Juventudes Obreras Católicas (JOC), ambos movimientos surgidos de Acción Católica, que como muy bien sabrá Edgar González estaba estrechamente vinculada a los tercios de requetés. Como es bien conocido, de estos grupos surgieron movimientos sindicales y organizaciones clandestinas de izquierda.

Para conocer la actuación de los carlistas en los movimientos huelguísticos, debiera Edgar González fijarse en los informes de los gobernadores civiles en aquellas zonas, como el País Vasco-navarro o Cataluña, donde el carlismo tenía realmente fuerza popular y no en las declaraciones extemporáneas de un individuo sin representatividad. Se sorprendería con los calificativos que, por ejemplo, utiliza no en los años 60 sino en la huelga general de 1951 el gobernador civil de Navarra, comparando a las masas carlistas con los más peligrosos marxistas. Por cierto, hablando de huelgas generales, aunque solamente era cercano al tradicionalismo, es significativa la actitud del capitán general de Barcelona, Bautista Sánchez, durante la huelga de tranvías que ese mismo año colapsó la capital catalana. Bautista Sánchez no era carlista pero había dirigido tercios de requetés y por eso les apreciaba; era un general de ideas conservadoras pero opuesto a la dictadura personal de Franco. Bautista Sánchez recibió la orden de sacar las tropas a la calle porque las fuerzas de la Policía Armada habían quedado totalmente superadas por la amplitud del movimiento huelguístico. Este general, que llevaba con orgullo la boina roja porque admiraba el valor de los requetés, se negó y exigió una orden por escrito de Franco que este no le quiso dar, por lo que, finalmente, el Ejército no salió a reprimir la huelga. Bautista Sánchez murió en un incidente nunca totalmente aclarado y, aunque se aseguró lo contrario, todo el mundo, debido a su enfrentamiento con Franco, pensó que había sido asesinado.

LOS HORRORES DE LA GUERRA

Edgar González vuelve a enumerar una serie de horrores de la guerra para demostrar la sanguinaria actitud de los requetés; se refiere a estos sucesos como si fueran algo nuevo, como un descubrimiento. Que yo recuerde, fue ya al inicio de la transición, hace 30 años, cuando se comenzaron a publicar este tipo de testimonios con el objetivo de recuperar la memoria de los represaliados, poniéndose inmediatamente a la cabeza los reportajes de la revista Interviú. Gracias a ellos y a la sucesión de obras monográficas que se han editado después, tenemos ahora los horrores de las dos partes. No aporta mucho repetir lo ya publicado, salvo volver a aterrorizar a la sociedad española y reabrir heridas suturadas. Sin embargo, tal es la cantidad de testimonios que se puede realizar el trabajo aún pendiente de acotar las responsabilidades según la adscripción ideológica de los asesinos.

Precisamente de lo que se ha pecado hasta ahora es de generalizar esta responsabilidad, englobando a todos los de un bando con el concepto de “fascistas” o a los del otro con el de “rojos”.  No todas las personas de un grupo político ni todos los grupos políticos actuaron de la misma forma. De hacer caso a las últimas obras sobre la recuperación de la memoria de los represaliados, los requetés no habrían participado en la Guerra Civil porque los testimonios directos y abundantes apenas los citan, proliferando, por el contrario, las referencias a la Falange y la Guardia Civil. No se puede colocar su responsabilidad al mismo nivel, como tampoco se puede responsabilizar de los crímenes cometidos por los piquetes anarquistas al PSOE, Izquierda Republicana o el PCE. Ni siquiera se puede hacer esto con los dirigentes de la CNT, a no ser que se acepten las teorías sobre la “autoría intelectual” de los crímenes. Entonces habría  que justificar también los encarcelamientos de Toni Negri por los crímenes de las Brigadas Rojas o de la Mesa Nacional de Herri Batasuna por los atentados de ETA. Pero Edgar González no entra en este delicado asunto, en este reto histórico; para él todo es más simple, mucho más fácil: basta con meter a todos en el mismo saco; como todos formaban parte del bando franquista, todos son responsables de los crímenes, comenzando por sus dirigentes.

No es legítimo, desde el punto de vista historiográfico, utilizar hechos parciales no representativos, sobre todo si son falsos, para defender una tesis. En su primer artículo en internet -”Requetés y atrocidades del franquismo”-, Edgar González les responsabilizaba del horripilante suceso ocurrido en Teruel, en el que “la bandera del tercio” había desfilado exhibiendo órganos arrancados a los cuerpos de civiles y milicianos salvajemente asesinados. Ahí confundía los términos “bandera” y “tercio” y, por encima de todo, los términos “tercio de requetés” y “tercio de la legión”. Atribución falsa que él mismo reconoce pero que no le es óbice para afirmar, sin ruborizarse, que los requetés eran tan responsables como los legionarios porque todos estaban en el bando nacional. Reconocido su primer error, comete otro aún más grave, implicando a los requetés en lo que tal vez sea el hecho más espeluznante de toda la guerra: la matanza de Badajoz. Aquí utiliza el argumento de que requetés y falangistas estaban en la retaguardia de la columna de Yagüe. Edgar González vuelve a faltar a la verdad. La columna de Yagüe no llevaba retaguardia; precísamente por eso, como el propio Yagüe explica, aniquila en masa a los milicianos que resistían, porque, según afirma, no podía dejar ese potencial peligro a sus espaldas. Como es bien sabido, su columna no llevaba requetés; estaba compuesta por las banderas de la Legión  1ª, 3ª y 5ª y los tabores de Regulares 1º y 2º de Tetuán y 2º de Ceuta, al mando de los teniente coroneles Asensio, Ronaldo Tella y del comandante Castejón.

Tampoco podía ir dejando, como insinúa Edgar González sin aportar dato alguno, fuerzas de requetés en calidad de “policía” local por una sencilla razón: en Extremadura prácticamente no había requetés. Los pocos voluntarios carlistas que se presentan no puede intervenir en la provincia de Badajoz porque son de Cáceres, aislada esos días de Badajoz por territorio todavía bajo control de la República y, además, quedan diezmados en Navalperal de Pinares al integrarse en la columna Doval. Los supervivientes, cuando las dos zonas “nacionales” quedaron unidas precísamente por el ascenso hacia el norte de la columna de Yagüe, se incorporan al mando del alférez Coig a las fuerzas de Redondo, que únicamente actúan en Andalucía, especialmente en la zona de Córdoba. Sí hay un dato destacable que relaciona la columna Yagüe con el Requeté; se trata del saqueo de la pañería de Pirizt, jefe carlista de Olivenza, a manos de los moros que le tratan, como a los demás, de “estar comunista”.

Y hablando de Extremadura, tal vez Edgar González conozca y silencie -ya que en sus artículos intercambia hechos anteriores, contemporáneos y posteriores a la guerra- la actuación de uno de los más destacados curas requetés, implicado en los preparativos de la sublevación y él mismo combatiente requeté: Ambrosio Eransus, que sería en la posguerra párroco de Pozoblanco. En esta localidad extremeña le recuerdan bien. Pistola en mano detuvo, bajo amenaza de matarle, a un mando de la Guardia Civil que llegó a este pueblo en 1942 con una lista de “rojos” para fusilarlos cuando se dedicaba a limpiar la zona de guerrilleros. Los potentados le acusaban de “socialista” porque en sus sermones pedía que se pagara justamente a los jornaleros y el maquis, con los que se topó en alguna ocasión, le respetaban por ello. En Pozoblanco guardan un nítido recuerdo de este “hipócrita” perteneciente a la “ultraderecha internacional” y los testimonios de sus vecinos permanecen para corroborarlo. Sí lleva razón Edgar en que en Badajoz y con Yagüe había falangistas; él propio general lo era y de la tendencia más radical en su dirección, opuesto a hacer concesión alguna a los carlistas. Difícilmente  podía dejar Yagüe en manos de unos requetés que no existían los pueblos que iba ocupando en su avance hacia el norte. Yagüe llegó a decir a los dirigentes falangistas Dionisio Ridruejo y Alcázar de Velasco que la orden concreta para comenzar la carnicería en Badajoz la dio otro mando de la Falange llamado Arcadio Carrasco.

NAVARRA Y CATALUÑA

Edgar González utiliza reiteradamente estos horrores de la guerra para justificar su tesis, dejando de lado, intencionadamente o no, todos aquellos que la ponen en cuestión. Eso es exactamente lo que ocurre con las referencias a esa ingente obra documental que es “Navarra 1936: de la esperanza al terror”, editada por Altaffaylla. No puede haber obra más completa y detallada sobre los crímenes cometidos en Navarra, principal bastión del carlismo. Edgar González cita algunos sucesos, como los de Allo y Lerín, y podía haber citado muchos más en los que se menciona a los requetés, pero solamente se queda con la parte que le interesa. Si Edgar González hubiera analizado en profundidad esta encomiable obra, habría apercibido que en la mayor parte de las localidades y comarcas de dominio carlista no hubo asesinatos y, si los hubo, fueron excepcionales. Sería aburrido para el lector citar pueblo por pueblo, valle por valle, pero resumiendo los testimonios en los que se menciona expresamente la filiación política de los piquetes de ejecución y no se usa el término generalizante de “fascistas”, de 83 localidades, en 35 aparecen requetés y en 48 falangistas. Para entender en su exacta medida estos datos, hay que tener en cuenta otro: la Falange en 1936 en Navarra era poco menos que un grupo de nuevos amigos, mientras que el carlismo llevaba un siglo de hegemonía política en buena parte de este territorio, alcanzando en casi todas las elecciones mayoría cualificada. Es obvio que, si, como pretende Edgar González, el requeté hubiera extendido su manto de terror por Navarra la práctica totalidad de los testimonios citarían la intervención de los requetés y eso no ocurre. Eso es lo que, por el contrario, sí sucede cuando se hace la estadística de los casos en los que alguien sale en defensa de las personas que figuran en listas para ser ejecutadas; todos, salvo los de Aibar y Ayegui, están protagonizados por jefes locales o sacerdotes carlistas.

Edgar González podrá utilizar todos los casos que cita Altaffaylla, pero, entonces, se verá confrontado con los que invalidan sus planteamientos. Un caso que evidencia su método de saltar de un caso particular a una conducta general es el de una violación cometida, supuestamente, por un requeté en Cataluña. Eso le sirve para insinuar que las violaciones cometidas  por los moros musulmanes en Cataluña en realidad fueron obra de los católicos requetés. Como gran prueba de lo ocurrido dice que la víctima conservaba un diente de oro cuando los moros tenían por costumbre  arrancarlos. Tal prueba documental no necesita ningún comentario, se desacredita por sí misma. Hasta Franco reconoció que dentro de las fuerzas a su mando había unos que ocupaban Cataluña “en plan conquista” y otros exigiendo respeto a los lugareños. La actuación de la Columna falangista de Sagardia en la provincia de Lérida y los informes internos de la Falange denunciando la alianza de carlistas, separatistas, banqueros e industriales catalanes para reinstaurar la autonomía no dejan lugar a dudas de quién actuaba de una forma y de otra.

La misma táctica de tomar la parte por el todo, como en la sinécdoque literaria, utiliza Edgar González al insinuar que era práctica común en los tercios de requetés el uso de niños en los combates y para demostrarlo pone un ejemplo que será cierto, pero a buen seguro que  excepcional: el de un niño de 13 años. Sí es verdad que en algunos tercios se admitieron voluntarios de 16 años, pero también lo es que muchos de estos voluntarios fueron rechazados y devueltos a sus familias, a veces con la intervención de la Guardia Civil. Decir que los tercios de requetés hacían intevenir a los “pelayos” en los combates es de una bajeza inigualable, aunque haya algún caso excepcional que confirme la regla. Edgar González podría leerse el capítulo dedicado a la Guerra Civil en “Pretérito Imperfecto”, autobiografía del prestigioso y progresista psiquiatra andaluz Carlos Castilla del Pino, que fue “pelayo” en los primeros meses del conflicto. Se llevará muchas sorpresas.

SOBRE DEL BURGO

Otra de las pruebas demostrativas del carácter sanguinario de los jefes del requeté es la referencia que hace al “pistolero” Jaime del Burgo. Es un caso especialmente significativo porque como gran prueba documental usa el testimonio indirecto de Inza, recogido en la séptima edición de “Navarra 1936: de la esperanza al terror” sobre la muerte de una persona, al que Edgar apoda frívolamente “El Lozano”. Edgar presenta los hechos como un asesinato a sangre fría, cuando esa persona es alcanzada por disparos de requetés cuando echa a correr al darle el alto y en un momento de gran tensión porque todavía había tiroteos. Esa persona no tenía ningún apodo referente a sus atributos físicos; sencillamente se apellidaba Lozano, Tomás Lozano; tenía 36 años y tampoco murió en ese momento. Resultó herido y fue trasladado a la Casa de Socorro; al comprobar la gravedad de la herida, fue ingresado en el Hospital Provincial, donde murió varias horas después. Si realmente querían asesinarlo, ¿por qué intentan salvarle la vida? Sobre la implicación de Del Burgo, Inza señala que “era de dominio público” en Pamplona. Si tan conocida era su participación y siendo tan significada la personalidad de Del Burgo, señalada en esta obra como uno de los máximos responsables de la represión, sorprende que no aparezca en las primeras ediciones, pese al carácter exhaustivo que tiene este trabajo en cuanto a la reproducción de testimonios, hechos y lugares. Igualmente presenta dudas que Inza localice el incidente en la calle Aralar cuando realmente ocurrió junto al Pasadizo de la Jacoba, en las proximidades de la Plaza del Castillo, justo en la otra punta de Pamplona, y que los disparos se hicieran, como se puede leer en la prensa del día siguiente, “a última hora de la tarde”, que en estas fechas de julio está entre las 9 y las 10 de la noche. Para entonces, la compañía que mandaba Del Burgo llevaba varias horas concentrada, haciendo ejercicios de orden cerrado y recibiendo instrucciones porque estaban a punto, si no lo habían hecho ya, de subirse a los camiones que formarían la columna García Escámez hacia Madrid.

Del Burgo, mientras vivió, dijo una y otra vez a quien le quiso oír que no había matado a nadie fuera del campo de batalla y mucho menos en Pamplona. Sí fue amonestado por el coronel Bautista Sánchez por admitir en su tercio a prisioneros nacionalistas, uno de los cuales le salvó la vida, arriesgando la suya,  cuando cayó gravemente herido, al rescatarle de una zona batida. Edgar califica de “pistolero” a Del Burgo. Si  era un “pistolero”  ¿por qué ni siquiera denunció a Jesús Monzón y Juan Arrastia, máximos dirigentes comunistas de Pamplona, cuando les vio esconderse el 19 de julio en una casa? Guardó silencio durante toda la guerra y lo mismo hizo con dos jóvenes izquierdistas que le insultaron cuando se dirigía a la concentración de los voluntarios carlistas en la Plaza del Castillo. Más tarde incorporaría a estos dos jóvenes a su compañía para evitar que fueran detenidos. Del Burgo nunca negó que, antes de la guerra en los duros años de la II República, utilizara la pistola pero también decía que los carlistas no eran los únicos en usarlas en esos años de plomo.

Del Burgo no solamente protestó “de boquilla” contra el bombardeo de Guernica, como parece insinuar Edgar González en su artículo. Se enfrentó violentamente a un coronel que aprobaba esa acción de castigo al pueblo vasco cogiéndole por las solapas y mentándole a su madre; habrían terminado a tortas de no intervenir un oficial del Estado Mayor. Después, ordenó a sus requetés que, con mosquetones y bombas de mano, formaran un cordón de seguridad en torno al Árbol Sagrado y a la Sala de Juntas porque tenía informaciones de que falangistas de la columna Sagardia se dirigían a la Villa Foral para cortarlo con hachas, tal y como años más tarde reconoció el falangista que iba al mando de la expedición fascista.

OLAECHEA, LARRAMENDI, PIO BAROJA

También parece desconocer Edgar González todo sobre Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona. Olaechea tanto durante la guerra como inmeditamente después fue un aliado de los carlistas porque tenían como enemigo común el régimen falangista. Se conoce que mantenía estrechas relaciones con Joaquín Baleztena, jefe regional de la Comunión Tradicionalista, y que participó en la formación de la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, primera tapadera legal de esa organización colocada fuera de la ley por el decreto de unificación del 19 de abril de 1937 -no del 20 de abril como confunde Edgar-. Exactamente, como dice Edgar, Olaechea se opuso a los asesinatos indiscriminados y citó expresamente el caso de las venganzas cuando moría un combatiente carlista en el frente. Pero, como hace a lo largo de los trabajos que publica, oculta o desconoce lo demás. Es muy significativo el caso de Muruzábal, alcalde de San Martín de Unx y destacado carlista. Su hijo fue el primer requeté muerto en la guerra. Un piquete falangista subió desde Tafalla a San Martín de Unx para vengar su muerte llevándose a varios “rojos” que estaban en el pueblo. El alcalde, pese a estar llorando aún la pérdida de su hijo, les impidió que se llevaran a nadie. En San Martín y en muchos pueblos de Navarra hay casos semejantes, muchos de ellos citados en la obra de Altaffaylla. Lo que no dice Edgar y es bien conocido es que Joaquín Baleztena, jefe regional carlista, publicó en El Pensamiento Navarro, en página y lugar destacado, el día 24 de julio una nota contra las ejecuciones, lo cual, indudablemente, debió de influir en la actitud de muchos jefes locales carlistas.

Igualmente desconoce las peculiares características de la figura de Hernando de Larramendi, a quien responsabiliza de publicar unos “panfletos” pero olvida que su obra “El sistema tradicional”, escrita en febrero de 1937, fue prohibida por el franquismo y no se pudo editar hasta 1952 y bajo el rocambolesco título, con el objeto de sortear la censura, de “Cristiandad, Tradición, Realeza”. Levantar una empresa como la compañía de seguros Mapfre, obra de Larramendi, será un delito social, como Edgar insinúa, dependiendo de si se hace explotando injustamente a los trabajadores. Larramendi solía decir que él mismo tuvo que buscar entre los trabajadores de la empresa a los más anarquistas porque de nadie surgía crear un sindicato que sirviera de interlocutor en los asuntos laborales.

Hernando de Larramendi realmente era un empresario especial. Para empezar salvó la vida en San Sebastián, al fracasar el golpe militar en la capital donostiarra, por la intercesión de sindicalistas de izquierda que le avalaron precísamente por el compromiso social que le distinguía. La empresa creada por Larramendi colaboró estrechamente con el proyecto del sacerdote José María Arizmendarrieta, con quien tenía gran amistad, creador de las cooperativas de Mondragón, emporio económico internacional del que se sienten orgullosos todos los partidos nacionalistas vascos, sin que a nadie se le ocurra vincularlo con una internacional política, como insinúa Edgar en sus escritos. Larramendi no dejaba en manos de mandos intermedios comunicar decisiones duras, como los despidos; prohibió que sus familiares, hasta el tercer grado, ocuparan cargos y cobraran sueldos en la empresa y, en vez de dejar su amasada fortuna a sus hijos, la entregó a la Fundación de la que Edgar habla y que está realizando una destacada aportación al avance de los estudios e investigaciones históricas sobre el carlismo.

Edgar González, en su afán por recordarnos lo ya sabido, dice que los requetés amenazaron de muerte a Pío Baroja. Es cierto porque así se reconoce en los numerosos libros que hablan de este incidente, tan cierto como que también fueron los requetés quienes le dejaron marchar y cruzar la frontera.  Algo de eso sabe Luis Javier Andrada Vanderwillde, miembro de la familia Barraut, cuyos miembros combatieron bajo las banderas de Carlos VII y que estaba allí cuando ocurrió el incidente. También es conocido que Pío Baroja tenía una visión negativa del carlismo pero comprendía su complejidad ideológica, muy alejada de los esquemas reduccionistas presentados por Edgar González. Algo parecido se puede decir de la interpretación que hacía del carlismo Miguel de Unamuno, que reconocía su carácter profundamente popular y potencialmente socialista, algo que, por su parte, Ramón María del Valle-Inclán idealizaba literariamente. Por eso Valle-Inclán recibió y llevó, él y sus herederos, con orgullo la Medalla de la Legitimidad Proscrita, galardón otorgado por la dinastía carlista en reconocimiento a las personas especialmente significadas con esta causa.

LA RELIGION DE LOS REQUETES

En lo que sí lleva razón Edgar González es en presentar a los requetés como profundamente religiosos. Pero ¿se puede considerar esto un delito? Creo que resulta a estas alturas difícil de rebatir que uno de los grandes errores de la República fue atacar a la religión sin tener en cuenta que los valores religiosos todabía estaban muy arraigados en importantes zonas rurales de España. Tan cierto es que buena parte de los requetés salieron a la guerra fundamentalmente para defender a la religión como que si hubieran sabido que el resultado iba a ser una dictadura fascista no se habrían presentado voluntarios. Era de común asentimiento entre ellos que si se hubiera dejado en paz a la Iglesia, España todavía seguiría siendo una República porque los requetés no habrían salido a combatir y, sin ellos, el golpe militar no tenía ningún futuro.

Profundamente católicos, hacían ostentación de ello y, sobre todo, antes de ir al encuentro con la muerte, rezaban y comulgaban, como muy bien destaca Edgar González; supongo que antes de lanzarse al asalto de   unas trincheras defendidas con fusiles, ametralladoras, bombas de mano, morteros y piezas de artillería, estos hombres necesitarían muchas dosis de valor. Si los requetés se distinguieron por ello fue porque tenían este profundo bagaje moral. Estos rituales,  que para Edgar González tienen claras connotaciones peyorativas y sanguinarias, no eran muy distintos de las arengas con las que los comisarios políticos animaban a los milicianos comunistas o anarquistas para infundirles un valor más que necesario en unos momentos que podían ser los últimos de su vida. Para Edgar González, la misa, la comunión o el rosario pueden ser actos aberrantes directamente relacionados con la “internacional ultraderechista”; para estos requetés, muchos de ellos sencillos campesinos, era el acto más normal en la inalterable cotidianeidad de la Navarra Media. Identificar esto con una supuesta actitud sanguinaria es un insulto a la inteligencia.

Hay que mirar con lupa la obra de Juan de Iturralde “El catolicismo y la cruzada de Franco” para encontrar la frase con la que Edgar resume toda una obra: “Lo que hicieron los requetés en más de un caso es espantoso. Es difícil que nadie les lleve la palma en esto de hacer sufrir al prójimo con variedad de modos”. Quien lea este libro, no se llevará esa impresión porque prácticamente no se refiere a la participación de los requetés en actos represivos. La obra no va de eso; se concentra en establecer la relación de la religión con los preparativos para la sublevación militar. Lo más cercano a las tesis defendidas por Edgar son los tres capítulos dedicados a la Falange, de la que dice, que el Ejército convirtió en su fuerza auxiliar, en “el instrumento del que principalmente echaron mano” los militares para alcanzar sus fines, adaptando “sus métodos de combate”. Lo que deja bien claro este escritor nacionalista, porque sabía de qué hablaba, es que carlismo y fascismo falangista eran dos cosas totalmente distintas, algo que Edgar González no considera necesario destacar pese a que esto se reitera a lo largo de toda la obra. Para Edgar no hay diferenciación, en el “bando nacional” todos eran franquistas y esto es lo importante.

Todo es opinable y Edgar González tiene perfecto derecho a deslizarse por esa concepción maniquea en la que a un lado estaban los buenos y a otro los malos y que, al menos en el bando de los malos, todos eran igualmente malos y no había distinciones ideológicas ni morales. Pero lo que no es de recibo es que Edgar González, en su afán por hacer de la parte el todo, como en la figura literaria de la sinécdoque, tergiverse como le convenga mis palabras. Si digo explícita y claramente en la contestación a su primer artículo “Requetés y atrocidades del franquismo” que “en general” la actuación de los requetés no era tan sanguinaria como él asegura no puede interpretar que yo digo que “nunca” fue tan sanguinaria, como él traduce intolerablemente.

Como epílogo de un debate estéril que por mi parte no continuaré, hay que reconocer que la principal aportación que hace Edgar González a la historiografía es la adopción de la técnica literaria de la sinécdoque, tomando la parte por el todo, para “hacer historia”. En esto supera con mucho el método inductivo. Además de lo que podíamos denominar “la requeté-sinécdoque de Edgar”, también se dice en sus artículos que el terrible hecho que atribuye erróneamente, como él mismo reconoce, a los requetés -el macabro desfile de “la bandera del tercio”- “coincide asombrosamente” con relatos novelados que le sirven, al parecer, de fuente documental para escribir la historia. Yo pensaba que la ficción no era fuente sino forma de divulgarla. Con lo que sí coinciden sus escritos y “asombrosamente” es con el prejuicio y la frivolidad, porque cualquier parecido con el rigor que requiere una investigación histórica es pura coincidencia.

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